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1) La primera regla sobre El octavo ensayo de Aldo Mariátegui es que no debe tomarse completamente en serio. En eso reside gran parte de su gracia. Porque hay que decirlo de una vez: estamos ante un libro divertido, ágil y que entretiene por mucho que uno no esté de acuerdo con lo que su autor afirma y se empeña en probar. Su estilo y recursos recuerdan a dos escritores españoles que también tienen a la izquierda como enemigo mortal: Federico Jiménez Losantos y Pío Moa, especialistas en el uso de la ironía punzante, del epíteto demoledor y del dato histórico cuya mención aspira a desacreditar al adversario de una vez y para siempre.

2) Que la exageración, la caricaturización y la visión sesgada –que Mariátegui admite– primen en El octavo ensayo no significa que carezca de pasajes estimables. Destaca sobre todo el capítulo consagrado a desgranar el desastre político y económico del velascato, bien fundamentado a través de una información pertinente y rigurosa. En general, el libro está repleto de anécdotas sobre la vida política peruana del siglo XX, muchas de ellas sabrosas y poco conocidas.

3) La tesis de El octavo ensayo es que la izquierda peruana solo ha causado tragedias de toda índole al Perú –económicas y sociales, además de inútiles derramamientos de sangre– y que su aporte al desarrollo del país ha sido prácticamente nulo. El problema es que este postulado se emparenta flagrantemente con esa derecha que, como dice Fernán Altuve, tiene a los libros contables como único material de lectura. Es cierto que nuestra izquierda ha resultado una (muy) mala administradora en las contadas veces que ha tenido la oportunidad de ejercer el poder, pero hablar de su historia y no mencionar siquiera el legado de Cotler, Flores Galindo, Matos Mar o Nelson Manrique delata una visión del progreso y el desarrollo basada exclusivamente en el libre mercado, el monto de las reservas internacionales y el ingreso per cápita. No hay que ser de izquierda para reconocer la inestimable contribución en el campo de las ideas que los referidos intelectuales han aportado. Soslayar eso es una omisión demasiado grande.

4) Es meritorio el afán divulgativo de Mariátegui, pero su narración histórica tiene varios errores que es necesario corregir en una segunda edición. Por ejemplo, sostiene en la página 68 que en las elecciones de 1962 era necesario un 36% de los votos para ser proclamado presidente, cuando en realidad bastaba obtener un tercio del sufragio nacional; en la misma página dice que Genaro Ledesma era trotskista, lo cual es totalmente falso; en la página 67 considera que el Partido Socialista de Luciano Castillo era de "izquierda dura", pero se trataba más bien una agrupación vagamente reformista, casi un mero vehículo electoral para las numerosas candidaturas de su líder entre los años 30 y 80; en la página 141 afirma que la Alianza Revolucionaria de Izquierda agrupaba a todos los partidos de ese campo ideológico, cuando solo englobó a los del ala radical. Hay otras inexactitudes y datos erróneos que no menciono por razones de espacio.

5) ¿Vale la pena leer El octavo ensayo? Definitivamente sí. Porque más allá de sus simplificaciones y lagunas, se trata de un manual útil para conocer la perspectiva de la hiperpragmática derecha liberal de hoy sobre la realidad peruana y nuestra turbulenta historia contemporánea. Solo por eso merecería tenerlo en cuenta.

SOBRE EL AUTOR

  • Aldo Mariátegui, El octavo ensayo. Planeta, 2015. 163 pp.
  • Relación con el autor: ninguna.
  • Puntuación: 3 de 5 estrellas.