notitle
notitle

Hablar de la poesía de Mario Montalbetti es hablar de una vocación por la ruptura. Una primera ruptura externa, cuando en 1978 apareció su primer libro, Perro negro, y opuso a la tendencia conversacional contestataria y confesional imperante una poética cuestionadora de la palabra y los significados, caracterizada por un lúcido y lúdico cinismo. Desde el saque el proyecto de Montalbetti fue considerado como inclasificable dentro del panorama lírico peruano, temido como un elemento tan renovador como incómodo para una crítica acostumbrada a encasillar a los poetas con dos o tres etiquetas que siempre resultaron insuficientes o embarazosas en este caso. La segunda ruptura es interna e incesante: Montalbetti es un autor inconforme con sus hallazgos –por muy sólidos que nos parezcan a sus lectores– porque su propia visión de la poesía lo impele a buscar y desescombrar los caminos que advierte inexplorados. Este desbroce es una apuesta mayor en la que usualmente tiene un éxito que nunca significa una meta. Parafraseando a Blanca Varela, el premio por la carrera siempre es otra carrera. Y cada carrera, una nueva ruptura.

Por todo ello Montalbetti, más que una bibliografía, tiene un historial de riesgos y asedios que son muestra de su horror a la estandarización, al verso rutinario, al regodeo en lo conquistado: ahí está Cinco segundos de horizonte y su búsqueda de epifanías mediante los objetos y símbolos más cotidianos que mutan, se enriquecen o desaparecen mediante lo precario y cameleónico de sus significados; ahí el verso fragmentado y sincopado de Ocho cuartetas en contra del caballo de paso peruano, casi un homenaje a los Nudos de Ronald Laing; ahí Apolo Cupisnique, ese libro que parece transitar ya no en el límite del lenguaje sino del silencio, si es que entendemos silencio como la imposibilidad de ir más allá de lo que el camino indica: como dice Montalbetti en uno de sus poemas "Resolví entonces hacer lo siguiente: primero, explicar la razón de mi silencio (que ahora ya la saben: todo lo que escribo ahora se parece demasiado a lo que he escrito antes)". Pues bien: este nuevo conjunto de poemas, Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva) es la prueba de que ha llegado nuevamente "el momento de apartarse del camino una y otra vez".

El libro se abre con un poema notable, Arábica, escrito con el deseo de revelar desde un determinado centro los engañosos contornos de la realidad y de lo que la nombra. Un centro del que no se puede escapar, que está desestabilizado, todo oscila dentro de él; y sin embargo, permanecer ahí es el único recurso para describir e identificar las cosas de un añorado afuera que quizá no existe. Muy logrado es también el texto que le sigue, Sabogal, que nos recuerda la importancia del humor en la poesía montalbettiana, equívocamente considerada por algunos como fría y cerebral, cuando desde sus primeros escarceos se ha distinguido por una ironía agresiva que no solo interpela a los protagonistas de sus textos, sino también al mismo lenguaje, incluso en poemas sentidos y cómplices como los clásicos Pequeño ciclo lírico sobre el amor filial o Una realidad que subyace a todo lo que se ha venido señalando.

Pero de todos los poemas que componen este libro, destaca especialmente Vietnam, quizá el mayor logro expresivo de Montalbetti desde su consagratorio Quasar (1979). Irreverente y fúnebre, es el testimonio de la búsqueda de algo que fluya lejos de los hombres, lejos de sus leyes, y por lo tanto apartado del lenguaje y del tiempo, que aquí parecen confundirse y normar las mismas fuerzas destructoras y conciliadoras. Estamos ante un libro fresco y vibrante, y por lo mismo insólito dentro de nuestra mustia poesía actual.

FICHA

Mario Montalbetti
  • Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva)
  • Mangos de hacha, 2016. 68 pp.
  • Relación con el autor: cordial.
  • Puntuación: 4/5 estrellas