Trigésimo séptimo capítulo de A un lugar que ya no existe, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Trigésimo séptimo capítulo de A un lugar que ya no existe, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

Las imágenes de la cámara de seguridad que los noticieros transmitían en su edición nocturna muestran a dos niños jugando al lado de los autos, frente a la entrada de la quinta: Es un fin de semana como cualquiera en la cuadra x de la calle y nada hacía presagiar lo que sucedería minutos después.

A unos cuantos metros, en la vereda de enfrente, un hombre se distancia de un grupo de personas que beben cerveza en la vereda, avanza distraídamente hablando por celular: la víctima comparte con conocidos y amigos en la vereda.

El noticiero encierra a este hombre en un pequeño recuadro y hace un acercamiento, la imagen pierde nitidez, el hombre se vuelve una difusa mancha blanquecina y gris. El reportero pronuncia el nombre completo del hombre; dice que hablaba con su madre en el preciso momento que muestran las imágenes: se trata nada menos que de XXX YYY, sindicado por diversas investigaciones policiales como líder de la banda ZZZ.

Cinco segundos separan ese instante de la llegada de dos motos a la escena. Ambas aparecen a cierta distancia, detrás del hombre, que no llega a percibirlos: la víctima no se da cuenta de que dos motos se han detenido a unos metros de él.

De una de las motos desciende una silueta rauda, la imagen de un joven ágil; de la otra, baja un tipo mayor, un poco más alto y bastante grueso, que camina más lentamente: dos personas bajan de las motos y avanzan hacia él para ultimarlo.

Ambos se acercan al hombre que habla por celular. Las demás personas que beben en la vereda se sobresaltan cuando ven a los jóvenes acercándose sospechosamente, lo que hace que el hombre con el celular reaccione: es demasiado tarde cuando los ve llegar: uno de ellos lo lanza al piso y el otro viene detrás con un arma.

El sujeto más grueso toma al hombre del celular por el cuello y lo lanza al suelo. El hombre más joven abre fuego contra él. Los primeros disparos le alcanzan el pecho, el hombre intenta protegerse levantando las manos, pero segundos después solo se queda quieto sobre el asfalto. Todo es cosa de segundos: fueron seis disparos, todo sucedió tan rápido que los vecinos solo notaron la balacera cuando el grupo de amigos empezó a gritar.

El joven con el arma se acerca a los que beben en la vereda y abre fuego sin mucha precisión, aunque algunas balas logran alcanzar a varios que no lograron cubrirse o lanzarse al suelo. El hombre del celular recibe tres disparos más del hombre alto y grueso. Casi sin apuro, los dos hombres se acercan a las respectivas motos que los aguardan, suben a ellas y avanzan hasta perderse fuera del alcance de las cámaras: todo ha transcurrido en 15 segundos. El cuerpo de la víctima permanecería tendido durante casi una hora, hasta la llegada de los efectivos policiales.

Así fue como lo vi en televisión, por la noche, luego de acostar a mi padre, con la respiración aún entrecortada, perturbado como si el mundo y los contornos de los objetos que lo conforman se hubieran roto. Mi padre me preguntaba detalles del tiroteo y yo solo atinaba a responderle que fue tal como apareció en la televisión. Pero cuando lo vi todo desde la esquina, cuando estuve frente a los disparos después de salir con Dani de nuestra última clase, la escena era irreal y vertiginosa, como si sucediera en un espacio que nuestra visión captaba pero que percibíamos desde una distancia interior. Solo unos metros nos separaban a Dani y a mí de los disparos: nos salvaron sus preguntas acerca de bandas de rock, sobre tipos de escalas menores en la guitarra y ejercicios de digitación, preguntas que lo mantuvieron a mi lado durante los segundos cruciales en que el mundo se vino abajo. Recuerdo que nos detuvimos cuando su padre descendió sorpresivamente de la camioneta Hummer de vidrios polarizados. Lo vimos a unos metros, hablaba por celular con el usual tono déspota y arrogante, llevaba cervezas en la mano, lo acompañaban personas que se reunieron rápidamente con los sujetos que bebían en la vereda.

El destino de Dani pudo haber sido ese, acercarse a su padre, contarle que en su clase de guitarra había aprendido la escala pentatónica menor.

Vimos la moto, un fantasma. Las siluetas amenazantes aproximándose nos quitaron el habla. Cuando vi que habían derribado al Cacho y que uno de los sujetos llevaba un arma, solo atiné a tomar a Dani de los hombros y hacer que se tirara al piso. Desde ahí escuchamos los disparos, el estallido y la vibración que separaban a los vivos de los muertos.

Tras la balacera y la huida de las motos, aún tirados sobre el suelo, pudimos escuchar los gritos de los amigos que bebían en la vereda, sobrevivientes de los demás disparos. Uno de ellos empezó a gritar por celular. ¡No vengan a la quinta del Cacho! ¡Nos cagaron, huevón! ¡Nos cagaron!

No pude contener a Dani cuando corrió hacia su padre tendido en el suelo, pero él mismo sabía que no podía acercarse más y se detuvo antes de tocarlo. Contempló unos segundos el cuerpo inmóvil, la sangre que rápidamente ennegrecía la pista. Algunos de los que habían estado bebiendo en la vereda reaccionaron y corrieron hacia él y no lo dejaron acercarse al cuerpo de su padre. A mí me invadió una sensación confusa, una mezcla de miedo y expectativa, producto de la certeza de que el matón del barrio no era invulnerable y la consciencia de que, ante fuerzas ajenas, más brutales e impunes, estábamos completamente indefensos.

Al día siguiente ya sabíamos, por boca de Don Marcial, que las mafias del puerto habían ejecutado al Cacho.

Una de las personas que había llegado esa tarde con el Cacho en la camioneta Hummer era Wilber Castillo, líder de la banda Los Malditos. Castillo había salido de prisión unos meses atrás, y lo acusaban de haber dado información a las autoridades sobre varios miembros de una organización rival a la que alguna vez perteneció. Además, al haber sido exjefe de seguridad de un presidente regional del puerto, tenía acceso a puestos de trabajo que repartía entre sus soldados.

Por eso Castillo era el objetivo de los sicarios, que increíblemente lo confundieron con el Cacho.

Decían que los dos sicarios contratados nunca habían visto a Castillo, pero vieron que Cacho daba las órdenes al llegar y conducía la camioneta Hummer. La banda de Castillo mantenía también una nueva guerra contra la banda que lo había intentado asesinar, siempre por los cupos en las obras de construcción civil de nuestro distrito. Esa guerra se volvió mediática durante un tiempo; las bandas eran presentadas casi todos los días en los noticieros, los cuales mostraban fotografías de criminales abatidos en reyertas, declaraciones de sus amigos, familiares y novias, sus relaciones con figuras de la farándula nacional, fotos personales en las que ostentaban sus propiedades, casas y autos. Las imágenes de aquel mundo de peligro y muerte eran el escenario al que muchos deseaban acceder, en el que se desarrollaba la vida invisible de nuestro barrio, el movimiento que decidía cuáles espacios desaparecían y cuáles seguían en pie.

Según Don Marcial, a través de un tío del Cacho, un alto cargo en la policía del distrito, la banda de Castillo buscaba hacer contactos en nuestro barrio y acaparar los cupos para las construcciones que ya se llevaban a cabo y las que se avecinaban, la derruida fábrica textil y las casonas que se venían demoliendo en la avenida. Se necesitaría mano de obra y Cacho iba a controlar el ingreso de obreros fantasmas asignados después de amenazar a las constructoras con ayuda de Castillo.

Los enormes carteles que las empresas constructoras colocaron después de traer abajo las antiguas edificaciones empezaron a decolorarse al poco tiempo, aunque sus promesas de centros comerciales, edificios de viviendas, grandes tiendas de materiales de construcción y supermercados siguieron intactas indefinidamente.

Trigésimo séptimo capítulo de A un lugar que ya no existe, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
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