Fernando Zevallos, el fundador de La Tarumba.
Fernando Zevallos, el fundador de La Tarumba.

Era un muro bien alto el que separaba la calle Zepita de un terreno baldío. En esa arteria cercana al cine Tauro, en el Centro de Lima, jugaban pelota un grupo de muchachos; entre ellos, , con 12 años. Una tarde de aquellas, la pelota cayó al descampado. Todos lo miraron. Tenía experiencia. Ya caminaba en la cuerda y hacía acrobacias en los circos del barrio. Explicó cómo tenían que impulsarlo. Se agarró del borde de la pared, ascendió y caminó por el filo. Se lanzó al terreno y recuperó la pelota. Ahora lo complicado era trepar el muro solo. Lo hizo, aprovechando la superficie irregular para escalar con uñas y dientes. “Esa es la vida que me ha tocado y esa es la vida que yo celebro”, reflexiona.

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¡Cállate, Domitila! se llamó la obra que escenificó en Comas de 1986. Domitila era una rana que hablaba más de la cuenta. Zevallos y su equipo narraban un proceso electoral. La rana lo criticaba todo, pese a que era peligroso hacerlo. De pronto, arengas políticas de un lado y la respuesta a estas, del otro, interrumpieron la función. Al medio, surgió un grupo que exigió silencio. En la última escena, un aplauso rotundo selló el momento, en una Lima en crisis. Episodio que Zevallos describe como maravilloso.

Pese a la cuarentena, son días de celebración. Hoy se conmemora el Día Mundial del Circo y, precisamente, esta tarde, se emitirá el espectáculo de Volver, a las 6 p.m. Y al próximo sábado, el 25, Bandurria, a la misma hora. Ambos por Movistar Plus (canal 6 y 706 HD). Y este jueves 23, el fundador de La Tarumba cumplirá 60 años. “Creo que el camino que elegí es el correcto”, dice con voz cálida, serena y optimista.

-¿Cuándo volveremos y cómo volveremos?

Vamos a tener que volver reinventados. Los artistas tenemos una gran responsabilidad, que es fortalecer el espíritu de nuestro público. Si bien se están atendiendo áreas necesarias para la subsistencia humana, nadie está hablando de cómo vamos a acabar magullados espiritualmente. Y los artistas tenemos que asumir esa tarea.

-¿El artista es un médico del espíritu?

(Ríe). Recuerdo que una cosa así me dijo Tomás Rouzer, un hombre maravilloso que trabaja la respiración, el yoga y que vive en el Perú, en la selva. “Cuando uno se siente mal del corazón, busca al cardiólogo; cuando a uno le duele la muela, va al dentista; pero cuando duele el espíritu, uno va a buscar a La Tarumba”, dijo.

-En la descripción de Volver se lee: “La vida es un lienzo y la risa un pincel”. ¿Qué puede hacer la risa en el lienzo actual?

Mucho nos preocupamos por la parte material y es totalmente válido que necesitemos alimentarnos bien, tener un techo, que necesitemos cuidar la salud, pero parte de un cuerpo integral son las emociones, los sentimientos, los estados de ánimo. La risa es la mejor terapia que podemos tener hoy, con el cuidado y respeto que amerita la situación. Pero la risa se está volviendo un producto escaso; entonces, los que nos dedicamos a eso tenemos que producir un poco más.

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-Entonces, sin duda, el artista tiene una función crucial en esta coyuntura.

Los artistas somos seres humanos comunes y corrientes. Estamos tan perjudicados como cualquier trabajador. Pero si el público nos otorga un espacio especial dentro de la sociedad, el artista tiene el deber de devolver eso, de darle una respuesta a ese público que siempre nos ha apoyado. El arte en las situaciones extremas es donde más saca la creatividad. El circo históricamente se ha sobrepuesto a guerras mundiales, catástrofes nacionales, conmociones políticas, hambrunas, plagas. Y justamente aquellos circos que han estado en los momentos difíciles cerca del público son los que, a través de la historia, han marcado los rumbos del arte circense.

-Y el hombre de circo muchas veces viaja por el mundo sobre una cuerda floja, haciendo equilibrio.

Los cirqueros estamos curtidos en eso de armar y desarmar estas especies de ciudades ambulantes. Hay un circo muy importante de la Segunda Guerra Mundial, el Circo Sarrasani, que tuvo que sobreponerse a la guerra, a las amenazas del nazismo. No paró de hacer función ni de girar. Una de las razones fue porque en los camiones sacaban a judíos y gitanos perseguidos. Ese circo llegó hasta Argentina. En los 70, en el Perú, hubo un circo maravilloso: el Circo Berolina, al que lo agarró un terremoto; estaba en Ranrahirca y se vino un aluvión que tapó la carpa, quedó como 15 metros sepultado. Ese circo al siguiente año estuvo en Lima, en la avenida Alfonso Ugarte. El circo tiene en su esencia la actitud de levantarse nuevamente.

Fernando Zevallos, el fundador de La Tarumba.
Fernando Zevallos, el fundador de La Tarumba.

-Un elemento fundamental en el circo es el juego. Y hoy el juego en casa puede ser una forma de liberarnos. ¿Cómo ser lúdicos desde el aislamiento?

Desde lo que nos toca, estamos tratando de promover en nuestras plataformas cierta actitud lúdica frente a la pandemia. Los niños también están seguramente siendo víctimas de un problema de salud emocional que todavía no percibimos. Entonces, los artistas que también nos dedicamos a la pedagogía debemos rediseñar las formas de jugar con nuestros niños.

-¿Qué toca hacer?

Hay que promover los juegos familiares. Estamos promoviendo juegos de circo, de teatro, de música, de pintura. Incluso, a los niños que estaban en nuestros talleres les hemos otorgado un diploma cuando se cumplieron los primeros 30 días de cuarentena, por la fortaleza que tienen. Esos niños sienten que, de repente, sus maestros siguen pensando en ellos.

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-En el caso de Bandurria, es una mirada a los orígenes. ¿Qué dice hoy ese pasado?

Es muy loco cómo los espectáculos, de repente, conforme cambia la coyuntura, van tomando más vigencia. Si Volver era retomar los sueños, era volver a mirarnos, a repensarnos como familia y país, en este momento los peruanos lo estamos haciendo. Y con Bandurria, en el que hablamos de los orígenes del Perú, pasa lo mismo: mucha gente que está en Lima tiene la necesidad urgente de migrar a sus lugares de origen, cuando en los ochenta era al revés. Muchos regresan no solo porque no tienen un techo o una tranquilidad en Lima, sino porque necesitan volver a sus raíces. Metafóricamente, uno se siente más seguro cuando está lo más cerca del útero materno.

-¿La esperanza es el signo de La Tarumba?

La esperanza y el optimismo. Soy bien optimista, porque seguramente desde niño lo he visto en el circo. Y sigo repitiendo: ¡upa la esperanza, arriba la esperanza, sí podemos!

-En una entrevista de hace cinco años me dijo que soñaba con una Tarumba en el campo, viendo a niños sembrando un árbol. ¿Hoy, a punto de cumplir 60 años, cuál es su sueño?

Sigo soñando con eso. Y cada día fortalezco mi relación con el campo y con la vida natural. Me siento con la conciencia tranquila, sé que tengo mucho que hacer, pero creo que el camino que elegí es el correcto.

AUTOFICHA:

- “Soy Fernando Zevallos Villalobos. Nací en la Maternidad de Lima, en 1960. Y desde muy niño me formé en el circo, era mi pasión. Desde niño, lo único que quería hacer era circo. Aprendí con las familias tradicionales, fueron mi escuela y les agradezco muchísimo”.

- “Ya perdí la cuenta de la cantidad de espectáculos que hemos hecho con La Tarumba, pero creo que estamos en los 40 o cerca de los 40 espectáculos, sumando los de carpa, en la calle y en las salas de teatro. La Tarumba tiene 36 años”.

- “De acuerdo con lo que nos demanda la situación (por el COVID-19), el proyecto de La Tarumba ahora es mantener viva la esperanza de la gente, del público, de los artistas, de los técnicos, de los músicos. Quizás este virus nos está diciendo que o cambiamos o este planeta explota”.

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