26.MAY Viernes, 2017
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"Si pudiera juntar el mar con la luz de los Andes sería feliz"

Con Juan Diego Flórez, Susana Baca es nuestra artista más internacional. Ganadora de un Grammy, ex ministra de Cultura, es una limeña que valora la ciudad donde vive pero también tiene una visión crítica de la ciudad… y de su gente. Por eso la buscamos.

Foto: Martín Pauca.
Foto: Martín Pauca.

Susana Baca,Cantante
Autor: Gonzalo Pajares.
gpajares@peru21.com

Lima es una ciudad querible… pero también tiene sus bemoles. Para ver qué siente sobre ella buscamos a una de sus más celebres ciudadanas: la gran Susana Baca.

¿Cómo te llevas con Lima?
La quiero y, por eso, soy capaz de ver también sus cosas feas. Fue una ciudad excluyente, amurallada, situación que resultaba desagradable: en los extramuros de Lima vivían los indios y los negros, y quizás su vida era más rica que la que tenían los que estaban dentro de la muralla. Hoy esos muros son mentales, pues los privilegios se mantienen.

¿Qué te gusta de Lima?
El mar, su paisaje es el mar. Antes era muy bello ir al Puente Trujillo y ver el Rímac correr. Nuestro río se ha ensuciado, no lo hemos cuidado. Pero, insisto, Lima es bella gracias al agua: al mar y a su río.

Eres de Chorrillos, el mar es parte de tu vida…
El mar me sobresalta y ejerce una fascinación sobre mí: me gusta verlo, oírlo, estar frente a él, sentir su presencia. Chorrillos también me ha dado el silencio. Recuerdo a los pescadores tejiendo sus redes en plena calle, en silencio, quizás interrumpido por alguna carcajada, pero ese silencio era hermoso. También recuerdo las puestas de sol, el fuego del sol al despedirse y, luego, recibir la noche al borde del mar, oyendo el incesante ir y venir del mar. Algunas veces se escuchaban guitarras, cajones, porque Chorrillos siempre ha sido jaranero, y la fiesta nacía de la nada, de cosas simples como el ir a sacar camote… con el pie (risas).

Chorrillos es pescadores…
Muchos son mis amigos. Recuerdo que, cuando era niña, paseaba por el muelle y algunos me decían: “Susanita, tíranos tu bolsita”, y me la llenaban de pescado. Y en mi casa asábamos los camotes y freíamos las cachemitas, que quedaban como una galleta. Mi infancia chorrillana fue muy hermosa.

¿Qué lugares te gustan?
Pueblo Libre y su iglesia y el Queirolo, Chorrillos y su muelle y, si nos vamos al Callao, La Punta y Chucuito. Claro, hay alcaldes a los que les encanta el cemento, pero también noto que hay una recuperación de parques y jardines. Ahora, en términos arquitectónicos, Lima no es tan bonita como Buenos Aires o La Habana, pero tiene encanto, un ‘duende’ que te atrae y te hace quedarte. No hay otra explicación para quedarse a vivir en una ciudad sin cielo, en donde no sale el sol (ríe).

Fuera del país, ¿te dices peruana, te dices limeña?
Peruana, chorrillana (risas). Yo me alejé un tiempo de Lima porque no me gustaba que se marginara al provinciano. Viví en Tarma, en Cusco… los Andes me fascinan: su cielo, su luz y su transparencia son únicos. Si yo pudiera juntar el mar con la luz de los Andes sería feliz (ríe).

Mencionaste como uno de tus espacios preferidos a La Punta y Chucuito…
Uy, son lugares que están asociados con mi infancia. Mi madre iba a Chucuito a comprar algunas cosas para comer, por ejemplo, picarones. La Punta es un espacio al que quiero volver siempre… otra vez, por el mar (ríe). Además, su arquitectura es muy bella, sus calles están muy bien cuidadas y su gente es encantadora: para empezar, saludan, pasean por su distrito y no parecen apurados.

A La Punta también has ido con Ricardo, tu esposo…
Él es boliviano y, cuando fue niño, su padre estuvo exiliado, y Ricardo vivió en el Callao y visitaba La Punta. Bueno, como pareja nos tocó regresar, tomarnos de la mano y caminar por el malecón.

También mencionaste al Bar Queirolo…
Me gusta por su jamón del país (risas). Como dice un amigo, cada vez que uno viene acá hay que rendirle honores cantándole el himno nacional (risas). Me gusta la intimidad de este espacio, la complicidad que pueden establecer los amigos. El Queirolo es un lugar para comer rico y para hacer una sabrosa tertulia. Y, bueno, también para beber pisco… destilado que me encanta.

Eres amiga de bohemios…
E hice vida de bohemia. A veces nos reuníamos en el Queirolo y, luego, íbamos al Centro Musical Breña. Recuerdo a Antonio Cisneros cantando Inca y, créeme, no lo hacía mal.

¿Te gusta Barrios Altos?
Muchos de sus callejones son verdaderos puntos de cultura. Su gente es generosa, le gusta compartir; además, son centros de integración y confluencia, pues allí comparten vida, gracias y desgracias, cholos, blancos, negros.

Hablemos de música. ¿No cantas en peñas?
Es que me parece un espanto que una esté cantando y que la gente no te escuche por estar bebiendo, conversando. Una está entregando el alma y la gente está llamando al mozo. Yo prefiero donde la gente va específicamente a verte, a oírte… un concierto es como ir a misa.

Te arrepientes de tu paso por la política…
Para nada. Me sirvió para volver a apreciar la mayor de nuestras riquezas: la cultura. Y también para darme cuenta de lo poco conectados que están con ella nuestros políticos.

AUTOFICHA

- Mi padre tocaba la guitarra y era el músico oficial del callejón de Lince donde vivimos. Cantaba precioso y, cuando había jarana, su voz y su guitarra eran convocadas.

- Recuerdo que, de chica, con mi padre, nos íbamos de callejón en callejón, siguiendo la jarana (risas). Mi madre tomaba esto con humor.

- El día de jarana era el domingo. Cuando estuve en New Orleans vi que los afroamericanos tenían la misma costumbre. Parece que es una tradición mundial.


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