Francisco Valderrama, el doctor de los balones. (Perú21)
Francisco Valderrama, el doctor de los balones. (Perú21)

Si nos enfermamos de los bronquios, vamos a un neumólogo. Si nuestra mascota tiene alguna enfermedad, la llevamos al veterinario. Y si uno de los juguetes favoritos de todas las generaciones (la pelota) se revienta, se pica o sufre cualquier otro desperfecto, lo lógico, aunque suene ilógico, es llevarla a un buen "Dr. Pelotólogo".

Francisco Valderrama (57) es uno de ellos. Son muy buscados, pero él siempre está en su consultorio en la calle Bausate y Meza. Antes estuvo en el Estadio Nacional, en la boletería norte, pero los municipales lo sacaron y llegó a la esquina actual, en la que se puede encontrar su quiosco.

Francisco atiende con frescura, canchero. Él es un conocedor. No hay marca de pelota que no haya reparado. Le dicen "el doctor en pelotas" y hace honor a su sobrenombre. Tiene 40 internadas en su consultorio de menos de dos metros cuadrados, y las atiende con la delicadeza y paciencia que tal vez a muchos médicos aún les falta desarrollar. Repara pelotas de fútbol, vóley, básquet y hasta rugby. Es un especialista.

APRENDER EL OFICIOEn su pueblo de Huamachuco, en La Libertad, empezó a jugar pelota desde pequeño, pero no era bueno. "No jugaba bien al fútbol. Como jugador, era malo, pero tapando era el mejor", dice Francisco sin dejar de coser una pelota Umbro que sostiene como quien toca la mejilla de su novia antes de darle un beso. Al llegar a Lima en el 2001, se encontró con un panorama desalentador. No había trabajo.

"Tenía que buscármelas como sea, solo para comer. Así que me junté con unos chicos que jugaban al fútbol y ellos me pagaban 40 soles si ganábamos partidos en los torneos. Yo solo tapaba. Es lo único que me sale bien en el fútbol. Un día la pelota con la que jugaban se les reventó. Ahí empezó todo", dice Francisco. Les dijo a los chicos con los que jugaba que él podía arreglar la pelota. Ya tenía experiencia, porque de niño, en su natal Huamachuco, reparaba sus pelotas, pero solo por necesidad. En ningún momento vio eso como un negocio.

Los chicos le dieron la pelota con cierto recelo y él volvió a la semana siguiente con un balón irreconocible. No había forma de saber que ese balón había estado roto. Es ahí cuando Francisco ve las cosas claras y convierte ese acto de curar balones en un oficio. Consiguió un quiosco y pintó un letrero que decía "Clínica de pelotas".

Hoy recibe más de diez pelotas por día; a veces veinte, y pasa todo el día en su consultorio "operando". Diciembre representa la temporada más alta en su negocio, un negocio que, nos cuenta, es entretenido y rentable.

Hace un par de años se le acercó una niña con 20 céntimos en las manos y le dijo que quería comprarle una pelota porque veía que tenía muchas, casi todas de sus clientes. Francisco le dio una de las pelotas más bonitas que tenía y que le pertenecía. "Antes le pregunté la tabla de multiplicar. No pasaba de 7 años y era buena en matemáticas. Yo debía saber si la niña era buena en algo y lo era. Le regalé el balón", me dijo Francisco.

EL PELOTERO

  • Francisco siempre está en la esquina de las calles Bausate y Meza y José Gálvez, en La Victoria. Los colores de su quiosco, llamativo por donde se mire, lo guiarán hacia el punto exacto.

Por: Christian Saurré (christian.saurre@peru21.com)

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