Gabriela Ferrucci es autora del libro 'No quiero ser una cifra'. (Fotos: César Bueno).
Gabriela Ferrucci es autora del libro 'No quiero ser una cifra'. (Fotos: César Bueno).

Han pasado 10 años y aún debe controlar la ansiedad y la depresión. Secuelas de la que sufrió al lado de su expareja. Trastornos que también los enfrenta con medicación. El ojo morado y la boca rota fueron los signos externos de un dolor que era más complejo por dentro, afectado por las amenazas, insultos, intento de violación, humillaciones y hasta robo. “Felizmente, no se ha vuelto a acercar. Le tengo terror”, me dice.

Pero luego de 10 años, Gabriela Ferrucci voltea y mira hacia atrás. Con decisión y valentía retira sus costras emocionales y expone aquellas heridas a través del No quiero ser una cifra (editorial Melquíades), ilustrado por María José Castro y que ya está a la venta en Crisol. “Nunca me imaginé escribir un libro”, reconoce la autora que es profesora universitaria desde que empezó el siglo.

Tras 10 años, aún no han sanado las heridas más profundas. El proceso de hacer más ligero el camino ha sido doloroso. Pero es tal vez una de las formas de empezar a sanar.

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-La nefasta frase “a la señorita le gustaba la vida social”, del abogado de los 5 acusados de violación, es indignante. ¿Pero más allá de ello, qué hay detrás de la frase?

La seguridad de que hay mucho que desaprender y que deconstruir. Es momento de desaprender las ideas machistas que nos han enseñado desde siempre, como la idea de que el rol de la mujer es estar en su casa, ser sumisa.

-¿Dónde se aprenden y construyen esas ideas machistas?

La violencia de género es parte de la violencia estructural. Más que en las personas, está en el sistema. Lo aprendemos en el colegio, en los medios de comunicación, en la publicidad. Se debe cambiar el sistema, cambiar el enfoque. Por eso se habla de la necesidad de un enfoque de género a nivel de políticas públicas. Es como un virus que está por todos lados y no es cuestión de una vacuna y ya, sino hay que de verdad trabajar duro para que toda una nueva generación venga con ideas nuevas sobre ser mujer y lo femenino, con nuevas formas de ser hombre.

-Hay que educarnos de nuevo en varios aspectos.

Todos tenemos que aprender. Es parte de construir una ciudadanía. No creo que ni la más feminista esté totalmente deconstruida. Y pasa lo mismo con el tema del racismo, la homofobia, el clasismo. Son cuestiones que tenemos interiorizadas y arraigadas. Entonces, es bien difícil desaprender. Es duro, te das contra la pared, te desilusionas. Pero creo que es la única manera. El verdadero enemigo es el patriarcado y no necesariamente las personas o los hombres.

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-Cinco hombres son acusados de haber abusado sexualmente de una mujer. ¿Cómo leer esa imagen?

Vivimos en una cultura de la violación, donde la violación puede ser un chiste. Donde en una violación la culpa la tiene la víctima por haber tomado o por haber estado sola con hombres. La cultura de la violación está muy arraigada en nosotros. Es una especie de castigo a la mujer que se atreve a transgredir sus roles de género. Además, una idea equivocada que se tiene es que los violadores son enfermos mentales, y no lo son. Son hijos sanos del patriarcado. Cultura de la violación es celebrar el hecho de ‘pepear’ o emborrachar a una chica. Hay cultura de la violación en la pareja cuando uno dice ‘no tengo ganas’ y recibe insistencia o manipulación. O cuando se dice: “no me quieres, por eso no quieres estar conmigo”. El consentimiento es básico, tiene que ser consciente, claro, activo. Y esa cultura también incluye el acoso callejero.

-¿Cómo podemos reconocer la masculinidad tóxica?

Más allá del machismo crudo y duro, están los micromachismos: asumir que una mujer no entiende, pensar que hay carreras profesionales que no son para mujeres, cuando todo lo relacionado con lo femenino es subordinado. Cuando hablamos de violencia de género, no hablamos de hombre y mujer, sino de lo masculino por encima de lo femenino.

-Estas conductas tóxicas también están instaladas en la mujer.

Claro que sí. Así nos han criado, educado y así vivimos. Por eso esto de que es una ‘guerra’ entre mujeres y hombres o que las feministas odiamos a los hombres no es cierto. El enemigo es el patriarcado, no los hombres.

Gabriela Ferrucci es autora del libro 'No quiero ser una cifra'.
Gabriela Ferrucci es autora del libro 'No quiero ser una cifra'.

-¿Te ha pasado recibir frases como “a la señorita le gustaba la vida social”?

A las mujeres se nos cuestiona mucho por vivir nuestra vida sexual con libertad. Está asociado al poder salir, divertirte, tomar, estar con quien quieras y de la forma que quieras, lo que para las mujeres no está permitido, porque después las violan. A nosotras todo el tiempo nos califican de acuerdo a qué tan libres somos. Incluso, las mismas mujeres lo pensamos: “si me muestro muy libre en el tema sexual, qué va a pensar de mí”.

-También eres activista LGTB. ¿Sientes que has elegido un camino difícil?

El tema de mi bisexualidad es relativamente reciente. Hace casi dos años recién he salido del clóset. No me tocó vivir esa adolescencia o niñez terribles, de sentir que no encajas. Pero uno va descubriéndose en el camino, a veces más temprano, a veces más tarde. Pero te diría que es más duro el activismo feminista que el activismo LGTB. Hasta recibo amenazas de muerte, te mandan mensajes con fotos de armas. Ese odio no lo he sentido por ser bisexual sino por ser mujer feminista.

-Escribir ha sido parte de tu proceso de sanación. ¿Qué más sana?

Tener una red de contención fuerte: amigos, amigas, familia que te apoye. De ser necesario, terapia y medicación. Y hay que dejar de sentirse culpable, porque las víctimas también pensamos que es nuestra culpa. Es un día a la vez.

-¿Qué representa tu madre en todo el proceso?

Ella es grandiosa, una gran mujer y siempre ha estado a mi lado. Tengo el privilegio de escribir y que me publiquen. Tengo el privilegio de haber recibido educación de calidad. Y tengo el privilegio de tener una familia que siempre me ha apoyado.

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AUTOFICHA:

- “Soy Gabriela Ida Ferrucci Montoya. Tengo 46 años. Nací en Lima. Siempre me ha gustado leer, desde que era chiquita, pero postulé para estudiar Química. No me llenaba y estudié Literatura, y en mi casa no me dijeron que me iba a morir de hambre”.

- “Pero me identifico más como educadora, porque desde hace 20 años soy profesora. Mi maestría es en Educación. Ahora enseño en la Universidad del Pacífico, donde enseño Lenguaje II. En el 98 empecé como jefa de prácticas y desde el 2000 empecé a enseñar”.

- “Soy bien fan de la novela gráfica. Persépolis es de mis libros favoritos. Nunca me imaginé escribir un libro y ahora tengo varias ideas. He escrito un capítulo para un libro que va a salir a fin de mes, pero aún no puedo decir mucho. Y me gustaría escribir sobre mi bisexualidad, que la descubrí a los 40 y pico”.

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