Issa Watanabe, ilustradora: "Sin nuestra sensibilidad estamos desarmados"

“Es difícil tratar de acomodarnos a los patrones culturales, sociales, a las imposiciones. Sin un lugar desde donde puedes mirar creativamente el mundo, estamos fregados. Todos tenemos esa capacidad de mirar al mundo; si no, sería todo gris y triste”, afirma.

Issa Watanabe

(Difusión)

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Difusión

Amet Aguirre

El timbre del departamento donde vive Issa tiene dibujada una carita triste: ‘No funciono’. Dentro, las paredes están llenas de cuadros, fotografías y libros multicolores. Ese lugar fue habitado por su bisabuela, su abuela, su mamá y ahora vive ella con Mae, su hija de 12 años. La ilustradora se fue del Perú a los 19 porque estaba triste. Viajó a Mallorca (España), donde vivió en una casa sobre el mar. Primero llegó para pasar el verano, pero cuando regresó a Lima, solo soportó estar aquí un mes más y volvió a Europa. “El mar lo cura todo”, me dice. Allá llevó cursos de ilustración, historia del arte y letras. “No terminé la carrera de Bellas Artes en España”, aclara. Issa tiene un ritmo muy pausado para hablar y trabajar, según me cuenta, pero es muy contundente con sus ideas. Su risa es una pequeña explosión que enmarca toda nuestra charla. Ahora, ella es la nueva embajadora de Faber-Castell, está trabajando en tres proyectos y nos recibe para contarnos más sobre su trabajo de artista con los niños.

¿Qué significa para ti dibujar?
Para mí el dibujo siempre ha sido una forma de transitar por el mundo. Es algo con lo que he vivido desde chiquita, ha sido mi manera de expresión, de comunicación, de esconderme muchas veces cuando las cosas se ponían feas afuera.

¿Dibujar ablanda un poco la vida?
La cambia, la transforma. Tiene la capacidad de crear algo que no está determinado en el mundo real y concreto.

Al momento de empezar a dibujar un cuento, ¿avanzas en orden?
Soy una caótica. Convencionalmente uno hace un storyboard y hay una estructura muy clara. Yo no. Empiezo a dibujar al personaje, luego sigo con la escena que más me ha atrapado –es algo intuitivo, muy rápido– y, quizás, ese episodio está al final del libro. Muchas veces he tenido problemas por eso. Me ha llegado a pasar, incluso, que leí un texto y en la primera lectura había una mujer que estaba tendiendo una camisa y salía volando. Hice un montón de dibujos de la mujer volando, pero, como yo tuve en la mente la primera imagen de ella con una mancha blanca por los aires, terminó siendo una sábana. Luego me di cuenta de que debía ser una camisa, pero había avanzado tanto que le tuvieron que preguntar al autor si podía cambiarse por una sábana. Al final quedó como la dibujé (risas).

A eso te refieres con caótica…
Es que suele ser un proceso lúdico para mí. Es como si cogieras una caja de legos con muñequitos y los esparces en el suelo. A partir de ahí, vas construyendo algo que no es solo lo que tienes en la cabeza, sino también lo que va surgiendo. Hay que dejar que las mismas piezas te sorprendan, te comuniquen, te den nuevas alternativas.

¿Qué tan bueno es ponerles límites a las fantasías de los niños?
La fantasía está en un espacio que me parece fundamental para los niños porque funciona como catalizador de muchas cosas. Mientras se mantenga dentro de la fantasía, es un espacio seguro. Cuando empieza a salir de ese espacio hay que estar atentos, sobre todo cuando son fantasías un poco más violentas. Hay un psicoanalista que se llama Winnicott. Él habla del juego como espacio de transición entre el yo de un bebé y el mundo exterior, que es un proceso muy duro y sucede toda la vida. Es difícil tratar de acomodarnos a los patrones culturales, sociales, a las imposiciones. Sin un lugar desde donde puedes mirar creativamente el mundo, estamos fregados (risas). Todos tenemos esa capacidad de mirar al mundo; si no, sería todo gris y triste, donde uno solo tiene que acomodarse. Creo que por eso digo que para mí dibujar es una manera de transitar en ese mundo exterior de imposiciones.

¿Cuál es el peligro de acatar tantas imposiciones?
La humanidad ha estado sometida a una política oficial de imposición. Un ejemplo extremo fueron los campos de concentración. Lo que consiguen estos mecanismos es deshumanizar a las personas, con lo cual la dignidad se va el diablo. Lo que explica un poco Winnicott es que sucede porque nuestra capacidad de decidir cómo queremos que sea nuestra vida se anula. Te quitan esa manera sensible de mirar lo que está afuera, lo que está en el otro, de mirarse uno, de entender las cosas. Sin eso, estamos desarmados.

¿Alguna vez te has planteado dibujar Lima?
Lima está en las cosas que dibujo. Uno dibuja con todo el bagaje que tiene adentro, todas las percepciones, las emociones. Quieras o no, te salen. Pero Lima como ciudad... no he pensado especialmente en hacerlo.

¿Qué colores crees que usarías?
Mmm... mejor pasemos esa pregunta (risas).

Te lo pregunto porque para mí es una ciudad muy gris y triste.
Es todo por esta neblina que lava todos los colores, los desdibuja y tiene todo el cielo gris de invierno. Pero también hay una parte muy colorida, está más a las afueras, pero sí… Lima y su cielo panza de burro, como dice Ribeyro.

¿Cómo se hace para hablar con un niño sobre la homosexualidad, por ejemplo?
Si para una madre fuera algo natural, no tendría ningún problema para comunicarlo. Para que un niño genere empatía, primero tenemos que empezar por nosotros. No debemos mirar la homosexualidad como algo raro. Un niño puede ver a dos hombres o dos mujeres besándose y lo que él va a ver por primera vez no es raro. Lo raro lo pones tú o la sociedad. Lo que el niño está viendo ahí es dos personas que se quieren, está viendo amor, nada más. Que no es algo correcto y todas esas cosas que la sociedad nos hace sentir es un problema de adultos. Para los niños no es un problema. Todo: el racismo, el clasismo, la homofobia, el machismo no son problemas de niños. Pero se los metemos a los niños tristemente. Hay otros temas más difíciles, como las guerras, la violación, los asesinatos. Es difícil explicar que una persona mate a otra.

AUTOFICHA:

- “Nací en Lima, crecí en Barranco. Mi papá es José Watanabe y mi mamá la dibujante Gredna Landolt. He ilustrado cuentos para niños como Más te vale, mastodonte, Las pequeñas aventuras de Juanito y su bicicleta amarilla, El pájaro pintado”.

- “Tengo dos gatos persas y me encantan porque son tranquilísimos como dos alfombras, casi ni parecen gatos. Se tiran boca arriba y todo el día están durmiendo. Se acomodan muy bien a mi ritmo de trabajo en la casa. Uno de ellos se llama Señor Lasagna y el otro Copo”.

- “Me gustan mucho los animales, pero no tanto como mascotas, no soy muy gatuna. Naturalmente, creo que no tendría a los gatitos, pero lo hago porque mi hija Mae se muere por ellos. Cuando vivía en Mallorca, yo me obsesioné con tener una oveja de mascota”.

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