"Tengo un año y medio en Perú y no lo entiendo", dice Rodríguez, ingeniero petrolero mexicano. (Foto: Allen Quintana).
"Tengo un año y medio en Perú y no lo entiendo", dice Rodríguez, ingeniero petrolero mexicano. (Foto: Allen Quintana).

Cuando murió, Gustavo Rodríguez había llegado a Francia. Venía de culminar sus estudios de Ingeniería Petrolera y empezaba con su formación en Economía. Pero ya había leído al autor peruano en un curso de la Universidad Nacional Autónoma de México. No recuerda si fue Yawar fiesta. Era la década del 60.

Volvió al Perú después de 40 años. Llegó antes de la Feria Internacional del Libro de Lima de 2019 y ya traía en la maleta la idea de edificar una librería dentro de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, a la que llamaría José María Arguedas. Hace unas semanas, como director del (FCE) Perú, se hizo realidad y ahora solo queda esperar que se reanuden las actividades en el campus universitario para abrir sus puertas.

Ninguno de sus padres culminó la educación básica. Pero la obsesión de su padre fue que sus hijos tuvieran estudios. Los regalos en casa llegaban en forma de libros. El tesoro de la juventud, las obras de Emilio Salgari fueron los cimientos. Hoy uno de los tesoros de Gustavo Rodríguez es un conjunto de 48 libros de Víctor Hugo, que data de fines del siglo XIX. Colección que es su compañera de viajes; aunque por la pandemia, lo espera en .

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-Hoy abrir una librería y en San Marcos parece una utopía.

Pero es una utopía que da mucha esperanza, que podría ser contradictoria a los tiempos que estamos viviendo. Toda crisis tiene también sus momentos de lucidez y, sobre todo, de inventiva.

-¿Por qué en San Marcos, por qué en una universidad?

Hay librerías en universidades, pero no importantes desde el punto de vista de su destino fundamental, como el que queremos darle en San Marcos. Hay, más bien, tiendas de libros.

-¿Cuál es la diferencia entre una tienda de libros y una librería?

Bueno, una tienda de libros es como una bodega. Una librería tiene una función de orientación, de participación colectiva, de interesar a la comunidad y a los lectores, para que puedan orientarse a la introducción más sustantiva de la lectura y de los libros. En este caso, por la vasta temática que tiene el Fondo de Cultura Económica, con sus casi 100 colecciones de diversa índole, desde científica hasta literaria.

-¿El libro se ha alejado del lector de a pie o de la universidad como institución?

No diría tanto como eso. En esta modernidad que nos ha alcanzado, la cultura se ve de distinta forma. Tenemos la parte electrónica, las redes sociales, los celulares, Wikipedia. Entonces, evidentemente, ofrecer libros es una actividad bastante difícil, pero creo que nada sustituirá al libro, al papel. Por eso la política del fondo es lograr la accesibilidad al libro en todas las capas sociales; por eso la política de precios del fondo tiene una gama al alcance de todos.

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-¿Por qué llamar a la librería José María Arguedas?

Soy un admirador de toda la vivencia y obra de Arguedas. Cuando propuse su nombre, fue bien recibido. Yo creo que había que hacerle justicia a este personaje histórico dentro de la etnología y la antropología social del Perú. Su valor literario, como antropológico, es muy importante.

-¿Qué nos dice Arguedas y su obra sobre lo que nos toca vivir hoy?

Que no hemos avanzado mucho en esta integración de las sociedades que existen en nuestros países. México no se diferencia mucho del Perú en esta dualidad indígena y mestiza.

-¿Arguedas podría ser tranquilamente mexicano?

Definitivamente. Podemos transportar totalmente las vivencias que él tuvo hacia el sureste de México: Chiapas, Oaxaca.

-Usted fue parte del movimiento estudiantil de Tlatelolco, que terminó en una matanza. ¿Cómo así?

Sí, en octubre del 68. A todos los mexicanos ese momento nos marcó. Fue una de las razones, sino la más importante, por la que se me generó la oportunidad de irme de México y me fui a Francia para continuar mis estudios. Además, en medio de la convulsión social conocí a quien sería mi esposa, que vino de Francia y con quien tengo 52 años de casados. Mis estudios de Ingeniería Petrolera los completé en Francia con estudios de un doctorado en Economía, que me permitió posteriormente dedicarme a la planeación y evaluación de proyectos energéticos.

-Que un ingeniero petrolero lidere un fondo editorial también parece una utopía.

(Ríe). Parece una contradicción que hayan ingenieros más o menos cultos. Pero los hay.

-Pero conforme usted avanzaba en sus estudios, parecía alejarse de la vena social.

Ya tenía la vacuna adentro y nunca dejé la actividad ni la sensibilidad social. Tuve una formación progresista. Estudié Ingeniería Petrolera porque desde niño me llamó mucho la atención el petróleo porque vivíamos cerca de instalaciones petroleras. Y estudié Economía porque quería entender los efectos económicos de la industria del petróleo. Y he sido un crítico fundamental de todo este proceso de explotación de las energías.

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-¿Qué opina de lo que ha visto en el Perú en este tiempo?

Tengo un año y medio en Perú y no lo entiendo. No entiendo cómo sobrevive en su economía, en su sociedad, ante tanta inestabilidad política. Para mí es nuevo. Lo confieso. Por un lado, tengo reconocimiento y cierta envidia de ver que aquí se busca que quienes hayan cometido abusos dentro de una acción política, como los presidentes, sean juzgados. Esto en México apenas estamos empezando a creer que va a pasar. Por otro lado, me cuesta trabajo ver que en el año y medio que llevo en el fondo, haya visto seis ministros de Cultura y cada vez que hago el acercamiento, al día siguiente ya no está. Pero es una enorme satisfacción volver a residir en los países de América Latina. Cuando uno ha acumulado ya tantos años, pues es muy grato terminar una carrera, una vida activa en una actividad alrededor de los libros y en un país como Perú.

-¿Ya piensa en jubilarse?

Jubilarse es una palabra que debe pasar de moda. Hay que dejar de hacer las cosas que a uno lo desgastan para hacer cosas que a uno lo equilibran. La actividad profesional de la energía la había dejado hace mucho tiempo. A inicios del 2000 me dediqué a una actividad ecológica. Y ahora estoy al frente de una institución emblemática en un país tan importante. En el bicentenario cumpliremos 60 años como fondo.

-Más de medio siglo después de que usted fue parte de los movimientos estudiantiles en México que soñaban con cambiar el mundo, ¿se ha logrado cambiar el mundo para bien?

Yo quisiera decir que el mundo ha cambiado para bien. Sigue habiendo desigualdades y en algunos casos se han agrandado, pero hay fenómenos que nos permiten ser más optimistas. Hay más cultura, más educación, mayor conciencia política y social, una prueba son las luchas de las mujeres.

-¿Hoy cuál es la utopía de Gustavo Rodríguez?

(Se queda en silencio). Pues mi utopía sería ver un mundo sin la polarización que se tiene tan fuerte. Esta desigualdad tan grande. Un amigo quechua me dijo en Bolivia, en el 87: “No los entiendo a ustedes (refiriéndose a nosotros los occidentales), siempre están peleando por tener más, en lugar de entender que hay que vivir bien y que para vivir bien no se necesita la acumulación o la lucha por tener más”. Esa es mi utopía.

AUTOFICHA:

- “Soy Gustavo Rodríguez Elizarrarás. Nací en México, el 8 de marzo de 1941. Tengo 79 años. Nací el Día Internacional de la Mujer. Mi madre tuvo una incidencia importante en mi formación porque fue pilar en la visión de unidad. Ella falleció antes de la pandemia, a los 102 años”.

- “Mi padre vivió hasta los 85 años y se preocupó que sus hijos estudiaran. Para él la riqueza no estaba en el dinero, sino en la formación de sus hijos. Intenté estudiar Ciencias Políticas y el tiempo que estuve me marcó para toda la vida, pero lo dejé por Ingeniería Petrolera”.

- “Tengo una asociación civil en México, dedicada a la conservación y desarrollo del medio ambiente. Durante 25 años di clases en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde estuve dirigiendo un seminario de política energética internacional desde 1983. Siempre estuve ligado a la universidad”.

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