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Una madre escribe sobre su hijo cuatro años después de encontrarlo muerto [RESEÑA]

'El hijo que perdí', un libro testimonial escrito por Ana Izquierdo Vásquez, narra el día a día de una madre en duelo

Redacción PERU21
Redacción PERU21

Esa noche, la última noche, Ana no pudo darle un beso en la frente como todas las veces, porque estaba atendiendo una visita. Desde la escalera contigua, su hijo Renzo le decía hasta mañana, pero ella no reparó —no pudo reparar— en ese definitivo adiós. 

La luz pudo haberse apagado despacio. Tal vez ni siquiera hubo susurros. 
A la mañana siguiente, lo encontró tendido sobre su cama, sin vida. A él: fanático de Pearl Jam , deportista, apasionado por el amor, a ese chico de ojos verdes y cabellera al aire que unos días antes, a sus 27, cantaba feliz. 

Desde entonces, Ana no volvió a ser la misma. Se quedó —dice— extraviada en un laberinto, vacía. "(...) el verdadero dolor es así: trastorna todos los rincones de la mente y te hace creer que tu rostro, tus manos, tus piernas han cambiado. Que tu piel es otra. Y que tú misma eres una intrusa".

El verdadero dolor es así.
Ni siquiera el diccionario define a una madre (o un padre) huérfano de hijo. ¿Cómo, entonces, se hacen llevaderos los días sin la voz, sin el olor, sin las caricias, sin la temperatura de la piel, sin el aliento de la carne de tu carne y sangre de tu sangre?

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'El hijo que perdí' (Animal de invierno, 2018) , un libro escrito desde las entrañas del dolor, empezó como el diario de una madre en duelo ( https://mihijorenzo.wordpress.com ). Ana Izquierdo Vásquez publicó columnas en la revista Viù, de El Comercio , todas ellas cargadas de un extraño aroma de poesía. 

El dolor también tiene algo de poético. El dolor es, sobre todo, poético. Luego de su primera entrega, decenas de madres en duelo le escribieron correos y enviaron fotos de los hijos que perdieron: de aquellos que nunca dejarán de querer.

"El duelo es una forma de tumor emocional: surge dentro de nosotros con la amenaza de matarnos —escribió en una de esas columnas—. El dolor de la pérdida busca hacer metástasis y colonizar toda nuestra vida. Se ramifica silenciosamente por el cuerpo, como si fuera un grupo de células enfermas que inicia una reproducción insensata y peligrosa. (...) Yo soy mi dolor y mi dolor es mi hijo. No se irá jamás, no quiero que se vaya. (...) No podía permitir que la pena acabe conmigo, sino que ella misma debía impulsarme a sobrevivir".

Antes de encontrar inmóvil a su hijo, a Ana se le paralizó uno de sus brazos producto de un cáncer. No hizo falta tanto tiempo para saber cuál fue más lesivo: toda ausencia supera cualquier enfermedad. "(...) El duelo es un baúl enorme en donde depositamos la memoria de la persona que perdimos. Soy una recolectora de imágenes mentales de mi hijo, de viejas escenas en donde sólo aparece él (...)"

De vez en cuando, aparece un estribillo. Un estribillo en la voz de  Eddie Vedder , integrante de la banda que admiraba su hijo: "Esperaré sin dormirme en la oscuridad a que tú me hables".

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El libro de Ana me hizo recordar a mi tía Gaby. 
Luciano, el hijo que perdió, hoy debería tener 14 años, tal vez 15, pero nunca pudo celebrarle una fiesta porque Luciano murió horas después de llegar al mundo. Lo esperó con ansias. Lo esperó con arrobo. Había adornado la duermevela con Mickey Mouse, había comprado botines, overoles tejidos, gorritas, biberones y pañales que nadie usó. 

Murió por una negligencia. Murió, y aún muerto, ella lo tomó en brazos, lo besó fuerte, muy fuerte, mientras le gritaba: "Luciano, despiértate, Luciano, despiértate" . Yo la miraba de lejos, llorando, tratando de entender. O entendiendo algo, al menos. Después, junto a mis primos deshojamos flores y las fuimos regando por el camino, en dolorosa procesión. 

Todo esto recordé mientras leía 'El hijo que perdí' , presentado el pasado viernes en la sala Kuélap del Ministerio de Cultura por el otro hijo de Ana, Juan Francisco Ugarte, quien además lo editó. Es que todos estamos hechos de ausencias. 

"Al mes de la muerte de mi hijo, una amiga me aconsejó que me deshiciera de todas sus cosas. A los dos meses, algunas personas me decían que ya no lo llore. A los seis meses, un familiar me sugirió que era momento de dejarlo ir. Al año, ya nadie me hablaba de mi hijo. Aunque todas estas personas buscaban ayudarme, ninguna podía saber que evitar la memoria de Renzo me hundía en una desesperación mayor. (...)  la única manera de sobrellevar su pérdida es cruzando el oscuro túnel del dolor". 

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