notitle
notitle

La carrera literaria de Sergio Galarza (Lima, 1976) tuvo un comienzo bastante precoz: a los veinte años publicó un libro de cuentos, Matacabros, muy popular entre los jóvenes de los noventa, y que correspondía a los preceptos del realismo sucio tan en boga por esa época. A ese libro le siguieron El infierno es un buen lugar (1997) y Todas las mujeres son galgos (1999) que insistían en transitar por la misma senda. Son libros adolescentes, de tanteo, escritos con urgencia y el fuerte influjo de las primeras lecturas. Es decir, la prehistoria de todo escritor.

Tras una temporada de silencio, Galarza regresó con una serie de títulos como La soledad de los aviones (2005) o la novela Paseador de perros (2008), que denotaban madurez, mayor cuidado y oficio. Sin embargo, a pesar de significar un paso adelante, estos libros también señalaban los marcados límites de su propuesta: dificultades para trascender la mera anécdota (usualmente bien contada, eso sí), personajes unidimensionales, sin aristas, casi utilitarios. Estos problemas persistieron, aunque atenuados, en sus libros posteriores, lo cual producía que se vieran aquejados por cierta obviedad; eran narraciones disfrutables, pero que rara vez iban más allá de eso.

Hasta ahora. Acabo de terminar la última entrega de Sergio Galarza: Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, y me ha sido imposible sustraerme a esta dura confesión sin concesiones, a este ajuste de cuentas con él mismo. El libro es una descarnada letanía donde el hijo relata la vida, enfermedad y muerte de su madre desde el mismo abandono en el que su ausencia lo ha sumido. Y ante la imposibilidad de por fin sincerarse con ella, reconstruye su biografía, que se confunde con la historia de su familia y del país, para que el lector "la pueda interpretar como quiera".

Galarza perfila el muy logrado personaje de su madre –una abogada laboriosa, escritora aficionada y severa rectora del hogar– a través de la complicada relación que mantuvo con ella a lo largo de sus años de rebeldía y aprendizaje. Los pequeños infiernos cotidianos, los vicios y errores de juventud, sus esfuerzos literarios se van entremezclando con la presencia compleja de una mujer incorruptible que intenta guiar a su vástago por el camino de la rectitud y la verdad; el conflicto constante con este, que oculta sus miedos, inseguridades y deseos bajo una máscara de tipo recio, bohemio y autosuficiente, le otorga a esta historia una pulsión tan inquietante como conmovedora.

Igualmente meritoria es la manera en que Galarza nos va narrando, con contenida emoción, sin omitir los detalles más dolorosos, el avance del cáncer en el organismo y en el ánimo de su madre, así como su tortuoso deceso. Aunque es consciente de los muros que colocó entre ambos, el hijo descubre, al final, que el recuerdo y ejemplo de su progenitora persistirán en él; de ese modo, este libro termina siendo, más que un recuento de obstáculos y aflicciones, un "retrato de su fortaleza". Por todo esto, Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre es un libro afortunado y seguramente el mejor que ha escrito Sergio Galarza hasta la fecha.

FICHA

Autor: Sergio Galarza

Obra: Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre. Estruendomudo, 2016. 185 pp.

Relación con el autor: Cordial.

Puntuación: 3.5 de 5 estrellas.