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Voy a ahorrarme todo tipo de introducción esta vez. Diré que anoche terminé de leer Esa muerte existe, la nueva novela de Jennifer Thorndike (Lima, 1983) y que la experiencia no ha sido satisfactoria. Ya desde las primeras páginas, recién embarcado, intuí que el viaje iba a ser duro, que la estructura no resistiría los embates de la tempestad, que en medio de la travesía llegaría el naufragio. Y no me equivoqué. La nave se hundió a mitad del océano y yo nadé hasta la orilla por mis propios medios, herido y agotado, para escribir esta reseña.

Pero creo que es mejor explicarme. Esa muerte existe es la historia de la Larva, una muchacha que sobrevivió a un terrible accidente que ha confinado a sus padres a un hospital, mientras que ella y su hermana ciega son acogidas por su abuelo, quien las explota y maltrata sin ninguna clemencia. Distintas peripecias provocarán que finalmente la Larva asesine a su hermana y sea condenada a la pena capital. Si la trama ya es de por sí truculenta y escabrosa, el tratamiento que le dedica Thorndike la vuelve además maniquea e inverosímil.

Todos los personajes de la novela son capaces de los actos más crueles, perversos e inmundos, sin cuestionarse nunca por su proceder; todos habitan en una realidad que se descompone con ellos y en la que no hay otro camino que ejercer una sexualidad zoológica y hacer daño al prójimo, y mientras este sufra más, mejor. El problema es que esta maldad y sordidez hegemónicas hacen de la lectura algo tan predecible y monótono como exasperante. Palabras como podrido, asqueroso, suciedad, violencia, se suceden una y otra vez hasta resultar intercambiables y vacías. Un repetitivo círculo de violaciones, abusos físicos, humillaciones y privaciones aparece página tras página hasta lograr lo increíble: que una flagelación y una felación obligada nos resulten aburridas. Estamos ante un catálogo de horrores que por dilatado y reiterativo acaba siendo frívolo y superficial.

Una de las principales causas por las que Esa muerte existe es un libro fallido es la gran cantidad de lugares comunes que lo pueblan. Abandonando toda pretensión de originalidad, el abuelo sádico y lascivo es nombrado como el Monstruo; otro de los personajes es bautizado con el unidimensional mote de Basura, y así por el estilo. No hay ninguna sutileza, claroscuro o ambigüedad que rescate de lo obvio o del estereotipo a las acciones o actores de esta exacerbada tragedia. Hay exquisitos retratos del mal y de la pesadilla que se emparentan con el que ha intentado dibujar Thorndike, como es el caso de ciertas novelas de Jelinek o de los cuentos de Kobo Abe, de quien incluso se ha utilizado una frase para epigrafiar esta novela. De esos modelos Thorndike solo ha aprendido lo más efectista y epidérmico. Se alude continuamente al sufrimiento, la desolación o la vergüenza, pero no existe la menor profundidad psicológica en sus personajes que los avale, por lo que todo queda en lo meramente enunciativo. A todo esto debe sumarse un muy mal uso de la narración en segunda persona.

Es posible rescatar algunas escenas que poseen alguna tensión –como aquella en que la Larva busca el dinero de su abuelo y lucha por abrir el cajón que supuestamente lo contiene–, pero son excepciones muy contadas dentro de un libro que, por lo menos para mí, ha resultado una larga equivocación de ciento cincuenta y tantas páginas. Lo cual, desde luego, se lamenta.

Jennifer Thorndike

  • Esa muerte existe.
  • Random House, 2016. 159 pp.
  • Relación con la autora: cordial.
  • Puntuación: 1,5/5 puntos.