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En una columna anterior reseñé conjuntamente La muerte del padre y Un hombre enamorado, los dos primeros tomos de Mi lucha, la monumental narración autobiográfica de Karl Ove Knausgaard (Oslo, 1968). En los seis libros que la constituyen, Knausgaard hace un repaso por distintas etapas de su existencia, sin un orden cronológico establecido, puntualizando "las banalidades y humillaciones de su vida" y sus secretos más privados (y los secretos más privados de la gente que lo rodea, detallados sin ningún escrúpulo). El proyecto se estructura a partir de la opresiva relación que mantuvo con su padre y los complicados lazos que ha entablado, de distintos modos, con diferentes mujeres a lo largo de su vida.

La de Knausgaard es una empresa arriesgada y ambiciosa de la que ha salido bien librado en sus dos primeras entregas. Contar durante miles de páginas su propia vida –que no es en absoluto excepcional–, hasta en los detalles más nimios, pudo significar un naufragio en el océano del tedio; pero la maestría de este autor para dotar a su relato de un hiperrealismo avasallante y su habilidad para combinarlo con reflexiones sorprendentemente originales producen que uno continúe leyéndolo en estado hipnótico, aunque lo que esté narrando no tenga, a primera vista, mayor importancia.

Si La muerte del padre discurría sobre la adolescencia de Knausgaard y Un hombre enamorado abordaba los gajes de la paternidad y el redescubrimiento del amor a través de su esposa Linda, en la tercera parte de la serie, La isla de la infancia, se registran los primeros años del escritor en un pueblo ubicado en la idílica isla de Tromoya.

Knausgaard no se ahorra nada en su confesión, que llega en algunos pasajes a lo escatológico. La inocente vida del niño que vive en una isla pacífica y soleada donde para él todo ocurre por vez primera y el conocimiento del amor, el asombro y el deseo se ven enturbiados por una sensación que recorre el libro de principio a fin: el miedo a la violencia y a la vergüenza. Ya sea en el colegio o en la casa familiar, el pequeño Karl Ove lucha por no ser escarnecido por sus compañeros o sus maestros o por evitar ser castigado por su padre, y cuando a pesar de sus precauciones esto ocurre, Knausgaard nos revela el rostro de esos monstruos que son el pánico y de dolor emocional en el mundo infantil. Y lo hace, casi siempre, con brillantez. Pero este logro acaba por convertirse también en el principal problema de La isla de la infancia: el conflicto entre su padre y él, sobradamente desarrollado en La muerte del padre, llega a hacerse aquí tan reiterativo por su inagotable carga de crueldad y violencia, que se torna predecible.

Si bien está lejos de ser un mal libro, el tercer tomo de Mi lucha es claramente menos logrado e interesante que los dos primeros. Por las críticas que he podido leer parece que la siguiente parte, Bailando en la oscuridad, es el regreso del Knausgaard que conocemos. Habrá que esperar la traducción con paciencia.

FICHANombre: Karl Ove Knausgaard Obra: La isla de la infancia. Anagrama. 463 pp.Relación con el autor: ninguna.Puntuación: 3.5 de 5 estrellas