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Cortó por lo sano

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"Si no nos curamos del odio, no podremos vivir en paz"

“El arte es un potenciador de la sensibilidad de las personas, nos libera, no solo de las rejas y los muros físicos, sino de las cárceles mentales”, nos dice Carlos Álvarez Osorio, quien organiza, junto con el Icpna, la exposición Paisajes de la memoria. Arte y esperanza 2013.

Foto: Rafael Cornejo.
Foto: Rafael Cornejo.

Carlos Álvarez,Gestor cultural
Autor: Gonzalo Pajares.
gpajares@peru21.com

Paisajes de la memoria. Arte y Esperanza 2013 es una exposición venta –organizada por la Asociación Dignidad Humana y Solidaridad, fundada por el padre Hubert Lanssiers– que reúne los trabajos en cerámica, metal, madera, cuerno y textiles, de los internos de varios penales del país. Va en el Icpna de Miraflores (Av. Angamos Oeste 120). Conversamos con Carlos Álvarez, gestor de la exposición.

¿Siempre ha tenido un aprecio por lo marginal?
Me nació de forma natural. Estaba en búsqueda de algo que no sabía qué era, pero tenía en mente la imagen de personajes como Gandhi, Martin Luther King y, por supuesto, Jesucristo. Me interesaba –me interesa– el alma de las personas, no tanto los momentos coyunturales. Todo esto me fue llevando hacia un tema superior: Dios.

¿Cómo llegó al trabajo social?
Desde que era pequeño, mis amigos siempre terminaban contándome sus problemas, sus penas. Una psicóloga me dijo que yo tenía una especie de tarjeta en la frente que decía: “Te presto mi oído”. Por allí comenzó mi vocación. Y, claro, también está el hogar: mi madre recogía niños de la calle, crió a un sordomudo, ayudaba a los vecinos en desgracia, etcétera. Todo eso configuró mi personalidad.

¿Por su vocación volvió, no?
Yo vivía en México, y justo cuando me di cuenta de que quería hacer algo por la gente que sufre mediante el mensaje de Dios, recibí la invitación de los jesuitas para visitar a los presos de una cárcel. Allí me di cuenta de que eso era lo que quería hacer. Además, me dije: “Si voy a trabajar con gente pobre, que sea en el Perú”. Vivíamos los años 80, y el Perú era un país imposible. Mis amigos me decían que estaba loco, que era un idiota, qué cómo se me ocurría regresar. Yo tenía un buen empleo en México y una vida encaminada, pero, igual, decidí volver.

¿Cómo conoció al padre Hubert Lanssiers?
Primero trabajé con el cardenal Landázuri, pero no estaba cómodo; entonces, le pedí que me dejara trabajar con el padre Lanssiers. Lo busqué, me aceptó y trabajamos juntos 25 años… hasta el día que murió.

¿Qué condiciones especiales tuvo el padre Lanssiers?
Hizo de su sufrimiento una fuerza para comprender al ser humano. Lanssiers decía que el ser humano no se agotaba en sus actos, y que lo que a él le había tocado vivir –estuvo en la Segunda Guerra Mundial– eran acciones humanas funestas, pero a pesar de ello consideraba que el ser humano no estaba acabado, que si uno le ponía una gota de amor y dedicación podría encontrar aquello que todos buscamos: humanidad.

¿Es posible hallar humanidad en el peor delincuente?
Se acaba de morir Nelson Mandela y él es un ejemplo de cómo se puede sobrevivir y seguir siendo noble a pesar de lo horrible que otros seres humanos te pueden hacer. En el Perú hay mucha gente herida, pero si no se curan de ese odio, no podrán vivir en paz. El problema aparece cuando se politiza o se intelectualiza el dolor: si una ideología quiere arreglar los problemas siguiendo sus postulados, estos no se solucionan, el odio permanece. Cuando lo racional prevalece siempre habrá un contrario, un rival a quien acusar. Con el pretexto de la “no impunidad” uno empieza a odiar toda la vida.

¿La humanidad es más fuerte que la monstruosidad?
Sí, de lo contrario viviríamos en una guerra permanente, y el ser humano siempre busca la paz.

Un amigo dice que a los pandilleros hay que ayudarlos antes que juzgarlos…
Los hombres que están en una prisión le han hecho daño a la sociedad y a sí mismos. Sin embargo, lo peor está en que los juzgamos sin saber de dónde vienen, qué vivieron. Si exploramos, quizás nos encontraríamos con un niño abandonado, sin mamá, que nunca fue tratado con cariño. Cuando esta persona crezca, va a tener las secuelas de este desamparo y, por supuesto, nos va a agredir pues no tiene otra forma de vivir. En Lurigancho, muchos de los que entran a nuestros talleres no saben hacer nada pues siempre vivieron de la calle, del hurto. Entonces, hay que enseñarles todo. Por eso, es fácil juzgar, pero hay que mirar el pasado y, sobre todo, empezar a hacer algo. Uno no puede sentenciar solo por una acción.

¿Cuál es el poder transformador del arte?
El arte me enseñó cosas que, por grandes y hermosas, no puedo describir. Conozco presidiarios de reacciones toscas, que uno cree incapaces de hacer algo sensible, bello. Sin embargo, cuando toman la arcilla y le van dando forma, algunos hasta derraman lágrimas de emoción, pues descubren que pueden hacer algo bonito. El arte es un potenciador de la sensibilidad de las personas, nos libera, no solo de las rejas y los muros físicos, sino de las cárceles mentales.

¿El arte nos hace mejores?
Depende: uno puede hacer del instrumento que tiene lo mejor o lo peor. El arte sensibiliza y nos pone en una actitud de apertura, de creatividad, donde hasta el más prontuariado puede impresionarse por lo alcanzado.

AUTOFICHA

- Nací en Lima. Empecé estudiando Sociología. Luego, en el Seminario, seguí Filosofía y Teología. Quise ser sacerdote, hoy soy un laico consagrado. Me gusta el arte.

- A los 18 años me fui, tirando dedo, hasta San Francisco (EE.UU.). Fui en busca de las nuevas ideas. Quería hacer poesía, música, arte.

- Dios no era un tema para mí, pero, cuando estaba solo, recordaba a mi mamá y, con ella, a la Virgen y a San Martín de Porres, de quienes era devota mi madre.


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