Segundo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Segundo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

Las imágenes de aquellos años reviven en mi retina, mientras el presente ineludible se impone; tras perder la gracia de sus contactos en la Policía, hoy el viejo Roni trabaja conduciendo un taxi alquilado, duerme intermitentemente unas horas sobre su asiento de conductor, estacionado en alguna calle perdida de la ciudad. No queda nada de la casa donde vendía pasta básica, fue demolida para construir, sobre un terreno de cuarenta y cinco metros cuadrados, un ridículo edificio de vidrios oscuros y espejados, de diseño forzadamente moderno, el cual desentona con la arquitectura de la zona, una casa a la que bautizamos como «el Sheraton», por la sofisticación rebuscada de sus acabados y su contraste con las casitas de nuestro barrio obrero.

¿Qué habría pasado? ¿El viejo habría atravesado el círculo de fumones y malandros o estos lo habrían ahuyentado? ¿Se habrían hecho amigos?

El anciano que se aleja de su casa buscando extender su vitalidad, los materiales de un nuevo techo en el barrio, el recuerdo de jóvenes fumones al servicio de un exfuncionario bancario caído en desgracia que decidió dedicarse a la venta de drogas, el terreno de cuarenta y cinco metros cuadrados demolido y vacío, la profundidad en la mirada de aquella anciana ausente, la tristeza mal oculta de todos los rostros: todo está y deja de ser a la vez. Todo me arrastra de golpe y me hace sentir un frío dolor en la nuca que me corta la respiración. Otra repentina caída dentro de mi abismo interior. Debo ir al hospital a recoger a mi viejo, traerlo de vuelta a casa, intentar calmarlo por la huida de mi madre y escuchar, como toda la vida, sus reproches, sentir su vergüenza mal escondida por tenerme nuevamente en su casa.


Poco antes de la huida de mi madre, vivía ya en un sobresalto permanente y me había resultado imposible no percibir el estridente momento en que desaparecían los objetos y mutaba el escenario. Me veía enfrentado a la vida silenciosa de los objetos que desaparecían del mundo casi imperceptiblemente; con ellos se iba un significado y nos transformábamos en seres nuevos al perder sus presencias.

Por esos días, recordé la conversación que tuve años atrás con ella, con mi madre, acerca de la antena de radio durante una visita que Mika y yo hicimos a casa de mis padres.

¿En qué momento había desaparecido la antena de la estación de radio de nuestro paisaje urbano? ¿Cómo pasó desapercibida la caída de aquel coloso ubicado a dos cuadras de nuestra casa? Un día aquella antena-ancla del barrio, la que nos mantenía quietos en el océano de cemento, la antena faro y brújula que guiaba nuestra mirada nocturna y ebria ya no estuvo más. Se desvaneció quizás entre la neblina que llegaba desde el mar en las mañanas de invierno. Ya nunca más mi mirada absorbería el titilar de luces rojas en su cúspide, el metal y los cables que le daban forma, que liberaban en el aire las ondas radiofónicas que luego captábamos en nuestras casas.

—¿Qué antena? —preguntó mi madre, sin levantar la mirada de la prenda que cosía en su máquina de siempre, la que compró a plazos en una tienda de artículos de segunda mano y con la que confeccionó y bordó manteles, sábanas y vestidos, la misma con la que remendaba mis uniformes escolares, la ropa de todos en casa.

—La de la radio.

—¿Ya no está? —su expresión de sorpresa fue efímera, no tardó ni dos segundos en volver a sumergirse en su costura.

—Por lo visto, no está hace un buen tiempo ya, mamá. Recién lo he notado. Se lo comenté a Jano y parece que él tampoco se dio cuenta, pese a que vive aquí en el barrio…

Ella siguió cosiendo sin prestarme tanta atención. En aquel momento, mientras mi madre se acomodaba los anteojos y enfocaba la mirada sobre la tela que pasaba bajo la aguja de su máquina de coser, pensé, contrariado y disimulando mal mi extrañeza, que yo no podía ser el único que se percataba de los cambios del barrio. Descubro ahora que la sensación que me embargó fugazmente en ese momento, y que no supe definir entonces, era la sensación de estar presenciando a una extraña, a alguien ajeno al mundo en que yo había desarrollado mi propia mirada. Una sensación absurda, como si el insignificante detalle de la antena desaparecida hiciera que nuestras vidas divergieran inevitablemente: siempre había sido ella quien remarcaba los cambios del entorno, los dotaba de relevancia, los situaba.

—¿Viste que la casa donde vivimos cuando llegamos a Lima es ahora un edificio de tres pisos? —tanteé entonces.

—Claro, eso sí lo vi —su respuesta me hizo sentir menos solo, un poco más cuerdo—. Y ahora que me hablas de esa antena, me haces recordar a la radio de mi vecino, cuando era niña. En mi casa no teníamos radio. Mi vecino ponía música de una emisora de la capital y subía el volumen para que todos en la calle del pueblo pudiéramos escucharla. Me acuerdo que la escuchaba en la puerta de mi casa, en las tardes, cuando volvía del colegio. Hablas de la antena y, no sé, me acuerdo.

Había vuelto a ser ella de un momento a otro, a conectar instantes inconexos, como si la esfera profunda de su memoria sensorial revelara su permanencia.

—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? —mi ofuscación, aunque ligera, era ridícula, ahora lo sé, pero en ese momento no pude contenerme. Una parte de mí estaba cansada de sus historias, de que viera cosas que no estaban ahí, de que sus recuerdos se superpusieran al presente.

En aquellos días, Mika y yo habíamos comprado un televisor nuevo. Estábamos ansiosos por terminar la visita a mis padres y volver a casa para ver películas o jugar videojuegos.


A pesar de que la operación había salido bien, mi viejo estaba destrozado. En vano intenté darle ánimos. Tras muchos días de recuperación, pudo por fin ponerse de pie y volver a su estado de ánimo habitual, su agrio carácter de hombre acostumbrado a dar órdenes y recibir atenciones. Mientras le ayudaba a vestirse, me sentí ante una aparición, el aire en la habitación del hospital tenía la densa textura de un mal recuerdo. Permanecí estático frente a él y observé los pliegues de su carne reseca, la nueva cicatriz sobre su piel de ochenta años, la tensión de sus brazos al colocarlos en las muletas, su pausado y tembloroso desplazamiento, interrumpido cada que recuperaba fuerzas dando profundas bocanadas. Cuando terminó de vestirse, le ofrecí mi brazo como apoyo y caminamos por el ancho pasillo del hospital tantas veces recorrido y ahora bañado por la claridad de la tarde que moría mientras ingresaba por los ventanales sucios. Llegamos hasta una puerta en la que una enfermera nos entregó una silla de ruedas en la que lo conduje hasta la salida del hospital.

Segundo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Segundo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

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