Cuarto capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Cuarto capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

Después de jugar-pelear con nosotros, Cacho regresaba a los callejones de la avenida donde vivía, justo al frente de nuestra calle. Los fumones que frecuentaban la esquina del viejo Fredo, su cuadrilla de chacales burlones, reían al verlo pasar enrojecido. Se hizo nuestro amigo porque en su callejón había pocos chicos de su edad. Cruzó la calle, rompió la frontera imaginaria que nos separaba, la ventaja aparente que le llevábamos por ser dos o tres años mayores que él. Se unió a nuestra mancha, lo hicimos nuestro lorna, víctima de nuestros abusos falsamente ingenuos, acciones que, sin saberlo, nos daban la sensación engañosa de que podíamos controlar algo más allá de nosotros mismos.

La manada se dispersó con el tiempo, los códigos cambiaron y nuestros territorios de juego se trasladaron a los espacios de nuestras nuevas experiencias, estudios, trabajos, parejas. De los años en que fuimos manada solo conservábamos el saludo y la cordialidad de vecinos. Menos Cacho, él se quedó jugando para siempre.

Primero con chicos menores que él, después con muchachos que venían de otros distritos, nuevos vecinos que apenas nos conocían y que cambiaron el rostro del barrio, Cacho nunca dejó de jugar. No se hizo más alto ni se volvió especialmente más fuerte que nadie, pero fue ganándose el respeto que nosotros no le tuvimos. Con sus hazañas, como la de aquella vez en que movilizó a los matones del barrio para agarrar a botellazos y cuchilladas a un equipo de fútbol de los alrededores de la Barriada, quedó establecido su dominio sobre el territorio.

Los de la Barriada vinieron a jugar un torneo callejero, organizado por un vecino que postulaba a regidor en el municipio. Le metieron pierna fuerte a Cacho, lo anularon durante todo el partido, pero a la mala, así que Cacho se quedó picón. Este es mi barrio, conchatumare. Qué chucha vas a venir a hacerme la cagada en mi barrio, conchatumare. Pudieron separarlos tras el primer conato de bronca y, como si nada, el partido continuó. Causa, ¿tú sabes quiénes son estos locos? A mí qué chucha quiénes sean, huevón. Suave, Cacho, no la cagues. El equipo de Cacho, el equipo de nuestro barrio, perdió por un gol. Apenas el partido acabó, Cacho se hizo a un lado y por primera vez vi a la horda de mocosos malandros que se agrupaban a su alrededor, sus vestimentas anchas y coloridas, camisetas de equipos de fútbol o béisbol americano, gorras con viseras cubriéndoles los ojos, su silencio amenazante. Los ganadores estaban alerta, olían lo inminente, pero se mostraban confiados, cancheros al ver al Cacho chibolo todavía. Oe, broder, dile a tu causa que no mire grueso nomás. Las risas escandalosas del equipo visitante, que ya había empezado a destapar las chelas y a derramar la espuma sobre el suelo de nuestra calle, detonaron el caos. El Cacho y su mancha no tardaron ni un segundo en cruzar la pista y de algún lugar apareció una botella vacía, una piedra, un vidrio roto con empuñadura forrada con gutapercha, y los espectadores considerados bienpensantes y decentes nos escandalizamos al escuchar el estallido de la bronca. Había que tener huevos y una marcada indiferencia ante la muerte para hacerle la bronca a la gente de la Barriada. Se escuchó el estallido de más botellas reventando contra el suelo, se anunciaba el reino del Cacho entre gritos, sonidos de piedras alcanzando el suelo y las paredes mientras el viejo postulante a regidor, superado por las circunstancias, intentaba vanamente rescatar sus pancartas y mesas de propaganda. El primero en trenzarse con uno de la Barriada no fue el Cacho, sino uno de sus chacales, un chibolo flaco y alto con cara de reptil, le decían el Drilo. Yo no vi mucho más, salvo la confusión indescriptible de una bronca que no duró ni tres minutos y dejó al Cacho y varios de sus chacales sangrando y a los de la Barriada con la ropa rota, cabezas abiertas y las cajas de chelas que habían recibido como premio destrozadas. La Barriada se despedía lanzando piedras contra nuestra calle hasta que sonó el primer disparo. No podían sacar fierro, porque era territorio del viejo Roni aún, no podían hacer tanta luz, así que se fueron amenazando con volver. Nunca volví a ver al Cacho de la misma manera, pero recordé que alguna vez, años atrás, ya había notado su cambio, la primera manifestación del personaje en que se había convertido, su carácter impredecible y avizor que infundiría respeto en la nueva generación del barrio.

Una tarde, camino a la casa de mi abuela, en una calle del mismo distrito, lo encontré parado en una esquina. Frente a mí, aún conservaba la mirada de niño de nueve años al que solía maltratar, pese a que ya tendría unos catorce años. Lo saludé e intenté hacerle una de nuestras antiguas bromas, le di una palmada tosca en el hombro, le toqué el mentón, usé los adjetivos femeninos con los que solíamos someterlo. Qué haces solita, estás perdida. En ese momento, no le di importancia a su reacción esquiva. Durante el escaso tiempo en que interactuamos, él se mostró indiferente y no dejó de mirar hacia el otro lado de la calle, a la vereda de enfrente, con ojos tensos, casi enfadado, como si yo lo distrajera. Me dijo que esperaba a un familiar. Me despedí y lo dejé atrás porque no quería perder el tiempo con nuestro lorna de antaño, el ex-mocoso al que ya no me divertía humillar.

Al día siguiente, volví a casa de mi abuela. Pasé nuevamente por la misma esquina y, al mirar a la vereda del frente, alcancé a ver el portón del local de venta de repuestos de autos, un negocio habitual al que casi nunca le prestaba atención. Estaba cerrado, a diferencia de los demás negocios que se mantenían abiertos a esa hora de la tarde. Se sentía la ausencia de los autos chorreando grasa y las llantas desperdigadas en la vereda. En casa de mi abuela me enteré del robo, de la reducción de los trabajadores y del empleado que había salido herido, un chico del barrio, amigo de mi primo. Pensé en las bromas que le hice al Cacho aquella tarde. Me di cuenta entonces de que él se encontraba esperando a alguien, como campana de otros que hacían la chamba. Aún así, en ningún momento pasó por mi mente hacer una denuncia o mencionar su nombre. Con que el joven amigo de mi primo estuviera fuera de peligro, a pesar de las cuchilladas y los golpes, era suficiente.

Cuarto capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).
Cuarto capítulo de ‘A un lugar que ya no existe’, la novela de Julio Durán. (Ilustración de Mechaín).

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