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A finales de los noventa apareció, en medio de la polémica, una antología editada por Alberto Fuguet y Sergio Gómez, titulada McOndo. El objetivo de aquella selección era presentar a una nueva generación de autores latinoamericanos que habían optado por rehuir todo exotismo y deuda con el realismo mágico para decantarse por una literatura más urbana, plena de referencias pop y celebratoria del nihilismo y hedonismo que identificaron a los jóvenes de aquellos años. Había entre sus páginas cuentos de todo color y pelaje, pero el que más me impresionó fue Gritos y susurros, que narraba las desventuras de un sórdido periodista bisexual errabundo por las noches de Montevideo. Su autor era un uruguayo desconocido por estos lares que se llamaba Gustavo Escanlar. Después de un par de décadas en las que no volví a saber de él, me enteré de que había muerto debido a una sobredosis de cocaína. Fue entonces cuando intuí que en ese largo trecho entre sus primeros escarceos como escritor y su abrupto fallecimiento existía una buena historia que alguien debía contar.

Esa historia la ha contado el mismo Alberto Fuguet. En el 2015, el escritor chileno sacó a la luz una nueva novela, No ficción –que he comentado en una columna anterior–, la cual ha recibido tanto críticas entusiastas como otras bastante duras. La atención dispensada a No ficción invisibilizó en nuestro medio una crónica que Fuguet había publicado unos pocos meses antes, Todo no es suficiente, que reconstruye el periplo vital de Escanlar a partir de entrevistas realizadas a sus parientes y amigos, textos confesionales escritos por él y acerca de él, así como fragmentos de los poemas que publicó en revistas semiclandestinas y olvidadas.

Fuguet nos promete de entrada un personaje cautivador y cumple con las expectativas. El Gustavo Escanlar que presenta es un individuo con una infancia solitaria y oscura que lo marcó para siempre. De ella emergió un escritor obeso, de escaso trato con el agua y el jabón, tan talentoso como irregular, de incontrolable furia sexual y adicto a cuanta sustancia se cruza por su camino. Y también un provocador impenitente, capaz de atacar en sus columnas a vacas sagradas como Benedetti y Eduardo Galeano (de quien dice que "creó una ficción, que es el mundo de los buenos y de los malos… ha fijado una obra y se ha hecho millonario con los dólares que tanto desprecia" y no le falta razón).

El mérito de Fuguet es haber evitado el perfil del artista unidimensional en su malditismo. Más bien, explora las razones del carácter autodestructivo de Escanlar, hurga hasta el fondo de sus heridas y de sus puntos vulnerables y explica esa constante desolación que paliaba mortificando a sus semejantes, exponiéndose hasta el límite, sacrificándose por una redención imposible en el altar de sus vicios.

También destaca la progresión dramática que Fuguet imprime al relato, que tiene su cúspide cuando Escanlar ya es un conocido animador de televisión, divertido para algunos e intolerable para muchos debido a su fama de indecente, reaccionario y cínico. Es en ese trecho postrero cuando entiende que ya no hay vuelta atrás para él y se somete a lo inevitable. Todo no es suficiente es, en resumen, el interesante retrato de un escritor peculiar, desconcertante y excesivo.

FICHANombre: Alberto FuguetObra: Todo no es suficiente. La corta, intensa y sobreexpuesta vida de Gustavo Escanlar. Alfaguara, 2015. 182 pp.Relación con el autor: ninguna. Puntuación: 3.5 de 5 estrellas.