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Este 2 de noviembre se cumplieron cuarenta años del asesinato de Pier Paolo Pasolini (1922-1975), uno de los escritores, intelectuales y directores de cine italianos más relevantes del siglo XX. Su insobornable rebeldía ante el poder y la insolente provocación de su obra no han perdido vigencia. Tampoco sus dramáticas predicciones sobre la degradación de las sociedades plegadas a la falsa tolerancia de las minorías y a una modernidad que violenta y marchita el alma de los jóvenes. Vaticinios que se han cumplido con terrible precisión, lamentablemente. Pasolini, más que un poeta vibrante –es autor de Las cenizas de Gramsci, texto que es un fulminante himno pleno de humanidad y esperanza– o que un cineasta talentoso —lo pueden testimoniar películas como Saló, Teorema o El Decamerón— es uno de los más agudos intérpretes y profetas de nuestro tiempo, un hombre que con su asesinato se inmoló simbólicamente para que su muerte fuera una advertencia de la tragedia que advenía a sus semejantes.

Una demostración de la actualidad de los libros, filmes y del pensamiento pasoliniano es que este año, en que se cumplen cuatro décadas de su ausencia, han aparecido multitud de publicaciones que lo celebran y lo evocan. Quizá una de las más interesantes entre las que han llegado a nosotros sea Nebulosa, un guion cinematográfico elaborado por Pasolini a principios de los años sesenta y que durante más de tres décadas se consideró perdido, hasta que fue encontrado en los archivos de una revista en 1995 y que recién se ha traducido y publicado completo en castellano.

Nebulosa es una obra menor si la comparamos con otros títulos del poeta de Bolonia, pero tiene un valor no desdeñable para comprender una de sus pasiones centrales: el sórdido mundo de los suburbios, de las barriadas, de los bares humeantes repletos de bandidos, travestis y prostitutas, de las villas abandonadas y, sobre todo, de la bárbara jerga que se habla en aquellos dominios. En este guion conocemos la historia de una banda de muchachos que en la última noche del año 1959 salen al extrarradio milanés para vivir una fugaz aventura que incluye el robo de un auto, la profanación de una iglesia, una orgía con alcohol y muchachas, experimentando así, durante algunas horas, una extraña alegría de vivir. Pero como en todas las fábulas que Pasolini urdía para demostrar la inevitable negatividad de nuestro destino, los planes les saldrán mal a estos chicos del arroyo, cuya desgracia quedará al descubierto con las primeras luces del alba. Tal cual como le sucedió a él mismo en aquella funesta madrugada del 2 de noviembre de 1975, en un descampado cercano a las playas de Ostia.

"La vida es un montón de insignificantes e irónicas ruinas", sentenció Pasolini unos días antes de su muerte, en un texto con ánimo testamentario. Nebulosa nos ofrece en sus diálogos y escenas esa pesimista concepción de la existencia, donde a pesar de su ineludible tristeza, también hay lugar para la sensualidad, la celebración y la belleza.