Rosa Montero: "Lo que se hace a las mujeres en el mundo es brutal, es un genocidio"

La periodista y escritora Rosa Montero (Madrid, 1951) llegó a Lima para la Feria Internacional del Libro (FIL). Conversamos con la autora de 'La Carne'.

Rosa Montero

Rosa Montero llegó a la Feria Internacional del Libro de Lima. (Foto: Mario Zapata)

Rosa Montero llegó a la Feria Internacional del Libro de Lima. (Foto: Mario Zapata)

Mario Zapata

Mijail Palacios

Asegura que escribe desde los cinco años de edad. Y como prueba de ello, en su maleta ha traído uno de sus primeros cuentos, que se titula “José Antonio y Merceditas y los marcianos”, lo dice mientras suelta una risa que roza la carcajada. La periodista y escritora Rosa Montero (Madrid, 1951) llegó a Lima para la Feria Internacional del Libro (FIL).

La terraza de un hotel capitalino es el escenario para esta entrevista hecha con el cronómetro apuntándonos. Fueron 20 minutos de conversación y un par que le ‘ganamos’ a la organización, pero las palabras de la autora de 'La Carne' (Alfaguara, 2016) parecen fruto de horas de conversación. Son profundas, críticas y enérgicas. Como ella.

Usted tiene una relación familiar con el Perú.
Mi madre tenía dos hermanos. Los dos eran pintores. Ella dibujaba mejor, pero como era mujer y de una clase social baja no hizo carrera en aquella época. Pero mis dos tíos se hicieron pintores y uno de ellos se vino a hacer las américas. Estuvo viviendo en Perú como 30 años. Aquí se casó y tuvo tres hijas. La primera vez que viajé a Latinoamérica, vine a Perú para ver a mi familia. Yo tendría unos 23 años.

¿Qué de bueno encontró en Perú?
Latinoamérica la he recorrido mucho y me encanta por su diversidad. Los países andinos, y Perú esencialmente, tienen trascendencia, una cosa profunda, emocionante. Esa parte melancólica, muy fuerte. Y luego está el refinamiento, el nivel cultural del Perú. Los intelectuales de Perú y México son los más importantes de Latinoamérica. Además, hay un encanto peruano en el trato, muy especial.

¿Y qué de malo tiene el Perú?
Una oligarquía muy jodida. Una oligarquía muy separada del pueblo, con una peruanidad de boca para afuera. Tiene muy poca conciencia de la complejidad social, de que el Perú también son todos los pueblos indígenas y no solo esa oligarquía blanquita. Hay mucho racismo en Perú. Es notorio.

Rosa Montero

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Vamos a su último libro. En ‘La Carne’ uno encuentra obsesión, amor, violencia, locura, miedo, fracaso. ¿Por qué?
Todos los escritores escribimos siempre sobre las mismas cosas, que son nuestras obsesiones, que las escribes para intentar entenderlas, para intentar poner un poco de luz en las sombras de esas obsesiones que te desasosiegan. Escribes para aprender no para enseñar.

¿Alguna vez entenderemos el amor?
Cada uno lo va entendiendo. Hay mil maneras de amar, mil maneras de relacionarse con el amor. Necesitamos entender qué es el amor para cada uno de nosotros.

¿Y qué es el amor para Rosa Montero?
Pues, hombre, depende. Estoy en ello, intentando entender (risas). Soy una persona muy apasionada, que intento que esa pasión no me coloque en un lugar artificial, porque la pasión es un puro invento. Tú no te enamoras apasionadamente del otro sino que lanzas sobre el primero que te pilla esa necesidad pasional. El apasionado ama el amor, no ama al amado. Amas la sensación de estar enamorada, que es casi como una droga. La persona muy apasionada está condenada a repetirse porque, claro, se enamora del primero que aparece. Desgraciado aquel que no ha conocido la pasión porque es una de las grandes ilusiones del ser humano, pero desgraciado aquel que solo conoce la pasión.

Sin embargo, en La Carne uno termina, de alguna forma, identificándose con Soledad (el personaje principal).
Soledad es un caso muy extremo. La Carne habla de todas mis obsesiones. Soy una novelista muy existencialista. El libro habla del paso del tiempo, de la muerte, del sentido de la vida –si es que tiene alguno–, de lo que el tiempo nos hace y nos deshace. Hablo de la memoria como una construcción imaginaria, hablo del miedo al fracaso y a la locura. Con Soledad quería ver qué le podía pasar por la cabeza a alguien que estuviera llegando a una edad suficientemente alta, 60 años, y que no hubiera tenido nunca una relación sentimental estable, y que al llegar a ese punto de la edad se pudiera preguntar: ¿a lo mejor no voy a conocer nunca el amor?, y qué podría sentir esa persona con eso. Cuando estaba terminado la novela me di cuenta de que no me hubiera hecho falta irme tan lejos, es decir poner a un personaje tan extremo, porque en realidad hay montones de hombres y mujeres que se han casado, que llevan casados 20 años o que se han casado y separado tres veces y que tienen hijos y tal, que sin embargo sienten lo mismo que Soledad, porque sienten que nunca han sido amados de la manera en que querían ser amados y, por lo tanto, todo lo que han vivido no les sirve de nada y también arrastran esa herida profunda, de la falta de amor. Y arrastran también el dolor de llevar una especie de amor puro y recóndito que no han podido entregar a nadie. Eso me hizo reflexionar sobre el hecho de cómo somos los seres humanos. La mayor parte de esta gente que tiene esa herida, que puede llegar a destrozarles la vida, se sienten así porque no saben vivir. No sabemos vivir, porque los seres humanos somos estúpidos, no sabemos montarnos en la vida.

¿Cómo tenemos que vivir entonces?
Intentando vivir la realidad y el presente. Oscar Wilde decía: para la mayoría de nosotros, la verdadera vida es la que no llevamos. Habla de la terrible insatisfacción del ser humano que nos impide ser conscientes de lo que debemos disfrutar. Siempre estamos diciendo que seremos felices cuando esté de vacaciones, seremos felices cuando vuelva a trabajar, seré feliz cuando tenga hijos, seré feliz cuando mis hijos se vayan de casa. Yo qué sé. ¡Siempre la vida está en otro lado! Hay que intentar aprender a abrir los ojos: valorar lo que se tiene, vivir el momento.

Hablando de lo estúpido que somos los seres humanos, en el último tiempo los casos de violencia contra la mujer son terribles. Acá queman mujeres y en España ocurrió lo de ‘La Manada’. ¿Qué nos pasa?
Lo que se hace a las mujeres en el mundo es brutal, y no solo la violencia doméstica de este tipo. Hay millones de mujeres que no pueden salir a la calle sin velo o solas, que no pueden salir a la calle sin la compañía del varón. Las saudíes por primera vez han podido conducir un auto. Hay tres millones de niñas al año que les cortan el clítoris, y no es islámico. Están los mal llamados crímenes de honor en las afueras de Estambul, que queman a las chicas vivas con querosene porque no se quieren casar con los maridos que les busca la familia. Es un genocidio. Sin que haya una respuesta de las Naciones Unidas o de la comunidad internacional. Hay que tener una actitud más radical contra eso y contra la violencia doméstica. Hay un repunte de asesinatos porque las mujeres se enfrentan y se marchan.

Estamos ante una especie de contrataque machista.
Sí. En España, ocho de cada diez muertes son de ex parejas tras la ruptura. Pero de cada una de las muertes, hay un montón que se han liberado del maltrato porque se han ido. Hay una cosa curiosa en Europa: donde hay más muertes y triplican a España es en los países nórdicos. Suecia es uno de los sitios donde más mujeres mueren por la violencia machista. Lo que podemos hacer es dar apoyo policial, legal, educar a los jueces y los policías, educar en esta sensibilidad. Hacer juicios rápidos, separar a los maltratadores. Defender a las mujeres. Aparte de eso, la única posibilidad para acabar con esto es educación y educación desde la cuna, y un cambio total del modelo social y de relaciones entre personas. Esto llevará su tiempo.

AUTOFICHA:
“No terminé Psicología, la dejé en cuarto. Para las entrevistas de personalidad, el entrevistador debe tener una especie de distancia en la cual favoreces que él otro se abra y cuente cosas. Como hablas con alguien que no vas a volver a ver, se crea un espacio neutro donde a veces el entrevistado se entrega más”.

“Mi padre fue banderillero. Fui a muchas corridas de toros desde pequeña. En su momento, me gustaban, pero siempre sufría mucho. A los ‘ventitantos’ decidí que no me gustaba más. Él me respetó muchísimo e, incluso, el que me enseñó el amor por los animales fue mi padre”.

“Siempre me gustó escribir, era mi manera de jugar y vivir. Pero también pensaba en los animales, incluso ser veterinaria. Luego estudié psicología porque pensé que estaba loca, tenía ataques de angustia. He hecho teatro independiente, como cinco años. Finalmente, estudié periodismo”.

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