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José Carlos Yrigoyen: Gian Marco, el novelista

“La estructura narrativa de esta ficción es fallida desde el saque, se deshilacha ante nuestros ojos página a página, (...) y fracasa argumentalmente...”.

José Carlos Yrigoyen

José Carlos Yrigoyen: Gian Marco, el novelista

José Carlos Yrigoyen: Gian Marco, el novelista

Difusión

Me gustan los libros escritos por compositores. Admiro la inquietante imaginería y la fortaleza expresiva de la poesía civil de Leonard Cohen o el viaje sensorial y la audacia surrealista del Tarántula de Dylan. No esperaba tales alturas de El violín de Rocío, la última entrega de Gian Marco Zignago, pero sí al menos una historia contada con cierto decoro. Pero ni eso he podido rescatar de su lectura. La estructura narrativa de esta ficción es fallida desde el saque, se deshilacha ante nuestros ojos página a página, nunca encuentra una dirección medianamente discernible y fracasa argumentalmente a pesar de la extrema simpleza de su trama. El cintillo nos promete una novela donde Gian Marco despliega sus recursos narrativos y justamente el problema mayor es que estos no aparecen ni aunque los busquemos con el más potente microscopio.

Siempre he creído que no existen malos temas, pero debo reconocer que en esta ocasión Gian Marco me la ha puesto difícil. Su libro nos cuenta –o al menos se esfuerza por hacerlo– las tribulaciones de Darío, un chico de clase media que descubre que su padre no es realmente su padre y, en el momento en que el rencor parece apoderarse de su corazón, conoce de casualidad a una niña ciega, la Rocío del título, que toca prodigiosamente el violín en los semáforos, y que le enseña el camino del perdón y de la reconciliación mediante una serie de candorosas inverosimilitudes que demuestran que para el autor ciertos principios básicos sobre narrar una historia son lo de menos.

Gian Marco escribe como quien va a boxear con revólver, desentendiéndose de cualquier molesto requerimiento que le impida coronar su meta.Todo aquí ha sido pergeñado a trazo grueso. Los personajes son entes con la profundidad psicológica de un suflé de mango que emiten diálogos forzados y bochornosos como estos: “-¿Dónde estabas, papá? –Perdido en un lugar donde la rabia se apoderó de mí. –Tan cerca y tan lejos de todo, viejo” (p. 118); “-¡No digas eso! –gritó por teléfono– No voy a permitir que mi hijo pierda la fe, eso nunca lo voy a permitir. Podrás haber perdido a tu padre, podrás perderme a mí, podré haberte quitado tanto en solo unos segundos, cambiando el rumbo de tu vida, arruinando tu felicidad… pero tu fe… eso nunca, Darío. Tu fe tiene que seguir intacta. ¡¡¿¿Me entendiste??!!” (p. 105), amén de escolares imprecisiones verbales: “El peso de la mochila era demasiado pesado” (p. 103).

Más reprensibles son las reflexiones –permítanme llamarlas así– que pueblan el relato. La cursilería, el lugar común y el buenismo más estéril e insoportable se funden en frases, a mi pesar inolvidables, como esta: “Nadie se hubiera imaginado que Raúl sería el artífice de este milagro de juntar perro, pericote y gato al más puro estilo de San Martín de Porres. Juntar a los enemigos en plena guerra para que hablaran de lo que hace mucho ninguno de nosotros tenía en su corazón” (p. 98); o la siguiente farragosa parrafada: “De pronto una pequeña angustia lo invadió, y aquella verdad que guardaba como un tatuaje en la conciencia se reveló como un fantasma el pasado que siempre emerge para pasar por nuestro lado, susurrarnos algo al momento no terminamos de comprender, e irse regalándonos como despedida una carcajada burlona que nos deja expuestos ante nosotros mismos” (p. 20).

Mención aparte merecen las escenas eróticas. Admito que en general es complejo hacerlas bien, pero en el caso de Gian Marco es todavía más arduo presentarlas peor. Un botón: “Las manos del tipo acariciaban su cuerpo como nadie lo había hecho. La respiración agitada los llevaba a un estado de mutua sumisión. Se miraron a los ojos, con luz propia, y se dejó llevar. El olor de su piel la invitó a ser parte de él, de su pasión. Entró en ella y la llenó de amor, con una ternura prudente, inigualable. Una mezcla de miedo y de abandono absoluto, nada importaba, solo ese momento” (p. 37). El violín de Rocío es un libro lleno de buenas intenciones, pero ya sabemos cuál es el camino que estas empiedran. Sí, ese.

Valoración

Gian Marco
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El violín de Rocío. Planeta, 2017. 138 pp.
- Relación con el autor: ninguna.
- Puntuación: -1 estrella de 5 posibles.

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