(Ilustración: GEC)
(Ilustración: GEC)

Eran las 11:35 horas del 30 de diciembre de 2014 cuando Natalia Macedo estacionó su auto, un Nissan Sentra de 2012, en la amplia zona de parqueo del Walmart, en Hayden, Idaho. No podía imaginar que sería la última vez que vería el letrero del supermercado en su vida. Llevaba a su hijo de dos años en el asiento de bebé ubicado en la parte trasera del auto. Las cámaras de seguridad de la zona mostraron que no llevaba prisa mientras desabrochaba los seguros del asiento que sujetaba al niño y recogía su bolso, oculto bajo el asiento del copiloto del vehículo.

–Se lo había regalado días atrás, por Navidad –menciona Francis–. Acababan de lanzarlo al mercado: era de color amarillo y con un bolsillo exterior para llevar una pistola de nueve milímetros.

Se trataba de un artículo que por aquellos días comercializaba el sitio web Gun Toten’n Mamas, especializado en bolsos de cuero diseñados para llevar armas ocultas. La empresa matriz, Kingport Industries Inc., respondía así a una necesidad que había identificado entre mujeres policías o con permisos para portar armas.

–El modelo GTM-87 amarillo tiene, dentro del bolsillo exterior reservado para el arma, una especie de pestaña de cuero que se asegura al forro con un sistema de cierre velcro o pega-pega –explica un vendedor del sitio web que prefirió no identificarse–. Esto asegura el cañón de la pistola, pero debe permitir que se le tome con facilidad por la culata si es necesario usarla. Por supuesto, el usuario debe asegurarse de que el arma tenga el seguro puesto.

Con su hijo en brazos, Natalia Macedo atravesó el estacionamiento que ocupaban, a esa hora, quince o dieciséis vehículos. Es por eso que dentro del supermercado no había más de treinta clientes. Las cámaras de seguridad del Walmart muestran que Natalia ingresa al supermercado, elige un coche de compras y sienta a su hijo en la canastilla para niños, junto a su bolso. Antes saca de allí un smartphone y dedica un par de minutos a revisar la pantalla, mientras conduce el coche por los pasillos. El niño manipula el bolso de su madre: abre la cremallera principal y hurga en su contenido. Natalia aparta el bolso del niño, pero sin retirarlo de la canastilla. No advierte que unos segundos después el niño abre la cremallera del bolsillo exterior. La pistola llama su atención.

Natalia Macedo se cruza con un muchacho de la tienda y le hace preguntas.

–Quería saber dónde podía comprar un par de pilas –relata Jairo Ramírez, vendedor de la tienda–. Le indiqué dónde quedaba la sección de electrónica. Luego me preguntó por municiones y le señalé el pasillo correspondiente.

Ramírez es colombiano y vive con sus padres. Trabajó en Walmart poco más de tres años, de febrero de 2012 a abril de 2015. Es un joven locuaz y observador, lector de cómics y aficionado a coleccionar figuras de acción. Sufrió una fuerte impresión luego de enterarse de que la mujer que había atendido esa misma mañana estaba muerta. El supermercado le pagó una terapia psicológica, pero aun así la familia demandó dos años después a Walmart por medio millón de dólares, por el cargo de exposición al peligro.

Brooke Hager, amiga del matrimonio y de facultad de Natalia, cuenta que la peruana siempre mencionaba en las reuniones que su hijo no le daba mucho trabajo cuando salían de compras.

–No grita ni hace escándalos, decía cuando le dábamos oportunidad de hablar del niño –recuerda Brooke–. Eso sí: los avisos luminosos y los objetos brillantes le causan curiosidad, remarcaba Natalia.

Las imágenes del video de seguridad muestran que Natalia demora en decidirse entre dos paquetes de pilas de distintas marcas. Mientras lee las especificaciones de los empaques, se aparta dos metros del coche de compras. Francis Carter refiere que la tecnología es algo que entusiasmaba a su esposa, pero la utilidad de ciertos artefactos la volvía indecisa.

–Por ejemplo, una vez que hacíamos las compras juntos, me preguntó si le parecía bien que comprase un cargador de smartphone para el auto. Como siempre recargaba la batería en casa o en el trabajo, no era algo que necesitara llevar con ella. Pero nunca se sabe, decía –relata Francis–. Ese era el tipo de dilemas que tenía con la tecnología.

Mientras Natalia Macedo le da la espalda, el niño coge la pistola del bolso. Lo retira con cierta facilidad: tarda siete segundos. Son aproximadamente 625 gramos en sus manos. Sus dedos, aún inexpertos, sujetan el disparador de la pistola como probablemente ha visto en la televisión o en los videojuegos.

Natalia gira y ve por última vez a su hijo, encaramado en el coche, junto a su bolso, con el arma entre sus pequeñas manitos. Una bala le impacta en la cabeza. La fuerza del disparo empuja el coche y al niño hacia atrás, contra una góndola.

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