(Inés Menacho)
(Inés Menacho)

Monte Sullón es un pueblito en la provincia de Piura. Un pueblito donde habita gente de campo, humilde y trabajadora. Donde el sol nace a las seis de la mañana, calentando las tierras de sembrío de algodón y arroz mientras que en las barriadas pasan carretas trotando sobre baches, y los niños descalzos y casi calatos se empinan sobre los tablones de esas carretas. Hasta se caen boca abajo, atorándose las narices con tierra y embarrándose con sus mocos. Pegan un grito y luego, de tanto llorar, se refriegan la cara y a la vez se sacuden como costales viejos, mientras esperan la comida jugando canicas. Los ancianos cruzados de brazos –no por estilo, sino por el frío– observan jugar a los niños con una mirada apenada.

Cuando salía a pastar las vacas, alistaba a mi burra y la montaba rumbo a las parcelas de mi padre, que nació ahí. En fin, mi burra. Todo piurano pasa por su burra. El que no monta la burra no es piurano.

Tenía doce años cuando con mi hermano Yelsin y mis amigos, cogíamos carrizos de las paredes de quincha de mi casa y salíamos a cazar cigarraritas, metiéndolas en una bolsa para luego asarlas y darle de comer a mi perro Chapana, que estaba tan viejo y arrugado que apenas se podían contar los pocos pelos impregnados en su pellejo.

Llegaba la noche y mamá me mandaba a comprar kerosene donde Don Pancho para encender el mechero. En ese tiempo, en aquellas calles desoladas, no había luz y, cuándo no, los zancudos al acecho, en manadas como abejas, picándonos a cada segundo. Yo solía poner hojas de eucalipto en una cayana para luego prenderles fuego y apagarlas para que el humo se extendiese, así los zancudos salían disparados mientras mi casa se veía como un viejo cementerio en tinieblas.

A la mañana siguiente, como todas las mañanas, aunque yo diría todas las madrugadas, a las cuatro salía a regar las parcelas de mi padre. Cogía mi machete y salía rumbo a las parcelas. Parecía de día porque a esa hora de la madrugada pasaban carretas enmarañadas como si el propio diablo los siguiera. Otros de mis vecinos salían de su casa con su lampa sobre el lomo dispuestos a levantar montañas.

["Más que un cadáver exquisito" – Creación colectiva]

A pesar de aquel frío abrumador yo nunca me enfermaba. No había frío que valga, a las finales hierba mala nunca muere. Así decía mi madre que siempre le preparaba eucalipto con azuquítar quemada para la tos y fiebre a mi hermanito Yelsin con huesos como palitos, acalambrados, y quijada de burro, que tragaba como un toro y nunca engordaba.

Yelsin y yo solíamos ir al río, donde cazábamos mojarritas y bagrecitos para preparar un rico chilcanito con su canchita tostada. Así le gustaba a mi padre don Francisco y a mi madre doña Baltazara, que siempre estaba al acecho cada vez que alguien moría porque el día de la levantadita del muertito, a ella siempre la buscaban para que cocinara. Mi madre cocinaba tan rico que la gente en lugar de chupar los huesos, los hacía polvo.

Esos días comíamos bien hasta el tuétano del huesito. Comíamos como para aguantar el hambre una semana ya que mamá siempre traía los huesos del horneado para el aguadito del día siguiente. Navidad era el día más triste de mi vida porque mis padres se dormían temprano, a las siete de la noche, al igual que los demás días. Ni siquiera cenábamos. A mamá y a papá no les importaba si era Navidad o mi cumpleaños. Al fin y al cabo, ya no era novedad. Y así fui creciendo día tras día, pobreza tras pobreza, hasta que cumplí los 13 años. Con las justas terminé los estudios, y eso que era bueno en matemáticas y en historia, y también era bueno en darle cólera al profesor, hasta llegué a volverlo canoso.

Sabía que no iba para adelante. A mi madre ya no le alcanzaban los reales ni las pesetas y decidí por mi cuenta trabajar para poder sostener la casa, ya que mi padre se enmaracanaba y llegaba borracho y siempre le pegaba a mi pobre madre. Pero mamá no era tonta. Ella le rompió la cabeza de un ollazo tan fuerte que hasta la olla tenía sangre. Mi padre se enfureció tanto que quería matarla y yo me puse en medio para salvarla. Me prendí sobre los pantalones viejos y agotados de mi padre hasta lograr sacarlo de encima de mi mamá.

Siempre pasaba lo mismo y de tantas batallas con mi padre, él me desconoció y con toda su amargura me botó de la casa. Después de eso mi mamá siempre me guardaba comida y aprovechaba cuando papá dormía para que yo pudiera entrar. Pero cuando él se daba cuenta de lo que hacía mi madre, le echaba la comida a mi perro Chapana o a los chanchos. Tanto lo hizo como para desear su propia muerte.

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