Segundo capítulo de 'Una pelota en el camposanto', de Juan Manuel Chávez. (Ilustración de Mechaín).
Segundo capítulo de 'Una pelota en el camposanto', de Juan Manuel Chávez. (Ilustración de Mechaín).

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De niño, se es feliz de incontables formas. A pesar del corazón agrietado por vivir lejos de mi madre y en la convivencia con el hombre callado y severo que fue mi padre, tuve muchos momentos de alegría, y algunos de gloria. Yo me alejé de un lugar sin más futuro que la subsistencia de campesino, donde los estudios se acababan en el sexto grado de Primaria, por otro donde había un centro escolar de tres niveles, televisor comunitario en la esquina de la plaza, helados de crema los fines de semana y equipo de fútbol para los campeonatos regionales. Micunapampa fue mi paraíso por años, aunque también el purgatorio de mi adolescencia: en ese pueblo me entrené en el espíritu de ser forastero. Y este aprendizaje me sirvió para lo que sucedió después: acostumbrarme a la ciudad.

La ciudad era muchísimo más grande que los pueblos más grandes que recorrí; además, olía diferente. En vez del frescor del río o la bosta de los animales, se sentía una quemazón de cosas tostadas, como si la electricidad le metiera un fuego invisible a todo lo que animaba. No diría que es sucia, solo que hay demasiado desperdicio; un sentido de utilidad que caduca antes de tiempo. Oscura de noche y pálida de día, la ciudad donde estudié para maestro es el lugar donde aprendí mi oficio para regresar a Micunapampa.

Durante los primeros dos años de carrera, pensé que sería profesor de Matemática; dominar el arte de lo que nunca me enseñaron bien en la Primaria. Mi profesor de entonces tenía apellidos de poeta y narrador: Vargas Vicuña, y, como tal, exhibía su sensibilidad por la palabra pero casi ninguna por los números; yo no buscaba ser al revés, sino complementar el recuerdo que me dejó. El hecho es que la idealización no sobrevivió por más tiempo; al final terminé especializándome en Educación Física, ni Ciencias ni Humanidades. Si bien el giro que emprendí defraudó a mi tía, yo creo que le habría gustado a mi padre. “Mente sana en cuerpo sano”, señaló mi madre cuando se lo conté. Para ella, yo haría posible que el resto de docentes de un plantel lograran sus objetivos. “Tu rol es el más importante”, me dijo. Y con ese estímulo proseguí hasta aprobar el último curso de la universidad.

Luego de sacar mi licenciatura como profesor, trabajé en un par de centros educativos de la ciudad y fragüé mi decisión de volver a casa. Una tarde de diciembre, semanas antes de Navidad, partí mis ahorros e hice mi primera gran compra de profesional: un buzo de microfibras de polipropileno, con el objetivo de vencer las condiciones en las alturas; y así viajé en el bus. Es un regreso que preparé con llamadas telefónicas y cartas para garantizar dos compromisos: uno laboral y otro, diría, existencial. Yo volvía renovado, pero mi mamá estaba consumida por la tristeza. Cada semestre, su cabello negro como el luto que nunca abandonó, se fue tornando cenizo; sus arrugas parecían trabajadas a cuchillo en su cara. Le dolía el cuerpo al sentarse y daba un sinfín de excusas para no caminar trayectos largos. Aunque nunca le di nietos, ya se veía como una abuela. Y el caserío ya no era lugar para ella, porque no lo era para mí. Le propuse mudarnos a Micunapampa, y una y otra vez le insistí.

Mi mamá no quería vivir en el lugar donde mataron a su esposo. Y yo quería regresar, justamente, porque ahí fue que lo asesinaron; como a Yuri, como al resto. No eran solamente sus acribillamientos lo que me pesaba, sino la forma en que sus homicidas utilizaron el lugar donde lo hicieron hasta transformarlo.

Entramos de la mano a Micunapampa una mañana de febrero. Ya no tenía 12 años, pero estaba tan asustado como la primera vez. Mi mamá accedió a ir conmigo porque, en su desprendido amor, creía que mis razones para nosotros siempre eran mejores que las suyas para ambos. Me dio un beso en la mejilla y lloró cuando nos instalamos en la casa de alquiler. “Tú vuelves para jugar a vengarlo, pero, al quedarme aquí, yo lo estoy traicionando”, me reprochó con una dignidad que admiré, sorbiendo sus lágrimas, hundiendo su rostro resquebrajado en mi pecho.

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Desde que llegué a Micunapampa para estudiar la Secundaria, sentí admiración por su campo de fútbol tan bien cuidado y con graderías de lado a lado; en ese rectángulo trazado con yeso sobre un tapiz verde cortado a ras, los héroes del pueblo batallaban tras una pelota por mantener el orgullo local. Cada domingo se celebraba un partido amistoso, hasta que instauraron los campeonatos regionales; y en estos jugaban todos, los once uniformados y la hinchada.

Yo nunca iba a ser seleccionado. No porque viniera de otro lugar, sino porque mi desempeño en el campo era desastroso. Cuando estaba en primero, intenté ser delantero izquierdo, como la mayoría; cuando pasé a segundo, me imaginé de armador en el mediocampo; llegado a tercero, me apoyé en mi resistencia y tenacidad para ser defensa, ya que no tenía capacidad ofensiva ni creativa. Fui inútil en cada una de esas posiciones, así que en cuarto acepté la comedida función de arquero del equipo de mi salón; y también lo hice mal: metí goles en mi propio arco por cuestiones de pésima ubicación bajo el travesaño. Negado para el fútbol, seguí en el fútbol del único modo que podía: jugando sin jugar.

Mi última vacación escolar, de regreso al caserío, la dediqué a estudiar viejos reglamentos deportivos. Pensaba entender el fútbol por sí mismo y en comparación con otras disciplinas; incluso, aprendí criterios especiales sobre los fuera de juego, la intromisión de espectadores en la cancha y el número de personas con que puede quedarse un equipo para seguir en el “match”. No solamente me sabía las reglas, sino que comprendí el modo de aplicarlas y me llené de palabras en inglés. A mi madre le divertía mucho verme frente al espejo, dándole órdenes con la mirada y un silbato. “¿Desde cuándo quieres ser policía, hijito?”, me preguntó la segunda vez que le cobraba un tiro libre a mi reflejo. Yo entrené como había visto entrenar a los mejores seleccionados de Micunapampa: tres horas desde el amanecer y dos horas más por la tarde, sin importarme las lluvias y lodazales.

Segundo capítulo de 'Una pelota en el camposanto', de Juan Manuel Chávez. (Ilustración de Mechaín).
Segundo capítulo de 'Una pelota en el camposanto', de Juan Manuel Chávez. (Ilustración de Mechaín).

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