notitle
notitle

La primera conclusión que uno extrae de la lectura de Número cero, la más reciente novela de Umberto Eco (Alessandria, 1932) es que el escritor italiano definitivamente no está pasando por una buena racha. Ya su anterior entrega, la morosa El cementerio de Praga, dejaba la sensación de haber sido elaborada con la autoindulgencia de quien confía demasiado en sus recursos y en su prestigio. Esta nueva narración, publicitada como una propuesta irónica y crítica acerca de los encubrimientos y embustes del periodismo, es exactamente todo lo contrario a lo ofrecido: un libro tedioso, de trama errática y minado por un humor soso y predecible.

El punto de partida es prometedor: en abril de 1992, un periodista de tercera llamado Colonna es contratado para ser redactor en jefe de un diario del que se editarán números de prueba, con el objetivo de ser un instrumento para los oscuros intereses de un magnate cuyo proceder recuerda mucho al de Silvio Berlusconi. El problema es que Eco nunca logra darle vida a su ficción y fracasa estrepitosamente en cada uno de sus intentos por insuflarle interés.

Para empezar, las supuestamente ingeniosas lecciones de periodismo de Simei, el jefe de Colonna –enunciadas con el objeto de dirigir el rumbo de las acciones de la novela–, son tan pretenciosas como obvias e ingenuas. Sus sentencias tienen un invariable sabor a guiso rancio: "Hoy en día, para rebatir una acusación, no es necesario probar lo contrario, basta deslegitimar al acusador", "La actualidad es descubrir que alguien nos ha estado engañando hasta ahora. Es más, nos han estado engañando muchos, es más, todos", "en lugar de pregonar datos que alguien podría cotejar, siempre es mejor limitarse a insinuar", y así, hasta el infinito.

Entre estos 'descubrimientos' de la pólvora, Eco tiende algunas líneas argumentales cuya falta de consistencia las hacen naufragar entre páginas y páginas de redundante didactismo. La historia de amor entre Maia y Colonna rebalsa de clichés y diálogos inverosímiles, pero todavía es peor la teoría que se desliza –sin demasiada justificación– acerca de la posibilidad de que Mussolini haya tenido un doble que lo salvó de la muerte. Eco se explaya sobre la supuesta falsa ejecución del Duce con una exasperante prolijidad que termina restándole cualquier clase de atractivo a esta subtrama, algo sorprendente en un autor cuya especialidad son las novelas de conspiración, como lo demuestran las excelentes El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault.

Pero lo peor del libro es el humor de abuelo snob que Eco ha impuesto en su relato. Entre sus desangelados chascarrillos intelectuales ("¿Por qué César antes de morir tuvo tiempo de decir Tu quoque Brute? Porque quien le asestó la puñalada no fue Escipión el Africano") y el embarazoso sarcasmo de sus personajes en las reuniones de la redacción, uno no sabe dónde meterse para evitar el bochorno que protagoniza un escritor que logró en más de una ocasión hacer de sus novelas un terreno donde la erudición, la sagacidad narrativa y una inteligencia refulgente se amalgamaban con originalidad y brillantez. El Umberto Eco de Número cero está, lamentablemente, años luz de aquellas cumbres.

SOBRE EL AUTOR

  • Umberto Eco. Número cero (Lumen, 2015. 213 p).
  • Puntuación: 1 estrella.
  • Relación con el autor: ninguna.