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Antes de iniciar esta reseña es necesario aclarar algunos puntos: 1) Roger Santiváñez (Piura, 1956) es quizá el último autor importante que nos legó aquella época dorada de nuestra poesía situada entre los años sesenta y setenta del siglo pasado; 2) Santiváñez es, también, quien mejor reelaboró las poéticas del sesenta en medio de la crisis expresiva que aconteció luego del fin del referido periodo de auge; y 3) de su generación, es quien ha hecho mayores esfuerzos y ha cosechado mejores frutos en su afán de renovar las viejas estructuras de nuestra lírica contemporánea. Solo habiendo dejado esto por escrito es posible continuar.

Luego de iniciar su carrera como un admirativo pero talentoso seguidor del camino de Cisneros e Hinostroza –a quienes homenajea continuamente en su excelente El chico que se declaraba con la mirada (1988)– Santiváñez publica un libro que es sin duda uno de los pocos hitos en la poesía peruana del último cuarto de siglo: Symbol (1991) audaz y violenta amalgama de acerada jerga callejera, dislocado lenguaje que se balancea entre la obscenidad y el onirismo y una voluntad por sustituir el conversacionalismo hegemónico por otras posibilidades inéditas. Después de este indiscutible logro, se la pasó entre marchas y contramarchas, entre exploraciones todavía más radicales –aunque menos afortunadas– como es el caso de Cor Cordium (1995) e incursiones de corte más convencional en Santa María (2001). Es con su libro Eucaristía (2004) cuando Santiváñez encuentra una nueva veta para explotar: la de un neobarroco que no es nunca un escapismo formal, sino una puerta abierta para desarrollar sus obsesiones –los devaneos del lumpen limeño, el deseo sexual desbocado, la contemplación de la naturaleza y sus signos ocultos– bajo un prisma más desafiante.

Luego de Eucaristía, Santiváñez prosiguió en esa búsqueda que ya había iniciado, dando pie al periodo más prolífico de su obra: ocho libros en doce años, todos hermanados por una declarada necesidad de cristalizar una "concepción de la poesía en la cual ya no me interesa expresar lo que podríamos llamar ideas, sino simplemente hacer música con la materia verbalis". El conjunto de estos poemarios ha sido editado en un solo tomo titulado Sagrado y significa el proyecto poético más ambicioso y destacable desde el monumental Splendor de Enrique Verástegui.

Al compilar estos trabajos en un solo conjunto, podemos apreciar una sólida coherencia no solo estilística sino temática, planteada desde una perspectiva sumamente personal que lo aleja de moldes preestablecidos. Si Severo Sarduy consideraba el neobarroco una amenaza y parodia del mundo contaminado por el capitalismo y la explotación, Santiváñez lo orienta como una defensa del ser humano ante un mundo ofensivo y hostil, al que transforma en un paisaje inasible, pleno de belleza y sobre todo sagrado desde su particular perspectiva: como una respuesta "al horror vacui de vivir y morir". Esta tentativa alcanza sus más altos picos en libros como Amastris, Labranda y Sylva.

Ciertamente no todos los textos ni secciones tienen el mismo brillo, pero cuando se asumen empresas de esta clase el objetivo no es hacer poemas redondos ni versos bonitos, sino irrumpir con una nueva lengua contra la norma imperante, sacarle la vuelta, profanarla y subvertirla para finalmente purificarla. En Sagrado esa faena concluye felizmente. Y eso basta para considerar a Roger Santiváñez como uno de los poetas más relevantes del panorama latinoamericano actual.

Roger Santiváñez

  • Sagrado. Poesía reunida, 2004-2016.
  • Peisa, 2016. 220 pp.
  • Relación con el autor: amistad.
  • Puntuación: 4/5 puntos.