Ella

Por Pablo Cermeño

No podría afirmarles que fue Luciano del Carpio quien terminó con la vida de Carla Rospigliosi, su esposa. Eso sería inexacto, falso. Sería una bajeza de mi parte y un facilismo para sembrarles el deseo de seguir leyéndome, apostando todas mis fichas al interés malsano que algunas veces podemos tener las personas. Pero, sobre todo, decirlo así, con tal desfachatez, sería faltarle al amor que alguna vez Carla y Luciano se profesaron.

Dicen que, para amar de verdad, uno debe estar dispuesto a odiar también. Pues el amar sin medidas significa abrir tu corazón sin tener la certeza de nada, y quedar desprotegido ante la naturaleza misma del ser humano, que, como todos sabemos, puede ser mezquino y ruin. En tal sentido, es casi seguro que uno de los dos salga herido y que ese amor se quiebre para dar rienda suelta a la parte siempre oculta de toda pasión, el odio. Pero, incluso sabiendo eso, pienso que me habría gustado vivir una experiencia como la que tuvieron ellos, pasional, de extremos. Quizá, de haber sido así, no tendría que estar mendigando las vidas de otros para tener algo que contar, y mis páginas estarían llenas de mis propias experiencias, de una vida interesante.

Carla y Luciano se conocieron en una reunión de Año Nuevo a la que ninguno de los dos tenía pensado asistir. Ella había planificado irse a la playa, de campamento con su enamorado y su grupo de amigos de la universidad, todos ingenieros industriales. Venían haciendo esto desde que terminaron la carrera, cuatro años atrás. El plan era muy simple: pasarla bien. Para esta premisa, el grupo de cuatro parejas iba en dos autos cargados de alcohol. No necesitaban más. Vaya campamentos aquellos.

Los tres primeros años fueron sensacionales. Igual debería de haber sido el año siguiente, año en que Carla y Luciano se conocieron. Pero Carla descubrió que, unas semanas antes del tan esperado viaje, durante una reunión a la que ella no había podido asistir por encontrarse mal de salud, su enamorado había sucumbido ante los abultados encantos de su mejor amiga. Es así que Carla, sabiéndose traicionada por ambos, rompió la nariz del susodicho y se deshizo en maldiciones para su –ahora– ex mejor amiga. Obviamente, también canceló su participación en el viaje, lo que, sin haberlo buscado y sin saberlo, le había abierto la posibilidad de un nuevo camino.

Carla pasó por un corto periodo de melancolía y sufrimiento en el que se alejó de todos. Pero, justo después de eso, cuando ya sentía que podía caminar de nuevo, le entró una llamada telefónica como si hubiera sido puesta para arrancarle una sonrisa. Era Pepe Bonilla, un amigo suyo, que había conocido años atrás, cuando estudiaba inglés en el instituto. Pepe había estado enamorado de Carla desde la primera vez en que se vieron, pero ella nunca había estado sin pareja en todo ese tiempo. La llamada del buen Pepe no era casualidad, claro está. Él se había enterado de que Carla por fin estaba libre, sin ese lastre que frustrara sus intenciones de robarle un beso. Pensó en todas las posibilidades que tenía con ella y, al darse cuenta de lo agresivo que podía verse si la invitaba a salir a tan poco tiempo de su ruptura amorosa, optó por improvisar una reunión de fin de año. De esa manera, pensó él, con más personas involucradas, Carla no se sentiría abrumada y las chances de declinar a la invitación disminuirían significativamente. Esta era su oportunidad, era el momento que había estado esperando desde que se conocieron. No podía echarlo a perder.

Sin pensarlo mucho y con ganas de olvidar a ese miserable que la había engañado, Carla aceptó la invitación. Pepe no podía creerlo, la chica que había robado su corazón, de una sola sonrisa, había dicho que sí. Nervioso, queriendo no estropear lo logrado, evitó decir mucho más, se despidió y colgó el teléfono. Pepe estaba en las nubes, estaba mucho más allá de las nubes, estaba en la estratósfera. Se sentía el hombre más afortunado del mundo. El único problema era que su círculo social no era cuantioso; era más bien pequeño, muy reducido.

Apenas colgó, todavía con el impulso eléctrico de sentirse invencible, empezó a llamar sus amigos para gestar la tan necesaria reunión. Pero, con mucho esfuerzo, solo pudo conseguir a cinco personas, dos amigos hombres, una mujer, su hermano menor y la encantadora enamorada de su hermano. No importaba, no necesitaba a nadie más; con ellos era suficiente. Ya sus invitados tenían claras las reglas del juego: tenían que ayudarlo a conquistar a esta chica misteriosa a la que ninguno de ellos conocía.

De último minuto, el día mismo de la reunión, Pepe recibió una llamada. El corazón se le descompuso y las tripas se le entreveraron, ¿acaso sería Carla llamando a cancelar?, ¿será que regresó con su enamorado?, pensó. Pero no. Era uno de sus invitados, como siempre lleno de excusas para no ir. En esta oportunidad, con un fuerte dolor de cabeza. Pero, después de una larga charla con el buen Pepe, confirmó su asistencia. Era Luciano del Carpio.

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