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Conocí a Oswaldo Reynoso a mediados de 1995, en mi condición de integrante del entrañable taller de narrativa de la Universidad de Lima. Había aceptado participar en una lectura pública que organizamos y luego se reunió a tomar un café con nosotros. A diferencia de otros escritores consagrados, él demostró en cada momento no solo una gran sencillez y trato horizontal, sino también un genuino interés por lo que pensábamos y lo que hacíamos. Es ya proverbial el papel de maestro que Reynoso ejerció para muchos jóvenes de mi tiempo y para los que vendrían luego, así como su natural empatía con quienes comenzábamos a trajinar los difíciles y a veces ingratos caminos de la literatura. Para muchos de nosotros y para nuestras vocaciones, sus palabras, consejos y hasta su sola presencia significaron un apoyo inestimable. Además de su amistad. Porque Oswaldo Reynoso nos hacía sus amigos sin esperar nada a cambio, bautizando nuestra complicidad con abundantes jarras de cerveza e inacabables copones de pisco.

Como hombre y como escritor, Reynoso siempre eligió navegar a contracorriente. Fue marxista en un país que marginaba y perseguía a los intelectuales de izquierda, llegando incluso a ser detenido y confinado en un calabozo de Seguridad del Estado por sus ideas, como él mismo me contó una vez. Fue homosexual dentro de una sociedad que despreciaba a quienes tenían otras formas del deseo ajenas a las hegemónicas, que incluía entre los réprobos a quienes buscaban el amor en los cuerpos jóvenes donde era posible hallar lo que él llamaba la moral de la piel. Publicó libros memorables como Los inocentes o El escarabajo y el hombre, que escandalizaron a la oficialidad letrada (el zar de la crítica peruana de los sesenta, José Miguel Oviedo, llegó a calificarlo como "un autor fascinado por la abyección y la inmundicia") y que provocaron que se pidiera su excomunión o que se le retirara su título de profesor de secundaria. Si algo lo distinguió siempre fue la valentía. Echando mano de esa agresiva sinceridad arequipeña –que fue su arma más temida–, arremetió sin pensar en las consecuencias contra los escritores cercanos al poder, contra los críticos conservadores y contra los editores que lo esquilmaban y que le obligaron a editar sus propias obras, pues, como él decía, "en este país de pendejitos yo no quiero ser cojudo".

Por ese cariño que le tenía me desconcertaron mucho algunas declaraciones políticas que hizo al final de su vida, en las que hizo apología de nuestros peores criminales ("Abimael Guzmán era un humanista") o afirmaba que el papel de los sanguinarios grupos terroristas que padecimos no había sido negativo. A veces tuvimos discusiones sobre ese tema que nunca llegamos a zanjar. Pero sobre esos exabruptos prevalece, para mí, la imagen del hombre bueno, generoso y campechano que siempre nos abrió las puertas de su casa para pasar la tarde o que celebraba la vida entre platos exóticos y licores detonantes, aquel que en nuestra última conversación me hizo valorar mi trabajo de profesor de colegio como una de las profesiones más necesarias y hermosas que alguien puede desempeñar.

Mi generación le debe mucho a Oswaldo Reynoso. Nosotros éramos adolescentes y vivíamos en un país triste y gris, gobernado por hombres autoritarios, mediocres y corruptos. Y en medio de esa época funesta, sus libros nos sirvieron como refugios llenos de fulgor donde aprendimos que la inocencia y la felicidad más pura y salvaje eran posibles a pesar de la opresiva injusticia que nos rodeaba. Hoy, que estamos a punto de regresar a una etapa histórica oscura y nefasta, Reynoso ha preferido renunciar a vivirla de la manera más dulce y digna posible. Él fue quien nos enseñó que "la vida sin libertad no solo es fea, sino sucia" y cuánta razón tenía. Cuando pronto las sombras vuelvan a cernirse sobre nosotros y nuestros hijos, ahí estarán esperándonos sus novelas y cuentos para enfrentarlas y vencerlas.

Gracias por tanto, Oswaldo.