(Renzo Salazar)
(Renzo Salazar)

Egidio Auccahuanque (51) tuvo su primer contacto con un robot a los 5 años, en las chacras de la localidad de San Pedro, en la provincia de Canchis (Cusco). Allí su padre le regaló un pequeño auto de madera que se movía a cuerda.

"Ese robot artesanal que se desplazaba gracias a la energía potencial generada por una liga enroscada me introdujo en el mundo de la electrónica y la robótica. Yo me quedé embelesado viendo cómo ese artefacto se movía por sí solo hasta que lo desarmé para saber cómo funcionaba. Lo mismo hice a los 9 años con un tren nuevecito que mi padre me regaló, lo que ocasionó que me dijera que nunca más me obsequiaría nada porque 'todo lo malograba'. Desde ese instante, comencé a fabricar mis propios juguetes", dice Egidio.

Su habilidad en las matemáticas hizo que, al terminar el colegio, no le fuera difícil ingresar a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos a estudiar Física. Sin embargo, en 1986, las huelgas, bombas y apagones, causados por el terrorismo que azotaba a Lima, hacían que los ciclos de estudios sean interminables. "Eso terminó por aburrirme y dejé la carrera. Después postulé a la Universidad Católica e ingresé a Educación. Allí me gradué y comencé trabajar en el Departamento de Electrónica. Mi misión fue enseñarles a los genios a enseñar. Había profesores A1, incluso del exterior, que tenían todo el conocimiento, pero los alumnos no los entendían porque no tenían metodología. Por ello, el 80% salía jalado y se iban a otra universidad. Eso alertó a los directivos de la Católica. Por eso fue que me llamaron. Luego, viajé a Argentina y Chile a mostrar cómo se enseña electrónica de manera didáctica", cuenta.

Dice que ese contacto con tantos expertos en esta materia potenció sus conocimientos matemáticos y sus habilidades manuales, por lo que pronto estuvo inmerso en el mundo de la robótica. "En el 2004 y 2005, llevé a cabo en Lima las primeras batallas de robots en Latinoamérica. Algunas eran las típicas luchas entre androides, pero en otros combates se mostraban soluciones a problemas de la vida diaria", cuenta. Con toda esta experiencia, emigró a la Universidad de San Martín de Porres como consultor en robótica y, en solo dos meses, construyó el Inca Robot, de solo 30 cm de alto, al cual envió a competir a un torneo en Japón, donde obtuvo una mención honrosa.

VIDA DE ANDROIDEPero los linderos de la imaginación lo llevaron a crear en 2008 su empresa-escuela: Troonic, con la que ha participado en el Mundial de Robótica en 2011. "Llevé un robot tutor de solo 38 piezas que caminaba solo y que compitió de igual a igual con los 330 mejores androides del mundo. Ahora me dedico a enseñar lo que he aprendido", dice. Auccahuanque afirma que no se necesita ser un iluminado en las matemáticas para estudiar Electrónica. "Es que puedes ser un gran teórico, pero, ¿cómo aplicas eso si quieres crear cosas? Hay objetos que parten de la curiosidad, del atrevimiento. Fabricar robots es una forma en que los seres humanos se pueden dar cuenta de que pueden dar vida a elementos inertes con trabajo e imaginación, eso es fascinante", acota.

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