27.JUN Martes, 2017
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Opinión

Las palabras son un asunto serio. Los humanos vivimos a través de intercambios verbales. Ninguna otra especie utiliza sus lenguajes —todas los tienen— como el nuestro.

¿De qué hablamos tanto?
¿El Niño costero, la interpelación del ministro, la Champions, el próximo taller de liderazgo? Sí, a veces. Pero la pregunta es, más bien, ¿de quién? Porque resulta que el tema preferido —70% de nuestras conversaciones— son otras personas.

¿Quién, con quién, para qué, me gusta, me conviene? Alianzas, enfrentamientos, perjuicios, beneficios, ascensos, caídas, rupturas y reconciliaciones; sometidos a una mirada sherlokholmiana sobre un fondo de intenciones y emociones, sobre todo las feas.

¿Nosotros?, ¡noooooo, los que chismean son los demás! A ver, recuerden sus últimas conversaciones. ¡Síiii! ¿Por qué, sino, realitis, revistas sobre ricos y famosos y los sueltos en los diarios tienen tanto rating? Un golpe bajo a nuestra pretendida espiritualidad. ¿Tan vanos somos?

Sucede que un animal social depende de la contabilidad reputacional para navegar en el espacio interpersonal. Someter a sus interlocutores, fuera del núcleo íntimo, a una evaluación exhaustiva antes de decidir si se embarca o no en alguna forma de transacción, sería muy caro. Digamos que somos Homo Head Hunter.
Y, como en todo proceso de selección, la información negativa resuena con más fuerza —tiene implicancias más duras si no se toma en cuenta— y es más sexy: otorga una sensación de complicidad, poder y pertenencia entre quienes la comparten.

¿Por qué creen que los pecados de los famosos tienen más impacto que todo lo bueno que hayan podido hacer?


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