Trigésimo sexto capítulo de A un lugar que ya no existe, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín)
Trigésimo sexto capítulo de A un lugar que ya no existe, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín)

—¿Acaso tú no quieres tener plata, causa? Lo que pasa es que le tienes envidia —volvió a decir, serenamente ahora, pero sabiendo que sus palabras dolían.

Mi esquivo equilibrio se revelaba en esa frase, mi insatisfacción se reflejaba en el deseo de dinero que Perico proyectaba, en su esfuerzo iluso; sus palabras eran un espejo turbio, podía verme en ellas, eran la voz-sangre que llevaba oxígeno al barrio en el que yo ya no tenía lugar, donde él era un soldado que defendía a muerte sus creencias, las mismas que lo tenían sujeto a una condición que lo mortificaba, la que él mismo no alcanzaba a comprender, y que solo resolvía poniendo como ejemplo a Pacheco y su éxito. Mira a mi causa, mira su camionetaza. Huevón, míralo. Mírate.

Me quedé sumergido en esos pensamientos nuevamente, esperando que sus palabras volvieran a su sitio, que devolvieran al Perico superficial, el que no leía las causas ni efectos. Pero eso no pasó.

—¿Acaso tu viejita no trabajaba en la galería esa? —preguntó con cierta cautela, sabiendo que sus palabras eran una agresión abierta.

Era verdad. El mercado donde mi madre llevaba el taller también se construyó con un desfalco a la Caja de Pensiones Militar Policial durante los últimos años del fujimorismo. La empresa constructora formada por socios de Montesinos compró el complejo industrial y lo echó abajo para construir las galerías. Toda la sobrevaluación de los materiales, el lavado de dinero del narcotráfico, el ingreso de las mafias de la construcción que buscaban desplazar a los sindicatos de la CGTP; todos aquellos proyectos eran el reflejo de nuestra época, el final de nuestra adolescencia. Eran las prácticas que debíamos envidiar, las sobras y las prácticas de quienes movían nuestro mundo.

—Si esos huevones se hacen ricos —continuaba él—, ¿por qué nosotros no podemos aprovecharnos de lo que ellos hacen con su plata? Tu viejita aprovechó y puso su puesto. No fue tonta. Total, todos van a robar.

No dije más, nos dirigíamos a comprar cerveza por la avenida paralela, nos alejábamos ya del «mercado nuevo», rumbo a las grandes tiendas de productos para la construcción, uno de los nuevos negocios que trajeron más comercio y trabajo al barrio. Al llegar a la avenida, se abrió ante nosotros la estructura a medio demoler de la antigua fábrica textil: un anuncio indicaba que se convertiría en centro comercial, no en una vulgar galería de barrio, sino en un shopping center, como los de los barrios importantes, con marcas de ropa internacionales y franquicias de comida rápida.

Compramos la cerveza en una tienda ubicada a mitad de la cuadra, de manera que no volvimos sobre nuestros pasos, sino que seguimos avanzando hasta llegar a la otra esquina y tomamos la otra avenida que daba a nuestro pasaje, dando la vuelta a la manzana. Caminamos por la cuadra del mercado nuevo y recorrimos la vereda frente a los talleres de imprenta que colmaban la calle; el maquinar de sus equipos lanzaba un ruido infernal, la vía pública invadida por las resmas y residuos de papel bullía de empleados apresurados que pasaban cargando bultos, pisoteando las tiras de colores regadas sobre la acera, magenta, cyan y amarillo. Fluían a su manera los negocios indiferentes, dispuestos a permanecer y defenderse ante cualquier amenaza municipal, como la que intentaba, según mi madre, multarlos por el uso de la vereda.

Perico tenía razón. Aquellas prácticas eran la base de nuestro barrio, su nueva fuerza se basaba en cómo cada individuo, por lo general, el más vulnerable de la cadena, defendía dicho sistema y a la vez intentaba sacarle provecho, asumiendo que los intereses de quienes estaban por encima no les concernían a ellos, que solo buscaban la supervivencia. Esa defensa era la carne sobre el esqueleto, el músculo que mantenía vivo el voraz organismo que tarde o temprano nos haría desaparecer.

—Los del Callao... ¿Te acuerdas cuando venían los del Puerto? Ya pe, causa. Venían hasta acá, ¿no te acuerdas? Imponían su ley, se bajaban a todos, agarraban todos los contratos de construcción. Acuérdate de las balaceras, compadre. Ya pues. ¿Qué pasó? ¿Por qué ahora respetan un poco la zona? ¿Te acuerdas de cómo jodíamos al Cacho de chibolo, cómo lo lorneábamos y le metíamos la mano? Lo hacíamos llorar... Puta, si ese huevón no hubiera hecho contactos en cana, si no hubiera empezado a trabajar en seguridad del socio del alcalde, la huevada seguiría igual. Cacho empezó a meter a su gente, no todos del barrio, claro, pero ahora el huevón es ley acá, así que los del Puerto están más allá ahora, por Pueblo Libre, por Magdalena. La van a pensar antes de meterse con el barrio, causa.

Perico empezó a bajar la voz a medida que llegábamos al pasaje. Nos sentamos en la vereda, frente a su quinta. Se me fueron repentinamente las ganas de beber. Igual bebí. Cuando estábamos ya terminando las últimas cervezas, el padre de Perico salió de la casa diciendo que en las noticias acababa de aparecer el Drilo, amigo de Cacho, que trabajaba como guardia municipal en otro distrito, detenido y esposado ante las cámaras. Fuera de sus horas de servicio, había caído asaltando en moto a un transeúnte durante la madrugada pasada.

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