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Cuando en 1981 una casi desconocida escritora llamada Carmen Ollé (Lima, 1947) publicó en aquella pacata Lima un breve pero contundente libro de poemas titulado Noches de adrenalina, quizá no sospechaba el escándalo y la admiración que sus textos iban a provocar tanto en la crítica como en los lectores: hasta ese entonces era inédito que entre nosotros una autora escribiera con tanta impudicia e insolencia sobre lo más privado de su sexualidad, procediera a una exploración escatológica del cuerpo tan cruda como violenta y analizara hasta el desgarramiento los lastres emocionales de la infancia. Fue tal el impacto de este poemario entre sus pares que a partir de él surgió la llamada poesía del cuerpo, trabajada por distintas autoras –con variada suerte– durante toda la década de los 80.

Posteriormente, Ollé dejó la poesía para incursionar en la narrativa. Así nos ha entregado libros importantes como ¿Por qué hacen tanto ruido? (1992) o Las dos caras del deseo (1994) y otros menos afortunados (es el caso de Pista falsa, 1999). Más allá de los picos y valles cualitativos que su obra exhibe, no puede soslayarse el hecho de que esta es una de las más agudas indagaciones sobre la incomunicación del mundo de hoy que se registran en la literatura peruana. Sus personajes suelen ser mujeres que, incapaces de alcanzar alguna empatía con sus semejantes o correspondencia entre sus necesidades afectivas y las del ser amado, eligen una suerte de ostracismo emocional donde procuran reconquistar los recuerdos y sensaciones perdidos que puedan colmar el vacío que las hostiga. La notable destreza de Ollé para la construcción de atmósferas, imágenes y el hondo dramatismo que es capaz de desplegar colaboran para que estas situaciones puedan ser plasmadas en sus historias con eficacia y hasta brillo.

Lamentablemente, su último libro, Monólogos de Lima, no se encuentra entre los mejores frutos que Ollé nos ha brindado en su larga y respetable trayectoria. La premisa es la siguiente: en los años noventa, Roxana, una escritora de edad madura, pasa sus días en un trabajo burocrático que la sume en la exasperación y el tedio; decide renunciar y perderse por la ciudad y entre sus lecturas como un modo de confrontarse consigo misma y su pasado. El resultado es un volumen miscelánico, compuesto por ficción, textos ensayísticos y hasta de breves piezas teatrales. Si bien algunos de ellos (El agonismo o Borges, por ejemplo) dan en el blanco, la mayoría de ellos no termina de convencer, especialmente aquellos en los que se cuentan los desafíos de la vida cotidiana de Roxana antes y después de su liberación.

El problema es la forma en la que se ha delineado a la protagonista, un personaje demasiado afectado e insustancial con el que es muy difícil cumplir la promesa que se nos hace en la contraportada: dar rienda suelta a sus pulsiones esenciales. Roxana divaga sobre los escritores que va leyendo en esos días, los recitales de poesía joven a los que asiste, sus paseos por la tarde, pero cuando esperamos que se manifieste cierta densidad ante las experiencias relatadas, solo hallamos frases hechas, retórica hueca y efectismos. Roxana en algún momento reconoce su propio esnobismo, pero eso no es suficiente para redimir a un personaje tan fatigoso y esquemático. Y si eso sucede con la protagonista, los secundarios son apenas esbozos maquinales capaces de soltar diálogos inverosímiles y telenovelescos como este: "Tuve que comprársela a su propietaria, una campesina chaposa y parlanchina pero muy desconfiada". El resultado es una narración con más utilería que humanidad, repleta de situaciones forzadas y con un humor paródico que en el mejor de los casos se encuentra fuera de lugar. Parafraseando a Ollé, esperamos que en su siguiente libro retome el camino de su valiosa obra, camino que, al menos en el tramo de Monólogos de Lima, se desvanece.

FICHANombre: Carmen OlléObra: Monólogos de Lima. Peisa, 187 pp.Relación con la autora: Ninguna. Puntuación: 2.5/5 estrellas