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De los poetas que integraron la llamada Generación del 75 –aquella comprendida entre el final de la primera etapa de Hora Zero y el surgimiento del movimiento Kloaka– solo algunos lograron forjar una obra que ha resistido el paso del tiempo. Entre ellos podemos nombrar a Mario Montalbetti, Roger Santiváñez, José Morales Saravia y el autor que hoy nos ocupa, Carlos López Degregori (Lima, 1952), quien acaba de publicar en Colombia una antología personal, Campo de estacas. Su lectura es una buena ocasión para repasar sus cuatro décadas de trayectoria poética.

López Degregori es un autor prolífico: desde 1978 ha publicado once libros de poemas. Estos pueden dividirse en dos vertientes. La primera explora un imaginario tan personal como enigmático, repleto de parajes de misteriosa decadencia y de personajes y objetos que son presentados a través de anécdotas dramáticas que, como ha señalado Eduardo Chirinos, encubren y delatan a la vez a un yo poético dislocado y antibiográfico. La segunda vertiente, ensayada por López en la mayor parte de sus últimos libros, se decanta hacia una mirada más introspectiva donde imágenes y símbolos se suceden, aspirando fundar espacios metafísicos y oníricos.

De estas dos facetas, la que mejores réditos le ha deparado es la primera. Los libros más importantes de López Degregori proceden de ella, como es el caso de Las conversiones (1983) y los notables Cielo forzado (1988) y Aquí descansa nadie (1998), aunque es cierto que también algunos de los más flojos (pienso en Una casa en la sombra, de 1986, y sobre todo El amor rudimentario, publicado en 1991, que López ha tenido el tino de suprimir de esta antología). Menos afortunados son los libros de su última etapa: Retratos de un caído resplandor (2002) y Flama y respiración (2005), conjuntos débiles, incluso retóricos, que contribuyen muy poco a la poética de su autor, quien, quizá consciente de eso, retornó luego a sus motivaciones originales en Una mesa en la espesura del bosque (2010).

Toda antología personal, más que un balance, es una autocrítica. En ese sentido, Campo de estacas tiene aciertos como presentar varios poemas emblemáticos de López Degregori: "Arte de la peste", "Caja romana" o "Nuestra Señora de los Lobos". Pero también comete omisiones inexplicables, como prescindir de poemas valiosos de Las conversiones, tales como "Y decidí remontarme en ruiseñor" o "A qué sonará una voz", a la vez que incluye composiciones de poco interés para adentrarnos en su trabajo. El libro finaliza con siete poemas inéditos reunidos en el apartado "Un hoyo como mis ojos", que no aportan mayor novedad a lo que este autor nos ha entregado anteriormente.

Este último apunte no es gratuito. Si alguna reflexión resta luego de leer Campo de estacas es que, más allá de sus innegables méritos, la obra de López Degregori se encuentra desde hace cierto tiempo en un estancamiento temático y formal que ha repercutido en la calidad de sus libros más recientes. Él ya ha demostrado más de una vez que es capaz de reinventarse con éxito; esperemos que su próxima reencarnación nos sea provechosa. Mientras tanto, vale la pena solazarnos con los mejores poemas de esta selección.

SOBRE EL AUTOR

- Carlos López Degregori. Campo de estacas (Pontificia Universidad Javeriana, 2014. 103 p).

- Puntuación: 3 estrellas.

- Relación con el autor: Cordial.