Richard Londoñe ocupó el primer lugar del examen de admisión ordinario. (Luis Centurión/Perú21)
Richard Londoñe ocupó el primer lugar del examen de admisión ordinario. (Luis Centurión/Perú21)

La mañana del día de premiación a los nuevos ingresantes, Richard Londoñe Sullca no tenía a quien dirigir su mirada. Parado en el escenario del Teatro de la UNI, con las luces dejándolo casi ciego, trataba de centrar sus ojos en alguno de los que estaba sentado. No sonreía. Su cabello iba desordenado y un polo rojo le bastaba para la gala. En la mano cargaba una diploma del primer puesto en el examen de admisión ordinario. En cristiano: la mejor puntuación en una de las pruebas de ingreso más difíciles del Perú. Resignado, fijó su mirada en una de los pocos asientos vacíos y pensó en sus padres.

Seis mil novecientos cuarenta y seis jóvenes postularon al examen de admisión de este año en la Universidad Nacional de Ingeniería. Richard, con tan solo 15 años, alcanzó el primer lugar.

Sus padres no pudieron llegar a la ceremonia de premiación. Julián Londoñe estaba cumpliendo su trabajo como empleado de la municipalidad de Chorrillos y Anita Sullca no pudo abandonar a tiempo su puesto en el mercado Unicachi.

Richard durante la premiación a los primeros lugares del examen de admisión.

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Nueve días antes, Richard no pudo dormir. Los nervios lo invadieron durante la madrugada y antes de las 6 de la mañana ya andaba despierto. Se levantó, tomó un pequeño desayuno y salió con su mamá. Juntos, tomaron la línea Fénix que los llevaría hacia la UNI. Era la primera vez que pisarían esa casa de estudios.

El lunes 13 de febrero, la universidad tomó el primero de sus tres exámenes. La prueba fue de Humanidades y Aptitud Académica, dos días después tocó la de Matemáticas y el viernes 17, la de Física y Química.

Pero la vida les tenía preparado una mala jugada para ese lunes. "De los nervios nos pasamos", dice Anita para resumir la pequeña odisea que protagonizó esa mañana y de la cual no deja de reírse ahora. El chofer del viejo ómnibus nunca les avisó donde bajar. Al notar que la avenida Túpac Amaru continuaba interminable, preguntaron a una pasajera dónde estaban. Confirmaron la mala noticia y se bajaron.

Richard llegó a tiempo. Se colocó en la fila y vio las enormes columnas rojas de la UNI, tuvo que entrar de inmediato y apenas pudo despedirse de su mamá. Los nervios lo atormentaban.

Una broma muy popular sobre las universidades del Perú se pregunta jocosamente cuántos universitarios se necesitan para cambiar un foco. El fin es burlarse de la calidad de cada institución. "De esta se necesitan dos: Uno para que llame al electricista y otro para que llame a su papá para que pague la cuenta", dice la broma al referirse a una universidad limeña particular.

"De la San Marcos se necesitan cien: Uno para que cambie el foco, veinte para protestar por el derecho al foco, treinta para que hagan huelga y cincuenta para debatir ¿por qué el foco se quemó?", apunta otra sobre la emblemática casa de estudios.

Las bromas se pasea por cada institución hasta que llega a la UNI:

"Cuatro: Uno para que diseñe una fuente nuclear, otro para que se imagine como alimentar al país con energía nuclear, uno más para instalar el foco y otro para que diseñe un programa que controle el switch del foco", cuenta el chiste.

Hasta en las bromas no se puede dejar de destacar el prestigio de esta universidad fundada hace más de 100 años. La UNI aparece quinta en el ránking de universidades peruanas pero es considerada como la institución con el examen de ingreso más difícil.

En febrero, 6,946 estudiantes postularon pero solo habían 616 vacantes disponibles. Uno de cada 100 logró entrar y Richard, fue el primero de ellos.

Richard junto a sus dos hermanos. Max aún esta en el colegio y Patty es enfermera.

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Richard tiene una voz baja y muy serena. No conoce Huancavelica, la tierra de sus padres, pero irá pronto. Su cuerpo sobrepasa el metro y medio de estatura y aún mantiene el acné de la adolescencia. Un temeroso bigote encierra su boca. Adora el ají de gallina pero odia el fútbol. Sus lentes son grandes y tapan sus achinados ojos. Tampoco se peina seguido y Anita se lo recuerda antes de una foto. El adolescente es capaz de resolver los problemas más difíciles de matemática, física y química, pero le cuesta sonreír frente a una cámara.

Pero no siempre fue así. Un afiche de su colegio en 2012 lo muestra con una sonrisa picaresca. También habían motivos para celebrar: logró ingresar a la Universidad San Marcos en la carrera de Estadística. Su sonrisa era de niño, tenía tan solo 12 años.

Anita es la que guarda como un tesoro las medallas ganadas por su hijo. Las mantiene impecables y las conoce al detalle. "Esta fue la primera, a los 6 años en una olimpiada matemática", "esta ha sido la más difícil, fue a nivel nacional". La madre de Richard puede pasarse toda una tarde explicando la historia de cada metal. Las va colocando una a una sobre el cuello de su hijo y no llega ni a diez y ya tiene que parar. "Es suficiente", dice Richard con una timidez inversamente proporcional a su coeficiente intelectual. En total, esta tarde han traído 38 y apenas caben en un bolso. Cuando parece que no hay lugar para más sorpresas, su mamá remata:

–Disculpe joven pero no pudimos traer las demás, falta la mitad.

"En el colegio mis profesores me decían que me calle", confiesa Richard. (Luis Centurión)

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Cuando tenía 5 años Anita notó algo distinto en Richard. Le llamó la atención que regrese con enojo de su colegio en Chorrillos. "Mamá, me aburre todo lo que me enseñan, ya sé todo", le confesó el pequeño. Sorprendida, la madre se empeñó en encontrarle una solución a las ganas incontrolables de aprender de su hijo.

"La directora del colegio era mi comadre y luego de contarle el problema me dijo que Richard podía dar el examen de segundo grado", recuerda. La prueba sería un trámite. Con 5 años, el pequeño ingresaría a segundo año de primaria. El camino a su aventajada vida académica iniciaba. Un colegio de Chorrillos le otorgó una beca de inmediato y el niño agradeció con medallas de matemática.

La primaria pasaría de prisa entre números y signos, aunque también con diversión. Max, el menor de su hermanos, lo ayudaba en eso. En casa de los Londoñe Sullca no había videojuegos pero sí cartas. El dúo se hacía más inseparable que nunca cada vez que las tarjetas se colocaban sobre la mesa. La cercanía de edades ocasionó que Richard y Max sean cómplices de travesuras, Patty, la hermana mayor, fue la sacrificada.

Pero un episodio triste llegó cuando Richard estaba por comenzar el tercer año de secundaria. "El colegio cambió de dueño y estos ya no quisieron continuar con su programa de becas", cuenta Julián Londoñe, con la misma preocupación en el rostro que aquel momento. ¿Qué hacer? "No podía llevarlo a un colegio nacional" –narra– "él necesitaba una institución donde le exijan más, pero no teníamos dinero para inscribirlo". La luz apareció al poco tiempo. Un ex profesor de Richard logró hacer contacto con un centro de estudios que se ofreció becarlo. El niño genio volvería a las aulas.

Pero hubo un problema, el colegio quedaba en Manchay. Los padres tuvieron que turnarse para llevar y recoger a Richard. "Salíamos a las 5 de la mañana y volvíamos a las 10 de la noche", recuerda Julián.

Pasaron algunos meses y la solución llegaría nuevamente de la mano de un ex profesor. El docente lo recomendaría al colegio Prolog en Villa María del Triunfo. La institución tenía un sistema de becas a estudiantes destacados y Richard encajó perfectamente en ella. Lo mejor: tan solo le tomaría veinte minutos de su casa al colegio.

En cuarto grado de segundaria el adolescente tomaría un decisión con determinación: "Decidí que iba a postular a la UNI, a Ingeniería Industrial", cuenta. Con el mismo ímpetu con el cual un boxeador se prepara para la pelea de su vida, Richard comenzó un entrenamiento extenuante. De 7 am. a 2 pm. en el colegio, luego una pausa de dos horas y de vuelta al salón hasta las 8 pm.

En casa, Max, con quien comparte su habitación, ya sabía que tenía que dejarlo estudiar con la luz prendida en cada noche previa a un concurso.

La rutina se repitió por todo el 2015, 2016 y el verano de este año. De lunes a sábado, de día a la noche, en un salón de 9 alumnos con talentos sobresalientes para las matemáticas. La recompensa llegaría dos años después.

La ceremonia de ingresantes se llevó a cabo el 22 de febrero. Richard aparece a la derecha, en la primera fila.

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Richard salió nervioso de la primera prueba. "Las Humanidades no son lo suyo", justifica su mamá. La incertidumbre lo embargó, quizás sus respuestas no habían sido suficientemente buenas. Mentira. Con 618 puntos, alcanzó una de las notas más altas de aquella mañana. Dos días después vino el examen de Matemática, su especialidad. "Ya lo blanquié, mamá", dijo al salir de ella. Anita explica que esa frase la utiliza Richard para decir que le fue de maravilla. "Le sobró bastante tiempo", resalta orgullosa.

Al igual que la segunda prueba, la tercera fue también un trámite. La tarde del mismo viernes 17, la familia Londoñe sabría la noticia: Richard había ingresado a la universidad. Lo había hecho con el primer puesto del examen ordinario.

Tras conocer la información, el adolescente entró el llanto.

"Lloró por su nota, quería más, siempre quiere más", cuenta su madre sobre aquella tarde que consoló a su hijo. Mientras otros lloraban por no haber ingresado a la UNI, él lo hacía por no haber logrado una mayor calificación.

Richard Londoñe alcanzó en total la nota de 18.106 en la modalidad ordinario. Solo fue superado por Eduardo Luo Lin, quien logró la nota de 19.660 en la modalidad de Ingreso Directo Escolar.

Julián y Anita han prometido llevar a Richard a conocer Huancavelica. (Luis Centurión)

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Aquella mañana durante la ceremonia de graduación, Richard no dejó de pensar en su familia. Lastimosamente ninguno pudo escuchar la ovación que le dieron los asistentes al Teatro de la UNI cuando subió a recibir su diploma de honor. Cómo no aplaudir al primero de miles de postulantes. Aún así, Richard hace una pausa y corrige.

–Estoy seguro que lo pude hacer mejor.