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Katya Adaui: Y esto era

"De los dieciocho días que durará su despedida de este mundo, pasará trece conmigo".

Y esto era

Y esto era

Y esto era

Por: Katya Adaui / Escritora

Ha pasado el Día del Padre, el homenaje, la foto, el archivo.

Yo recuerdo.

De los dieciocho días que durará su despedida de este mundo, pasará trece conmigo. Me han prestado una cama clínica y lo he puesto en medio de mi sala. Mi padre nunca ha querido quedarse a dormir. Somos un campamento. Cazuelas y mantos y otra sensibilidad para la intemperie. Este hombre, alguna vez un lobo, en un lecho de muerte que es piel de cordero.

Cada día, una decadencia. La pérdida de un placer por el que vale la pena estar vivo. Primero, dejará de moverse. Las piernas, inmovilizadas y hostiles. Su boca se irá empequeñeciendo y se desencajará. Un dentista deberá limar su dentadura postiza. Pero los brazos. Aspas que ordenan.

Quiero, tráeme, necesito. Ahora. No hemos tenido que decirle. Me pide que no llore. Treinta y tres años juntos y solo vi su llanto una vez. Por mí. El humo. El humo. No soy buena en aritmética y no puedo calcular cuántos cigarros ha fumado. Tengo una imagen: tantos que las cajetillas todas juntas le darían la vuelta a la Tierra dos veces. Morirse de humo, como alguien que sale caminando de su propio incendio, ya escocido.

Su pecho bombea un ruido extraño. Me habla desde un fondo marino. Pulmones de burbujas. He escuchado este remolino surgir de mi propia boca, cuando fui a bucear. Mi padre está en tierra firme y se ahoga. Me sonríe. Me arrodillo a su lado y me habla. Sus últimas palabras: Gracias, Alexandra. La enfermera me dice que es normal, un desvarío es normal. ¿Cuánto tiempo? Puede estar un año en estas condiciones, me habían dicho. Mi padre me cambia de nombre en una inconsciencia flotante.

Pasamos la noche. Creemos que si lo rodeamos y avivamos la última mecha, el fuego flameará.

10:30 a.m.

Corro a la calle, el pasillo es eterno, un hombre acaba de morir. Y yo corro porque todo se ha detenido, pero mis vecinas conversan y riegan, el vendedor de sandías grita sus ofertas, los bocinazos y los micros y el sol.
Esto era. Todo ha cambiado y todo sigue igual.

Muchos años después, en sueños, por fin recuerdo: mi padre quiso llamarme Alexandra.

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