Por Jaime Cabrera

Había mucha gente, mucha expectativa pero faltaba el autor. En el salón Independencia del Hotel Country aquel viejo edificio donde transitara el orejón Julius todo estaba dispuesto para la presentación de su nueva novela, pero el protagonista de la noche no estaba. Eran más de las ocho, pero Alfredo Bryce no aparecía. No faltó alguien que sonriendo comentó que lo buscaran en el bar del hotel. El cese de los murmullos y el sonido de los aplausos anunciaron la llegada del escritor.

"Parece que yo no paro de escribir a pesar de mi mala fama. Pero en realidad no hay nada más aburrido en la vida que soportar una buena reputación", dijo Bryce, cuya gracia fue celebrada por sus amigos y admiradores. "Estoy fregado porque tengo títulos para dos o tres novelas, más cuatro etapas de memorias", anticipó y para tomar más viada sorbía un líquido color transparente que no parecía agua.

Acompañaban en la mesa al narrador de 73 años, el escritor Alonso Cueto, los filósofos Fernando Carvallo, Federico Camino amigo de la infancia y el editor de Peisa, Germán Coronado. Ellos antecedieron en el uso de la palabra a Bryce y cada uno compartió su interpretación de Dándole pena a la tristeza, obra considerada como una continuación o acaso ampliación de Un mundo para Julius, obra que lo catapultara a las ligas mayores de la literatura.

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