“Escuchaba a mi hermana por el teléfono: ‘Mi hermana, la que es disléxica y tiene fibromialgia, acaba de ganar un premio por su cuento”. (Foto: Anthony Niño de Guzmán/GEC)
“Escuchaba a mi hermana por el teléfono: ‘Mi hermana, la que es disléxica y tiene fibromialgia, acaba de ganar un premio por su cuento”. (Foto: Anthony Niño de Guzmán/GEC)

Desde que era una niña tuvo problemas para leer y escribir. Su madre se dio cuenta de que algo no andaba bien y descubrieron que la pequeña padecía dislexia, un trastorno que afecta la forma en que el cerebro procesa las palabras. Para Shila –como prefiere ser llamada–, atravesar la época escolar fue, en realidad, sobrevivir a ella. La forma convencional de enseñar en nuestro sistema educativo no toma en cuenta a los niños que sufren de dislexia. Por eso, cuando Shila salía del colegio, llegaba a su casa a recibir clases de matemática, literatura, física, química, trigonometría, historia, álgebra, gramática que le dictaban profesores particulares. “En el colegio era una chica que no rendía y, muy posiblemente, una tonta. ¡Pero no! yo tenía inteligencias diferentes y mis papás y mi hermana nunca se rindieron conmigo”, recuerda. Este año, Shila fue reconocida con el Premio Nacional de Literatura en la categoría Infantil-juvenil por su libro Un cuento y una canción (SM, 2019), una historia sobre las aventuras de unos tiernos personajes –ilustrados por la misma autora– y sobre la tristeza, una vieja conocida de la artista.

¿En qué momento te diste cuenta de que el arte era lo tuyo?

Jamás pensé en hacer otra cosa. Nunca tuve un plan B. Era: voy a ser artista o voy a ser artista. La cuestión era dónde y cómo. Mi mamá me cuenta que cuando yo tenía tres años me preguntaron qué iba a hacer y dije artista y cocinera de grandes hoteles, en ese momento no se había acuñado la palabra chef.

¿Por qué estabas tan segura?

No lo sé y, además, es bien loco porque yo no era buena dibujando. Me apasionaba mucho construir, imaginar personajes, lugares y siempre escribía. Mientras estudiaba en la Escuela de Bellas Artes me pedían que presentara bocetos y yo primero presentaba textos porque eso era lo que iba a dibujar: una frase, un párrafo de cinco líneas. Para mí, siempre estuvieron el texto y la imagen juntos.

¿Conseguiste hacerte de proyectos artísticos en cuanto terminaste de estudiar?

Cuando terminé la Escuela ya estaba participando en exposiciones, ganando premios, ilustraba cuentos para otros autores. Nunca se me ocurrió que yo iba a escribir algo porque soy disléxica y siempre he tenido problemas para leer y escribir, creo que por eso me refugié en el dibujo.

¿Qué cambió para que escribas cuentos propios?

En el camino empecé a pensar: “Quiero tener más control de mis imágenes, de la edición y todo”. Cuando yo imagino un libro pienso en la tapa, la contratapa, el desplazamiento de las imágenes junto con el texto. Sentía que la única forma de tener ese control era siendo la escritora y la ilustradora. Por eso me aventuré a mostrar mis textos, lo cual me tomó muchos años.

¿Por qué?

Es una tara de la dislexia pensar que siempre vas a escribir mal.

Cuando pensaste en el libro Un cuento y una canción, ¿vino primero el texto o la imagen?

Es muy raro porque ese libro parte de una canción que se llama “La quebrada” y de las imágenes que tenía en la cabeza. No sé cómo explicarlo. Estaba trabajando en otro cuento que tengo hace cinco años y de la nada empiezo a escuchar la canción en mi cabeza y una voz de fondo que empieza a hablar. Dejé de lado el otro trabajo y no dejé de escribir durante dos días. Así nació ese libro.

¿Dónde habías escuchado esa canción?

Es una canción que yo creé. Tengo fibromialgia (un trastorno que produce un intenso dolor en los músculos y huesos, además de problemas de sueño, memoria y emocionales) y hace unos años tuve un cuadro muy fuerte, casi no podía moverme. Empecé a cantar porque no podía dibujar. Compuse una maqueta con varias canciones que se iban a convertir en un disco y que lo iba a producir César Ramos. Él falleció de pronto, lamentablemente, y no supe con quién retomar ese proyecto porque él era una de las personas que más me entendía.

¿Te inspiraste en algo específico al crear esa canción?

En el momento en que yo estaba, sentía mucha tristeza y pena por no poder hacer las cosas que quería. Mi canción habla de eso, pero esta es mi vida, es lo que es, es lo que hay y no puedo sentarme y dejar de seguir creando. De eso es lo que habla la canción. En la última parte, lo que al comienzo es un llanto, se transforma. Pena, pena, penita, pena hoy te libera mi corazón. Risa, risa cala en mi pecho, hoy me despido de este dolor, hoy me despido de este dolor. Adiós me despido de este dolor (canta).

La tristeza se puede transformar.

Hay una ilustración que es un desglose de lo que para mí es la tristeza. Hay un momento en que es lo único que ves, pero luego llega un atisbo de luz de afuera, después empieza la parte más pesada, más difícil: ¿qué hago con esta tristeza? ¿Voy a seguir viviendo así? Es un gran trabajo saber qué hacer con eso hasta llegar a entender que hay cosas que no se pueden remediar, pero puedes aprender a lidiar con ello y sobrellevarlo.

¿Te tomó por sorpresa que tu cuento sea premiado?

Obviamente quería que sea premiado porque uno le pone un poquito de su alma, su corazón y de todo. Pero, la verdad, esperaba que este premio me llegara en diez o quince años. Es un premio que es de mi familia. Escuchaba a mi hermana por el teléfono –porque está fuera del país– que gritaba: “Mi hermana, la que es disléxica y tiene fibromialgia, acaba de ganar un premio por su cuento ilustrado” (hace una pausa porque se le quiebra la voz). Hacer arte es difícil, pero hacer arte que tenga que ver con cultura y educación lo es mucho más. Por la fibromialgia, luego de trabajar me siento muy fatigada, eso se ha convertido en un filtro. Me pregunto: si me duele luego el cuerpo, ¿voy a sentir que valió la pena? Ahora trabajo en temas de biodiversidad, feminismo y derechos LGTBI.

AUTOFICHA:

“Soy de Lima, nací en el Hospital del Empleado. Mi papá es de Huánuco y mi mamá es de Ica. He tenido todo el bagaje de ellos: su música, cuentos, comida, historias. Y tuve más suerte porque Yoli, la señora que ha trabajado con nosotros toda la vida, es de la selva”.

“Cuando recién empezó la feria Mistura, la gente, por ejemplo, se asombraba por haber probado tacacho. Yo preguntaba: ¿nunca habías comido? Para mí era muy normal comer y tomar refrescos de varios lados. Me di cuenta de que tuve mucha suerte”.

“Mi papá es ingeniero mecánico electricista y mi mamá es químico farmacéutica, pero los dos tienen venas muy artísticas. Mi papá dibuja muy bien, le encanta ver diseños. A mi mamá, por otro lado, siempre le ha gustado investigar. Desde chicas nos enseñó a hacer jabones, champús, cosas con productos naturales”.

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