Séptimo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Séptimo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

Se sentó sobre la cama, le ayudé a quitarse los zapatos, a desvestirse, le coloqué una camiseta limpia y un pijama de franela.

—Puedo llamar a la señora que lava la ropa en casa de Gerardo —dijo mi padre leyéndome la mente.

—No. Nos haremos cargo.

—¿Vas a poder ayudarme con las medicinas? Yo siempre olvido… —su voz tímida contrastaba con el rostro adusto que miraba las sábanas con las que lo cubría.

—Tengo todo el tiempo del mundo para atenderte ahora.

—¿Aún no encuentras nada? ¿Nadie puede ofrecerte un trabajo? —lo dijo con ira, con un gesto de contrariedad que me alcanzó como una ofensa.

—Tengo ahorros —intenté defenderme.

Preguntó algo más, pero yo ya no lo escuchaba, salí de la habitación y bajé las escaleras, rumbo a la cocina. Me serví un vaso de agua. Sentí el silencio de la casa enmarcado en el ruido del barrio: la lavadora de la vecina, el cuchicheo de dos personas al pasar por la vereda, niños que jugaban en la pista, salsa a todo volumen alcanzando ligeramente mis oídos desde el fondo de la cuadra. Un silencio falso, como una imitación defectuosa de silencio en la que se va filtrando la realidad.

Siete de la noche, el reloj de mi cuerpo empieza a sentirse oprimido: se acerca la oscuridad, la hora del sueño, y es como si entrara en un estado de alerta mortal. Mi mente no descansa nunca, el ritmo de mi respiración se acelera con el incesante remolino de mis pensamientos. El mundo desaparece ante mí, pero algo impulsa la rueda, un activador cerval que me impide apagar la vigilia. Como si dormir significara perder mi identidad, terminé desarrollando una fobia al sueño.

Me sirvo otro vaso de agua. Lo bebo de un sorbo e intento calmarme. Otra vez escucho el silencio falso del barrio.

Me acerco a la sala ya casi oscura, la luz del poste de la vereda de enfrente atraviesa débilmente las cortinas. Con el vaso de agua en las manos ingreso en la semioscuridad, esperando que mi visión se relaje, y me siento en el sofá en el que antes se había sentado mi viejo.

El pequeño papel amarillo captura otra vez mi mirada, desde el suelo, en medio de la oscuridad. No lo recojo de inmediato. Siento su llamado. Dejo el vaso de agua sobre la mesa del comedor. Me pongo de pie y me acerco a recogerlo. Cuando lo tengo por fin en mis manos, siento que en mi mente se abre otro abismo, uno en el que caeríamos todos.


Tu padre entra en la casa. Lo veo entrar. Ha llegado de uno de sus viajes, esos largos trayectos en los que comerciaba baratijas en los pueblos de la selva de San Martín y Moyobamba. Veo la tarde de una selva que nunca he habitado, Caballococha, el mágico mundo que me atraviesa gracias a tus palabras, tierra de runamulas y tunches, mitos que vigilan nuestra conducta, que nos atan a un frágil pacto, a un orden de la vida. Un orden que está a punto de romperse.

Lo veo entrar, lo veo mirándote y te veo mirándolo. Tú tienes seis o siete años. Ha crecido en ti esa intuición ante la amenaza, ese impulso de indefensa fiera herida, y bajas la mirada. Sabes que el mundo se ha ensuciado. Tu padre no te dice nada. Solo se dirige a la habitación en la que tu madre, mi abuela, yace en la cama con otro hombre. El silencio que sucede al instante se puebla de ira, de deseo de venganza, una vaga noción de justicia se forma en ti. Pero el silencio continúa, nada sucede. Te apartas de la pequeña sala, la cual imagino de madera, decorada con rústicas cortinas de tela floreada como las que tu madre guardaba en los eternos cajones que nunca abría. Te veo dejando de mirar, sumergiéndote en el universo que se esconde tras tus ojos, ese océano de certezas y dudas en el que me perdí para siempre al escucharte revivir ese instante congelado, ese momento que hoy le narro a esta noche vacía en que nadie escucha y el silencio es falso.


Mis sentidos se cubren con el aroma de otra época, reminiscencias que me asaltan mientras camino por el mercado e intento revivir, desde el fondo de algún recuerdo, con la ayuda de algún rincón o espacio que ha sobrevivido a las transformaciones —un puesto de la fila de carnes, los puestos de las verduleras, las rejas de hierro que daban a la callecita en la que el salón de billar rebosaba de borrachos—, aquella sensación de pureza y revelación de los secretos del mundo. La textura de los recuerdos es un antiguo narcótico, me envuelve y me borra del mundo mientras camino sobre estas ruinas, dirigiéndome hacia el mercado «nuevo» donde mi madre ya no tiene un puesto de costura. Entro a ver si ella ha intentado comunicarse conmigo, lo hago antes de volver a la casa, antes de tratar una vez más que mi padre, hoy abandonado y derrotado, no pierda la cordura y el ánimo de vivir.

—La señora Eva ha llamado al número —le escuché decir a una vecina emocionada mientras se alejaba de las esquina rumbo al mercado—. Van a venir a ver su casa la próxima semana.

El «nuevo» mercado del barrio ya no era nuevo, llevaba más de 12 años funcionando, pero seguíamos llamándolo así porque era la única manera de diferenciarlo del antiguo. Se había construido a inicios de la década del 2000, derribando las instalaciones de antiguas fábricas de telas, termos y ollas que abarcaban toda la manzana contigua a la nuestra. Inicialmente, se dividió la manzana en dos secciones muy marcadas, una galería destinada a puestos de venta como los del jirón Gamarra en La Victoria, y una sección de abarrotes que competiría con el antiguo mercado de la manzana contigua. Triste fue ver que, durante los primeros diez años, pocos negocios se asentaron en la galería, ya fuera por el costo del alquiler o porque el distrito no era realmente atractivo en términos comerciales. En la inmensidad de aquella construcción semi-inútil, se podía ver pasillos completamente vacíos y otros en los que apenas había un negocio de venta de telas o baratijas importadas y puestos de reparación de electrodomésticos, televisores y radios. El mercado «nuevo» había sido quizás el primer gran cambio del barrio durante aquella década, pues marcaba la destrucción del complejo industrial, además de la desaparición de la antena de la estación de radio. Ahora, después de casi 15 años, empezaba a poblarse de pequeñas imprentas que emitían un ruido endemoniado y colocaban sus resmas de papel sobrante y recién impreso sobre las aceras, llenando la calle de pequeñas tiras de papel cortado. En medio de ese pandemonio, mi madre había alquilado un puesto para su taller de costura, un pequeño espacio de dos por dos metros, un negocio transferido por una costurera que debía volver a su pueblo intempestivamente, una oportunidad —así lo dijo mi madre cuando nos contó que trabajaría ahí— de la que se enteró conversando con una vendedora de abarrotes de la otra sección.

Séptimo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Séptimo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

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