Roberto Lerner: "Lima se convertirá en un lugar interesante"

“En Lima, aún no hay una noción de lo público. La gente o malogra lo público, porque “no me interesa”, o se apropia y pone rejas. Hay una ausencia del bien común. La palabra nosotros no tiene la fuerza que debería. Hay falta de respeto por el otro”, señala el psicólogo.

Roberto Lerner

(Perú21/ Renzo Salazar)

(Perú21/ Renzo Salazar)

Perú21

Mijail Palacios

Es limeño. Ha vivido básicamente en San Isidro. Estudió en Israel, Francia y Holanda. Y su trabajo lo ha llevado por Caja de Agua, Trujillo, Los Olivos, San Miguel. Aún recuerda los recorridos bohemios con su hermano, que lo llevaban hasta los Barracones y a veces amanecían en el cerro San Cosme.

Su relación con Lima –que hoy cumple 484 años de fundación– la describe como intensa, en su faceta personal, como profesor y psicólogo. “Nunca me ha gustado quedarme encerrado. Quizá porque soy judío, los guetos no me traen buenos recuerdos”, me dice Roberto Lerner, quien también es columnista de Perú21.

Entro a su consultorio y las paredes están cubiertas de estantes con libros. Tiene puestos lentes de colores, aunque sin perder la discreción, lleva zapatos deportivos, viste con jean y un polo azul con un conejo dibujado. No hay un diván, pero sí un sillón personal crema, amplio, donde Roberto se sube, cruza las piernas y se pone cómodo.

¿Qué te gusta de Lima?
Es desordenada, heterogénea. En otras ciudades, los lugares están delimitados. En Lima, de una cuadra a otra puedes realmente pasar de un mundo al otro, en lo económico y cultural. Otra cosa que me gusta es que Lima cada vez tiene más centros donde ocurren cosas. Hoy la gente se mueve más y hay más contacto. Existe mayor comunidad de experiencias. Hay un chocolateo positivo.

¿Y qué te disgusta?
Su falta de legalidad cívica. Algo ha mejorado el tránsito, hoy la gente respeta más, pero todavía es una ciudad donde no hay una noción de lo público. La gente o malogra lo público, porque “no me interesa”, “no es mío”, o se apropia y pone rejas. Hay una ausencia del bien común. La palabra nosotros no tiene la fuerza que debería tener. Hay falta de respeto por el otro.

¿Y cómo somos los limeños?
Ahora es difícil decirlo. No soy sociólogo, pero una nueva identidad se está forjando y ya está comenzando a desbordar los barrios. Es la aceptación de nuestro mestizaje y variedad cultural. Imagino que esa identidad, más adelante, va a desbordar hacia el país.

¿En Lima se está construyendo el Perú?
Se está construyendo una versión del Perú que quizá después se va a desparramar hacia los lugares de donde se ha alimentado. Hace 20 años no solo no había referentes comunes, sino tampoco había lugares comunes. Mis pacientes se han localizado más; sus vacaciones ya no están necesariamente fuera de nuestras fronteras, sino hay una vocación de ir a lugares dentro del Perú. Eso hace que la gente se toque, se mire, se huela.

A través de tus pacientes, le vas tomando la temperatura a Lima.
Cuando conversas con unas 18 personas todos los días, aparte de las personas que entrevisto para puestos de trabajo, y escuchas que un cuento comienza a repetirse, algo está pasando. Por ejemplo, siento que el limeño quiere que lo dejen en paz para hacer sus proyectos. La gente está buscando un marco estable, quiere una cancha con las reglas claras.

Con lo agitada que está la actividad política, es complicado, ¿no?
Sí, pero creo que el ánimo de la gente es “ya, exorcicemos nuestros demonios de una vez por todas y déjennos llevar adelante nuestros planes”. Creo que sí hay una búsqueda de la meritocracia. Por primera vez en Lima veo una cosa muy clara: muchos jóvenes que deciden vivir, y viven, de actividades que hasta hace diez años tú decías “ni hablar”; me los traían acá porque creían que estaban locos. Veo gente que vive del arte, de muchas cosas súper interesantes. No le hacen ningún asco a un mayor contacto entre diferentes, la gente se mezcla mucho más.

¿Y el ánimo cómo está? En un lado está la violencia contra la mujer, la inseguridad, la corrupción y, en el otro extremo, el año pasado, el Perú fue al Mundial, la gastronomía sigue dando triunfos, en las artes se está exportando el talento.
Hay un elemento positivo importante: existe mayor libertad frente al poder. El Perú siempre ha sido muy cortesano, con un miedo reverencial a quien tiene el poder. Hoy en día los poderosos dicen algo y a los tres segundos ya los han desmentido. Y eso es algo que muchos políticos no han entendido. Por otro lado, para la mayoría, el hecho más importante desde que nació es el Mundial. Cuando hay normas claras y gente en quién podemos creer, funcionamos bastante bien. Claro, Lima todavía sigue siendo una cosa caótica, agresiva, pero tengo la impresión de que en los próximos años se va a ordenar. Lima se convertirá en un lugar interesante culturalmente.

Uno ve al arequipeño y el orgullo por su tierra es evidente. ¿Hay un sentimiento de lo limeño?
Comienza a darse. Es un esbozo todavía, pero los jóvenes están haciendo cosas muy interesantes e importantes, y una de esas cosas es exigir que haya marcos claros y gente en quién creer, eso está desorientado a los políticos.

¿Podemos definir a Lima?
Es heterogénea, movediza. Aunque a veces siento que Lima se agita, pero no se mueve. La idea de que los limeños somos flojos es una de las cosas más falsas que he escuchado. La gente está chambeando. Lima no descansa. Los limeños somos especialmente chamberos, el problema es que es muy difícil coordinar. Se requieren nuevos referentes.

Si hubiera que describir a Lima físicamente y en su conducta, ¿cómo sería?
Todavía es una ciudad cortesana: por adelante sería una tapada y por atrás va calata. Lima es como un niño malcriado, pero creo que en búsqueda de reglas. Ese niño está creciendo y creo que necesita reglas.

Si a Lima la pudieras atender en tu consultorio, ¿qué le dirías?
Mézclate más, chocolatéate más. Que me perdonen mis amigos empresarios, pero dejen de hacer el CADE en Paracas. Háganlo en Los Olivos. No hay un sinceramiento con la ebullición que existe. En Lima tenemos un enorme potencial.

AUTOFICHA
- “Tengo 67 años, soy psicólogo, limeño, dos hijos y dos nietos, uno de 10 y una de tres. Estudié en el colegio León Pinelo y me fui diez años fuera del Perú, a estudiar a Israel, en Francia y Holanda. Seguí Psicología. Volví al Perú y enseñé inmediatamente en la Católica. Y ahora tengo un consultorio”.

- “Estoy leyendo los cuentos completos de Guy de Maupassant, que son extraordinarios y estoy leyendo el libro El imperio de las cosas, una historia de cómo hemos ido teniendo cosas desde la época romana hasta ahora, sobre cómo se han multiplicado los objetos”.

- “Alisto tres publicaciones: un nuevo compendio de mis columnas; sobre la experiencia de ser abuelo, una reflexión que combina el relato personal y lo que significa la institución de la ‘abuelitud’; y me ocupo de cinco a seis temas políticamente incorrectos, porque hay miedo de incomodar a otros”.

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