Tercer capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Tercer capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

—Cuando lleguemos —empecé a decir, temeroso de su reacción—, es posible que debamos contratar una enfermera.

No contestó de inmediato. Sentí su aliento contenerse, un ligero gesto de fastidio.

—Tienes que hacer algo —dijo entre dientes, como un niño que exige un capricho—. Tienes que arreglar las cosas.

—Deja que se arreglen solas. Si no se arreglan, tendremos que adaptarnos.

—¿Tú quieres que nos quedemos solos en la casa? ¿Acaso ya no somos una familia?

—No —respondí de golpe, solo con la intención de herirlo.

—¿¡Entonces qué somos!? —la ira en su rostro arrugado contrastaba sombríamente con el impulso infantil de su voz.

—Me refiero a que no quiero que nos quedemos los tres solos en casa —dije para intentar no caer en el juego de su enojo.

Llegamos a la puerta principal. Detuve un taxi y acordé el precio del trayecto hasta nuestra casa. Ayudé al viejo a ponerse de pie para ingresar al taxi. Lo sostuve mientras él se acomodaba en el asiento delantero y colocaba cuidadosamente sus piernas dentro del auto, ayudándose con las manos, como si sus piernas fueran ya objetos ajenos a su cuerpo. Me dirigí con la silla de ruedas hasta la entrada del hospital y se la entregué a un guardia. Ya en el taxi, camino a casa, esperé a que el viejo volviera a hablar. Demoró largo rato en hacerlo, más de lo que yo esperaba.

—No puede hacer esto, no puede reaccionar así. ¿No puede entender que cometí un error? —sus palabras no me alcanzaron, se perdieron en algún rincón del vehículo.

Miré hacia la calle, el taxi avanzaba soltando bocinazos innecesarios a un transeúnte despistado. Mi viejo seguía hablando y su voz se volvió de piedra, golpeó la poca tranquilidad que yo había logrado mantener durante el día. Como si no estuviera sentado junto a él, continuó hablando para sí mismo. Desaparecí. Me volví transparente. Empecé a caer otra vez. La presión en el pecho me hundía y la voz de mi padre me arrastraba a un fondo desconocido, a su propio interior, a esa carne cansada y su fragilidad engañosa; fui cayendo en el ritmo de su voz como si el aliento de cada una de sus palabras me robara un poco de vida. ¿De dónde había salido aquella familia? ¿Aquellos hijos desconocidos? Pude ver su miedo, como si fuese yo quien expresara todo ese miedo, como si usara mi mente para manifestar su terror a la soledad con la pérdida de mi madre. Sentí cada escena que se acumulaba en su experiencia y las emociones que le causaban, los gestos de complicidad con ella, lo acumulado durante toda una vida austera, su tranquilidad hoy rota. En su voz se encarnaba la confusión que lo llevó a ocultarnos todo y la destrucción que ahora intentaba ocultar de sí mismo invocando a la responsabilidad. Yo tenía una obligación con esos chicos, lo escucho decir. Dice algo más acerca de los errores en la vida, algo más acerca de ser un hombre. Llena mi mente de imágenes, de esos dos hijos que acabamos de descubrir, de recuerdos, posibilidades y, principalmente, sensaciones ajenas, de lo que mi madre está sintiendo en estos momentos, donde quiera que se encuentre.

Y, en medio de esas sensaciones ajenas, pude ver, revivir después de muchos años aquella tarde en que la primera esposa de mi viejo llegó a nuestra calle e interrogó a algunos vecinos, tocando puertas, preguntando a transeúntes, mientras mis amigos del barrio y yo jugábamos en la vereda a las canicas, ensuciando y rompiendo las rodillas de nuestros pantalones. Un error, cometí un error, ¿no lo puede entender? Yo tendría siete años, aún no había nacido mi hermana. Mi canica había entrado en el bocho, el de la suerte, el hoyo perfecto al lado de la vereda rota, junto al poste de luz, donde la pista era más rugosa porque había sido parchada con cemento, no con asfalto, frente a la casa de la señora que nunca salía a la calle, que siempre nos echaba agua cuando la pelota daba en su puerta o su ventana, la misma señora que cuando se hizo vieja se sentó en la entrada de su casa y no se movió más. Mi canica entró y yo escuché una voz desconocida, la vi preguntando por el nombre de nuestra calle. Un vecino le confirmó que es este, señora, este es el pasaje. Íbamos a lanzar otra vez las canicas, pero esta vez en el bocho que quedaba más cerca de la puerta de mi casa. Ahí estaba ella, la mujer parada frente a mi puerta. Gritaba mirando por momentos a mi padre y hacia el resto de casas, a los vecinos que sacaban la cabeza para ver lo que sucedía. Así te quería encontrar, con esta puta. Un error. ¿No puede entender que cometí un error? En aquel momento, no pude leer el significado de la expresión en su rostro, pero mi madre, ante los gritos de aquella mujer, se mostró sólida y transparente. Mientras la mujer gritaba, puta, esta mujer que dices que es una puta, yo sostenía las canicas en mis manos y el rostro sereno de mi madre me sostenía a mí. Ya no escuché más los gritos de la mujer que, luego de proferir otros insultos, empezó a marcharse. Mi padre no me miró, solo dio media vuelta y entró en la casa. Tras él, mi madre. Mis amigos habían visto la escena y mantuvieron silencio en todo momento, hasta que me pidieron que lanzara primero. Lanzamos y mi canica cayó lejos del bocho, las demás empezaron a colisionar y el sonido de sus impactos, seco y certero, nos hipnotizaba y otra vez nos sumergimos en el juego.

Coloqué una mano extendida sobre el cristal de la ventana del taxi. Su frialdad me devolvió al mundo, o a lo que todavía podía llamarse presente, donde la voz de mi padre gobernaba y los bocinazos de autos y buses en las esquinas llenaban el ambiente de una vida extraña, agresiva y expectante. Un error, cometí, uno: ser un hombre.


Recuerdo que Cacho y yo jugábamos violentamente, como hombres. Cuando lo veía ya caído, le pateaba los muslos, con la fuerza suficiente para humillarlo, pero sin el deseo real de causarle daño físico. Al menos en esos años, creo que todos sabíamos que se trataba de un juego, así que las consecuencias no se nos escapaban de las manos. Sus gritos eran parte de la diversión, nunca amenazas reales ni señales de verdadero dolor. Jamás una herida, nunca sangre sobre la piel. Cuando cruzábamos ese límite, el asunto dejaba de ser un juego porque, entonces, Cacho se ponía de pie y venía hacia mí, con la furia liberada de un mocoso de nueve años, con el rostro enrojecido, a golpearme y patearme, se lanzaba sobre mi cuello, intentaba atenazarme con sus delgados brazos.

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