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Trabas para adoptar

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En algún momento, Chávez dejó de ser fiel a Venezuela para hacerse fiel a una concepción del mundo donde Venezuela ocupa un segundo lugar, un simple medio para un fin.

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Ricardo Vásquez Kunze,Desayuno con diamantes
rvasquez@peru21.com

La última vez que se le vio con vida fue un 8 de diciembre de 2012. Anunció, por cadena de radio y televisión, que partía de urgencia a La Habana para someterse a una nueva operación –la tercera en menos de dos años– contra el cáncer que, implacable, es la única “oposición” que lo ha jaqueado. Ese día, el presidente venezolano, consciente de la gravedad de su suerte y sospechando ya lo peor, es decir, que él ya no pudiese gobernar, le dijo a su país que “mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que en ese escenario que obligaría a convocar, como manda la Constitución, de nuevo a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela”.

Pues bien, Nicolás Maduro es, en los hechos y para todos los efectos, el nuevo gobernante de Venezuela, pero de elecciones, como manda la Constitución que Chávez invocaba, nada. Apenas una carta del propio Maduro al Presidente de la Asamblea Nacional, en “nombre” de Chávez, informándole al país que no podrá prestar el juramento de ley el 10 de enero, y que lo haría en otra fecha, ante el Tribunal Supremo. ¿Cuándo? Es un misterio.

Porque, si Chávez está vivo o muerto, sólo lo saben Maduro y los Castro, nadie más. Maduro, porque es el delfín expresamente designado de Chávez en la medida en que, como su jefe muerto o comatoso, es incondicional del eje con La Habana. Y los Castro porque, sin Maduro, Venezuela es una incógnita o se les va de las manos, lo que para ellos es la tragedia del fin del barril sin fondo. Lo único cierto entonces es que, políticamente, los destinos de Venezuela se deciden hoy en Cuba y de acuerdo con los intereses de ese país que, “además”, son los “mismos” de Caracas. “Cuba responderá a cualquier ataque del “imperio” a Venezuela “como si se tratase” del propio “suelo patrio”, ha dicho el vicepresidente del Consejo de Ministros cubano, Miguel Díaz-Canel, durante un acto de masas en Caracas. Y no le falta razón. Venezuela se ha convertido en propiedad cubana.

¿Cómo pudo suceder esto? Digo, ¿cómo tras la retórica de la “patria”, el “nacionalismo” y la “soberanía”, un país como Venezuela devino en una dependencia política de lo que se decida en otro Estado, en complicidad con quien en Caracas es funcional a sus intereses? ¿No es, como puede verse a simple vista, el más clamoroso ejemplo de un colonialismo político y mental, éste que hoy vemos con un Presidente venezolano “desparecido” en La Habana y que gobierna en “espíritu”, sin que nadie pueda tener acceso para saber si está vivo o está muerto?

Ciertamente es una gran paradoja la del patriota que decide ir a morirse a otro país, máxime si ese patriota es un jefe de Estado. Peor aún dejar a su patria a merced de las intervenciones políticas de otro Estado, sobre todo las que tienen que ver con el poder que les concede sobre el acceso a su persona que, como sabemos por la Historia, es clave en las circunstancias de un interregno para encumbrar o desbarrancar sucesores. Y todo esto como si se tratara de una monarquía, a espaldas de cualquier escrutinio del pueblo que se pretende gobernar.

La explicación está en la ideología. En algún momento Chávez dejó de ser fiel a Venezuela para hacerse fiel a una idea, a una concepción del mundo donde Venezuela ocupa un segundo lugar, un simple medio para un fin. En eso es un comunista cabal, de los de antes. Aquellos para los que su “patria” son sus quimeras ideológicas y nada más.

Es cierto que todo país es, también, una idea. La del patriota es la que la hará trascender incluso sobre sus intereses y anhelos más caros. Para Chávez es todo lo contrario. No hay patria sin “sus” ideas. Eso es todo. Acaso por eso, sintiendo el fin ya cerca, se mandó mudar a Cuba. Paradigma de su “patriotismo ideológico”, se fue pa’ La Habana y no volverá más.

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