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Durante muchos años el tema de la homosexualidad se presentó de manera marginal y subterránea en nuestra literatura. Podemos rastrear algunos pasajes alusivos a la sodomía en la lejana Duque (1934) de José Diez Canseco, de tocamientos entre muchachos en Los inocentes (1960) de Oswaldo Reynoso, así como episodios de lesbianismo y sumisión homosexual en Conversación en La Catedral (1969) de Vargas Llosa, por no mencionar su descarnado retrato de un trosco uranista en Historia de Mayta (1984). Es recién a partir de los años noventa que el asunto se torna central en libros como Las dos caras del deseo (1994) de Carmen Ollé, Salón de Belleza (1994) de Mario Bellatin, No se lo digas a nadie (1994) de Jaime Bayly o en obras posteriores como Segunda persona (2010) de Selenco Vega, entre muchas otras. Derrotados ciertos tabúes, el tópico del amor entre seres del mismo sexo ha dejado de presentarse como un referente negativo y oprobioso para dar paso a una mirada más natural y honesta de abordarlo, denunciando muchas veces la hipocresía que oprime a quienes aman distinto y en oposición a lo que la norma hegemónica impone.

Juan Carlos Cortázar (Lima, 1964) es un escritor peruano radicado en Argentina que ha hecho su carrera en el país del sur. Ha publicado ahí una novela corta y dos cuentos desconocidos entre nosotros. Hace un par de meses nos entregó Cuando los hijos duermen, su nuevo trabajo de ficción, que enfrenta el imaginario de la homosexualidad masculina mediante la historia de Adrián, un profesor peruano que enseña en una universidad norteamericana y que recala en Lima para atender de cerca los problemas y necesidades afectivas de su hijo Lucas. Está divorciado de Elisa, a quien confesó que le gustaban los hombres, y frecuenta discotecas gays en las que conoce a jóvenes con quienes se acuesta en oscuros hostales. En esa rutina conoce a César, padre de una amiga de su hijo, con quien inicia una relación clandestina que primero lo satisface y luego lo ilusiona con la posibilidad de hallar por fin un amor que lo redima.

Aunque el punto de partida de Cuando los hijos duermen es la homosexualidad, en realidad su tema de fondo es la incomunicación. Adrián circula por una Lima que le es ajena y hostil, en la que se esfuerza por encajar, sin lograrlo. Su ex esposa lo rechaza y apenas le habla; su hijo, con quien intenta compenetrarse, lo evita con una cortés indiferencia; su padre, un viejo periodista fuera de circulación, lo trata con dura ironía. Ni siquiera es capaz de refugiarse en su pasado de militante izquierdista, pues de este ya no queda nada sino recuerdos amargos y unos pocos amigos tan desconcertados como él. Es ante este desarraigo que se aferra al cuerpo y a las emociones que siente por César, un hombre sensible pero temeroso de violar las convenciones sociales, e imbuido en el secretismo por preservar a su familia y su prestigio social.

Juan Carlos Cortázar, con base en su oficio y en una prosa eficiente, por momentos muy afinada, logra sacar la novela adelante, aunque su interés se diluya en las últimas páginas: no logra cerrar convincentemente el destino de Adrián; el final más que abierto resulta abrupto e insatisfactorio. Asimismo, la estructura, episódica, tiende a cierta irregularidad, si bien no pronunciada, sí patente. Por otro lado, pudo ahorrarse algunas reflexiones literarias que poco abonan al relato. Sin embargo, un punto a favor es la factura de los personajes, verosímiles y complejos, especialmente los de Lucas y César, quienes consiguen subyugarnos con sus pequeños infiernos personales. Más allá de mis objeciones, Cuando los hijos duermen es un buen libro que nos hace descubrir a un autor al que vale la pena seguir.

Juan Carlos Cortázar

  • Cuando los hijos duermen.
  • Animal de invierno, 166 pp.
  • Relación con el autor: ninguna.
  • Puntuación: 3/5 puntos.