Decimoctavo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Decimoctavo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

Conversábamos junto a la entrada del pasillo de su casa, una puerta de madera desvencijada que aún conservaba rastros de pintura. Perico y Martín me habían detenido lograron otra vez detenerme al verme llegar desde el mercado. Sus comentarios se diluyeron en mis pensamientos. Me concentré en la perspectiva del corredor, sus locetas, losetas, sus bordes y cornisas de ladrillos, pequeños detalles que en mi infancia me resultaban enigmas, porque cada uno de ellos encerraba su propia razón para estar ahí, colocados en ese pasillo. Me preguntaba mientras jugábamos ahí: ¿por qué estas formas y no otras?,¿por qué esos colores? Recordé que alguna vez subimos al techo de la casa contigua a recoger la pelota que el padre del Gonzo no quiso devolvernos porque le habíamos pegado a su hijo. ¿Te acuerdas de cómo era de huevonazo Gonzo? Todos le sacábamos la mierda. Quién iba a pensar que terminaría robando casas. Su gente, esos huevones que hacen mudanzas. ¿Te acuerdas que empezaron robando en moto? Pioneros los conchasumares. Con el Trapo, otro huevonazo, comenzaron todo a fines de los 90. ¿Te acuerdas que los dos eran unos huevonazos que les pegabas y venían sus papás a defenderlos?

—La cojuda me dio sajiro —Perico volvía a pasarme una botella—. Huevón, no soy el único conocido de su esposo que esa cojuda se terminó cachando. Ese era su vacilón, así lo cagaba más al huevón. Yo no soy un santo, pe. La huevona me picó, andaba pelándole la muela a todos los conocidos de su marido. A mí me salió con que el huevón no la comprendía, que la trataba mal, que le levantó la mano una vez. Huevadas, mi causa era zanahoria. Tremendo pavo. Lo quería cagar, ahora se hace la santa.

Perico continúa hablando de la esposa del Gato Flaco, habla de ella con todo su cuerpo, agitando las manos, la expresión de su rostro irradia su recuerdo. Pero la sola mención de Trapo y Gonzo capturan mi mente y me llevan a pensar en Jano. ¿Qué será de Jano? Es de aquellos que ya no están en el barrio.

Pienso en la familia de Jano, creo que sus hermanos aún viven en la casa aquella en que nos invitaban a tomar lonche y ver videos en Betamax, ese aparato que nadie más en el barrio tenía, en medio de su sala ordenada y con alfombra limpia. Papá y mamá pasaban las tardes con los cuatro hijos —dos varones, dos mujeres— viendo películas gringas para toda la familia. Jano jugó con nosotros hasta entrada la adolescencia, cuando empezamos a dispersarnos y el Cacho fue entrando al barrio y Trapo y Perico empezaron a frecuentar discotecas del centro de Lima, y descubrieron entonces bares y discotecas, antros en los que podían descargar la tensión violenta que los empezaba a dominar.

Perico y Trapo comenzaron robando gorras a chibolos tarados durante la adolescencia. Recuerdo a un chibolo llorando mientras perseguía a Trapo, Perico los miraba desde la esquina de nuestra calle y se reía como un caníbal alegre. Ahora sé que ese momento era un escalón del descenso, un momento en el que todos estuvimos a punto de caer, incluso Pacheco, que al inicio celebraba esas locuras, pero terminó dedicándose a sus cabinas de PlayStation en el mercado nuevo, antes de empezar a importar videojuegos y celulares. Perico se detuvo, aunque lo hizo años después, con el peso de sus errores a cuesta. Pero Trapo siguió avanzando, Cacho lo adentró en los asaltos en moto y las discotecas gays del centro de la ciudad. Alguna vez pensé que a Perico lo calmó el nacimiento de su hijo y la bronca en que casi pierde un ojo. Pero Trapo también tuvo un hijo, varios hijos, en realidad, y a pesar de eso casi consiguió que lo maten a cuchilladas una vez; justamente, fue el hermano de la madre de uno de sus hijos quien lo apuñaló en una fiesta, pero incluso así, como si nada, Trapo siguió jugando.

—Esas ya no se arreglan, causa. Un día le entran a la cochinada y ya no quieren otra cosa. Ahora la cojuda anda hasta con choros, huevón. Ahora se la come el huevón de Diablo, el de Aguarico. Ese desgraciado. Pero eso es lo que ella quiere, pe. Un huevón que la haga mierda. Cuando yo me la culeaba, un rato decía que no quería vivir solo para sus hijos, que tener familia no le impedía tener vida privada, pero cuando se huasqueaba y se bajoneaba, se ponía cojuda, empezaba a decir que era una mala madre, que se merecía todo lo malo que le pasaba, que sabía lo que decían de ella en el barrio. Le gustaba el drama a la conchasumare. Hacía todas sus huevadas para que mi compadre Gato Flaco se enterara, se metía con cojudos que el huevón conocía, gente de su entorno. Puta, yo tengo derecho a estar con quien quiero, me decía. Pero qué puta... luego me pedía golpe, causa. Y ni cagando, pe.

Gonzo también siguió jugando. Perico, Trapo y él se hicieron un nombre en el distrito. En ese entonces, el tío de Perico reparaba y alquilaba motos, y varios choros venían a alquilar motos por horas. Con ellas iban a Jesús María y Pueblo Libre a asaltar a tarados. Tenían amigos en la policía, incluidos los de la comisaría que está acá a la vuelta, conocían a la gente que empezaba a trabajar de guardias municipales, los primeros de serenazgo. Qué chucha les iba a pasar. Pero era cagón para ellos que no pudieran ir a discotecas de distritos fichos. Se reserva el derecho de admisión, no puedes entrar con gorra y zapatillas, camisa y zapatos. Tu cara, tu color de piel. Tu olor a barrio. Solo los acogían algunas cantinas del distrito, las esquinas mal iluminadas en las que seguían sintiéndose jóvenes y habían desarrollado su fortaleza, las calles sin glamour ni brillo en las que se sentían seguros de sí mismos. Pasarían varios años para que llegara por fin un centro comercial a cada distrito. En su juventud, por tanto, las casonas del centro de Lima, las de las avenidas Wilson, Alfonso Ugarte y jirón Washington, antiguas casas republicanas adaptadas para fiestas patronales o para tonos de estudiantes de las academias cercanas, eran el territorio en el que podían mostrar su naciente peligrosidad. Fue ahí, entre todas esas discotecas, que descubrieron los ambientes de homosexuales.

Decimoctavo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Decimoctavo capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

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