Vigésimo tercer capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Vigésimo tercer capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

La casa quedó vacía a los pocos días. El velorio del anciano se realizó en la parroquia a la que ambos solían asistir. La hija se llevó a los perros a su casa de Ate, pero los gatos, huraños y semisalvajes aún, se escaparon por los techos del barrio y se escondieron. Volvieron a los pocos días y se adueñaron de la casa. La gente empezó a dejarles comida en las ventanas y en la puerta. Otros gatos fueron acercándose. Una tarde, alcancé a ver a otros cuatro gatos sobre la cornisa, mirando a los transeúntes desde las alturas, amenazantes, como gárgolas. Nunca alcancé a escuchar sus maullidos, pues la casa quedaba en el otro extremo de la cuadra, pero Don Marcial me contó, la misma tarde en que me dijo que debíamos realizar una colecta para reparar las partes oxidadas de la reja, que por las noches los gatos hacían un ruido infernal.

—Parecen gritos de niños, como si los estuvieran matando —dijo apesadumbrado.

Debíamos entonces cumplir con la responsabilidad de mi madre y tocar la puerta de cada casa del barrio para pedir la cuota correspondiente. La herrumbre que la reja soltaba se concentraba en las esquinas, junto al polvo proveniente de las demoliciones y construcciones cercanas.

Una noche, tras una repentina parálisis de sueño, desperté asfixiándome. Era de madrugada y el silencio de la calle resultó tan intenso y diáfano que me pareció escuchar los maullidos infernales de la casa vacía.


—Do, re, mi menor, sol, eso es lo básico —le dije a Dani—. Es un círculo, cuatro compases en cada acorde. Así, mira. Después puedes cambiar el orden.

El niño mostraba ganas y habilidad, pero no tenía paciencia. Colocaba los dedos sobre los trastes para formar los acordes y me miraba tímidamente buscando aprobación. Yo me limitaba a decirle que hiciera todo más lentamente, hasta que sus dedos se acostumbraran a las posiciones. Me resultaba un poco extraño ver a un chico con indumentaria hip-hop tocando una guitarra acústica. A diario veía a varios chicos de su edad rapeando mientras caminaban por la calle, improvisando rimas al ritmo de loops que hacían sonar en sus celulares, cargando parlantes en los que también ponían reguetón y cumbia. Cuando vio algunos de mis discos, afiches de conciertos y bandas, libros, cómics y revistas, su asombro revelaba una nueva distancia imprevista entre nosotros. Nada en su mundo lo remitía a los Sex Pistols o a Leuzemia, no había tenido nunca en sus manos una revista de rock, nunca había visto un cartel que anunciara un concierto. Le pareció extraño que tuviera la foto de un anciano en mi habitación.

—¿Es un rockero viejo?

—Es un escritor —respondí secamente, mi voz intentaba no cruzar una dimensión ajena, no dejarme llevar por las palabras.

—¿Por qué tienes la foto de un escritor en tu cuarto?

Le dije que la clase había terminado, que estaba avanzando muy bien, que siguiera practicando. Lo acompañé hasta la puerta y avanzamos por el pasaje hacia la esquina. Los gritos de una chica a la distancia nos hicieron detener el paso. El sonido de una moto acelerando llenó el ambiente.

—¡Mi cartera! ¡Mis documentos! ¡Hagan algo, por favor! —la vimos correr inútilmente tras el rastro que dejaba la moto.

—Todos lo veíamos, causa. Mi vieja se daba cuenta de que tu jato era diferente… especial, si quieres. Sin ofender, tú sabes.

La mirada que daba forma a mi familia, su luz intensa cayendo sobre nosotros, luz oculta y a plena vista. La mirada del barrio. Después de tantos años, descubrir esa mirada cambiaba todo, su manifestación distorsionaba el sentido de nuestras vidas, hacía que fuera menos nuestra. Perico hablaba sin el descaro que solía utilizar al referirse a otras personas y sus vidas íntimas, los códigos de la amistad permitían esas treguas, mientras comía vorazmente los picarones que había comprado a una vecina amiga. Sentados en la banca colocada sobre la vereda, invadiendo el espacio público, yo pensaba que debía reaccionar, ponerme a la defensiva, sentirme intimidado por el poder que él mostraba sobre mí. Alguien que conoce una arista desconocida de nuestro mundo posee cierto poder latente sobre nosotros.

Pero ya todo me daba igual, como si el derrumbe inevitable me hubiera vuelto invulnerable a esa mirada.


—Le reventaron la chimba, causa —contaba Perico, como si lo estuviera viendo todo—. Cuando lo vieron sangrar, varios corrieron a darle más. Otros se fueron, asustados.

Los noticieros solo cubrieron el asalto y el linchamiento, entrevistaron a las víctimas de Renzo, hablaron con los oficiales de policía que lo llevaron al hospital. No obtuvieron ninguna declaración de la abuela del muchacho ni de don Marcial. La difusa escena en que Renzo recibía patadas e insultos, ya rendido sobre la vereda, se repetía en bucle en algunos noticieros. Se cubría la cara cuando alguien, uno de los transeúntes que lo aprehendieron, se aproximó a él y le dio cuatro golpes sordos y certeros con una piedra en el cráneo. Las manos de Renzo cayeron inermes, flácidas como cuerdas distendidas, la resistencia que oponía se desvaneció. La vereda empezaba a recibir su sangre lentamente y la gente entró en pánico. Fueron sus últimos instantes consciente, segundos de terror a causa de un simple error que ni siquiera fue producto de su decisión.

—Se lo merece —escuché decir a alguien en la panadería.

—Ya, las malas juntas —le respondían a la voz—. Pero da pena verlo así tan jovencito. Si hace poquito nomás jugaba en la calle. Don Marcial debió cuidarlo más.

Las imágenes son tan difusas como las conversaciones que surgieron tras la muerte del Renzo, los noticieros de la noche muestran videos filmados por transeúntes, la masa que empezó a rodearlo después de que hiriera a su víctima dándole un disparo e intentara escapar corriendo, al ver que su cómplice huía en la moto que debía llevarlo después de quitarle la billetera a la chica que gritó asustada y atrajo la atención de todos alrededor. El que conducía la moto lo abandonó sin contemplaciones apenas vio que llegaban más y más personas a rodear a Renzo.

—Causa, dicen que solo tenía una bala —el relato de Perico combina bronca y tristeza, su mirada se pierde en un punto del vacío—, y que el Rencito nunca había disparado antes; por eso todo friqueado solo hirió al novio de la flaca. Pa qué chucha se resisten, pues. Pobre don Marcial, conchasumare.

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