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La novela policial es un género cuyo desarrollo es relativamente reciente en el Perú. Es cierto que a principios del siglo XX Clemente Palma había escrito una novela por entregas titulada El meñique de la suegra, pero en las décadas siguientes las muy escasas incursiones en este apartado fueron casi secretas o de resultados poco vistosos. Es recién a mediados de los años ochenta cuando el interés por el policial se renueva y aparecen interesantes ficciones como ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986) de Mario Vargas Llosa o la divertida Pólvora para gallinazos (1985) de Mirko Lauer, quien la publicó bajo el seudónimo de C.C. García. En 1990 Carlos Calderón Fajardo (Juliaca, 1946) nos entregó una breve novela que es sin duda una de las más logradas dentro de esta corriente: La conciencia del límite último.

Como sucedió con los primeros libros de Calderón Fajardo, La conciencia del límite último no tuvo en su momento mayor repercusión. Además, la edición de Mosca Azul, plagada de erratas, no contribuyó al disfrute de los lectores; la siguiente, a cargo del sello Altazor, también estaba herida por varios gazapos que la afeaban sobremanera. Sin embargo, con los años, se convirtió en un libro de culto que exigía una reedición que le hiciera justicia. A un año de la muerte de Calderón Fajardo, Tusquets reivindica a esta novela publicándola con bastante mayor cuidado y acompañada de un sentido prólogo a cargo de Ricardo Sumalavia.

Escrita con un estilo dinámico y a la vez minucioso en los detalles, paisajes y rostros que conforman su trama, urdida como un cuaderno de rápidos y trágicos apuntes que parece ser llenado por alguien que tiene una pistola en la sien, esta novela consta de un atractivo argumento que va a la par de sus alcances formales: el reportero de un diario amarillo apodado el Flaco Calderón, obligado todos los días por sus superiores a conseguir hechos de sangre para la primera plana, opta por inventárselos. El éxito de sus fantasías es tal que se le concede un espacio propio, La crónica del crimen insólito, donde despliega historias pletóricas de cercenamientos, venganza y degradación. Pronto el Flaco comprobará que los límites entre la ficción y la realidad son más porosos de lo que sospechaba y cómo los criminales y delitos de sus fabulaciones van coincidiendo con los de la vida real como una torva araña reflejada sobre un espejo.

Aunque tiene varios elementos que permiten categorizarla en los registros de la novela policial, La conciencia del límite último es más que eso. Como bien señala Sumalavia, una de las obsesiones de Calderón Fajardo era "la imposibilidad de narrar ante la dificultad de una realidad que insiste en ser fantasmagórica" y quizá sea en esta narración donde mejor pudo cristalizar esa circunstancia. En efecto: su protagonista, en un principio empoderado por las propias ficciones que ha puesto en marcha, termina siendo derrotado cuando estas son contrastadas con la verdad, mucho más inasible y traicionera de lo que esperaba.

Carlos Calderón Fajardo fue un escritor tan prolífico como irregular. Pero es indiscutible que legó al menos dos libros que están destinados a permanecer: uno es Playas, más que notable conjunto de relatos, y el otro es la novela que hoy he comentado. Leerla es una magnífica introducción al universo de un autor que merece ser más conocido entre nosotros.

Ficha:

  • "La conciencia del límite último"
  • Tusquets, 2016. 102 pp.
  • Relación con el autor: ninguna.
  • Puntuación: 4 estrellas de 5 posibles