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Los parecidos, por Katya Adaui

“Primer plano. Blanco y negro. Mi madre mira a la cámara (...). Las cejas espesas de una línea. Tiene un secreto en la boca, una media sonrisa, un orgullo”, describe la escritora.

Los parecidos

Los parecidos, por Katya Adaui.

Los parecidos, por Katya Adaui.

Katya Adaui

He puesto la foto de mi madre junto a la de mi padre y luego la mía en medio de ambas.

Primer plano. Blanco y negro. Mi padre ríe —de perfil— con lentes de sol y con sus dientes verdaderos, granos de choclo pero blancos. Lo conocí con dentadura postiza. El pelo encaracolado. Maneja. Quizás mi madre, su copiloto, le gritó en un semáforo: ¡Amor, voltea! Es su auto, el de ella, el de ambos, les prestaron uno. Cuento las arrugas profundas: son once, entre la cara y el cuello. Es joven. Los lentes de mi padre reflejan una vía sin semáforos y un contorno de árboles, el semicírculo del timón y la mano derecha sosteniéndolo. Título de la foto: La carretera en los ojos de mi padre.

Primer plano. Blanco y negro. Mi madre mira a la cámara. Tiene espuma de olas en la cabeza. Una nube cargada de lluvia. Pelo corto tan batido, enrulado a la fuerza en prolijo desorden, pastel con polvo de hornear. Con un cerquillo largo como orejas de cocker spaniel. Que tapa hasta los aretes (sé que tiene unos puestos porque los coleccionaba, dormía con aretes). Y unos ojos azules juguetones de cielo diáfano. Maquillados de negro. Las cejas espesas de una línea. Tiene un secreto en la boca, una media sonrisa, un orgullo. No muestra los dientes. Quizás mi padre la acababa de besar y le había pedido: Sonríe. Quizás mi padre le había tomado la foto o se la había cambiado por un beso. Lleva una blusa negra de cuello muy alto. El negro destaca su cutis impecable, sin arrugas, como de foto retocada. Esta no lo es. Un collar dorado sobre la blusa. El final del collar está fuera del plano. Es el corte de un director de cine inteligente. Un dije, tal vez. Un camafeo. Un escapulario. Título de la foto: El suspenso en los aretes de mi madre.

Plano busto. Blanco y negro. La niña que soy mira a la cámara o a mis padres o al fotógrafo. Me aburrieron o me aburrí sola. Los ojos a medio abrir. Uno cae más que el otro. Como cae hasta hoy (¿cuál?). El pelo es de querubín o de estatua de prócer de la independencia, herencia rula y lacia, indefinido. Las cejas; de mi madre. La nariz; de mi padre. Las orejas largas: casi no se ven. Intentaron taparlas. Es evidente el esfuerzo. La boca es la de ambos, grueso el labio inferior; delgado, el superior. La barbilla es de mi padre y es adulta. El cuello es de mi madre. El uniforme es el del colegio. Quizás había esperado demasiado por mi turno y tenía hambre. Sabía, es probable que lo supiera, que en la libreta de notas iría esta foto durante cuatro largos bimestres. Por eso el uniforme y no el polo, el short, la bicicleta. Quizás había pedido un chocolate y me habían dicho que antes del almuerzo no, que me saldrían gusanos. O había pedido ir al mar y me habían dicho: No; si te bañas justo después de comer, te da calambre. O había dicho en voz alta lo que debió quedarse en pensamiento. Quizás mis padres siempre me rogaban en las fotos: ¡Sonríe! Y yo nunca les quería dar el gusto. O era una niña triste. Título de la foto: O era quien ya iba a ser.

Cada uno está en su tiempo propio, una fecha escrita al margen (mi madre ha puesto en un rincón que yo estoy en el año 83). Mi padre sonríe, con los ojos desviados del camino; mi madre también sonríe, por un secreto no agotado; yo, entre ellos, con mis orejas semicamufladas y mi uniforme visible, no.

Disfruto de lo que pocas veces he sabido disfrutar, los parecidos.

Si somos fantasmas fijados a perpetuidad en papel, si mis padres y yo estamos unidos por el blanco y negro, sospecho esta convicción: en ninguna de estas tres fotos yo había nacido.

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