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Domingo 10 de marzo del 2013 | 00:11

La comparación sonará cruel, pero me sirve para lo que quiero ayudar a demostrar. Déjenme proponer el siguiente ejercicio: pensemos en dos jóvenes peruanos contemporáneos, ambos de edades similares, ambos famosos por las razones más opuestas, el uno en las antípodas del otro. Pensemos, por un instante, en Juan Diego Flórez y en Canebo. Imaginémoslos de niños, en sus casas. La misma época difícil, el mismo difícil país. Imaginémoslos a ambos, de diez años. ¿Clases sociales distintas? Seguro. ¿Padres ausentes? Los dos. Uno creció rodeado de instrumentos musicales. El otro, de armas de fuego. ¿Qué es lo que hizo que el uno optara por el bel canto y el otro, por el crimen? ¿Qué catapultó a uno a los grandes escenarios del mundo y precipitó al otro al abismo sin fondo de las prisiones? ¿La pobreza, solamente? ¿El talento, nada más? En una de estas dos infancias existió algo que en la otra no. En una de estas dos vidas se cultivó el espíritu: la armonía, el arte, la música, la belleza.

Beto Ortiz,Pandemonio
bortiz@peru21.com

¿Cuánta música existió en tu vida? Yo no sé tocar ningún instrumento, no tuve esa suerte, pero mis padres, los fines de semana, escuchaban longplays de la Deutsche Grammophon y supongo que, mal que bien, sé lo que es un saxofón, sé cómo luce y puedo reconocer su sonido en una orquesta. Lo que no sabía era que existían diferentes tipos de saxofones. Ignoraba cuál era la diferencia entre un saxo barítono, un saxo tenor, un saxo alto y un saxo soprano. Ahora la sé porque ayer me la enseñaron los niños músicos del Núcleo Manchay del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles ‘Sinfonía por el Perú’. La mañana que lo entrevisté y lo escuché hablar con tanta ilusión de este inmenso sueño, Juan Diego Flórez prometió que nos permitiría –a mis camarógrafos y a mí– acompañarlo en esta esperada visita que, para él, lucía tan o más importante que interpretar el rol de Arnaldo en la ópera Guillermo Tell. Nos encontramos en el elegante lobby del Miraflores Park Hotel, desde donde partimos en una moderna van: botellitas de agua mineral helada y el aire acondicionado a máxima potencia. A bordo, una entusiasta delegación de filántropos amigos de la música –llegados desde todas partes del mundo– observaban por las ventanillas, asombrados, cómo, en cuestión de minutos, el arbolado paisaje de los distritos turísticos de Lima iba cambiando violentamente para dar paso a las calcinantes y desérticas arenas de una de las zonas más pobres de nuestra urbe: Manchay. Cuando las puertas del vehículo se abrieron, todos los visitantes fuimos abrasados, al unísono, por el rigor de la canícula y la chispeante algarabía popular. Aunque jamás fueron a la ópera, eufóricas madres batían pancartas y cartelones vitoreando a Juan Diego cual si estuvieran pidiéndole el mítico bis de La figlia del reggimento en la Scala de Milán. Estaba cantado que, para ellas, el glamoroso Juan Diego se ha convertido en una extraña especie de revolucionario superstar.

“Lo más trágico de la pobreza no es la falta de pan o de techo. Lo más trágico de la pobreza es la sensación de no existir, de no ser nadie” –dijo la Madre Teresa. Y al legendario director de orquesta venezolano José Antonio Abreu le gusta citarla en cada entrevista que ofrece. Abreu es el genio visionario que, hace 36 años, se propuso sembrar todo Venezuela de orquestas de niños y jóvenes para rescatarlos de la marginalidad. “La música cambia vidas”, repetía y, por supuesto, lo creían un loco y se reían de él. Comenzó con once chicos ensayando en un garaje. Hoy, tras haber recibido el decidido apoyo de ocho gobiernos consecutivos de su país y muchos de los premios de cultura más importantes del mundo, 400 mil muchachos de las poblaciones más deprimidas de Venezuela son el testimonio vivo de que no se equivocó: chicos que estaban destinados a empuñar un revólver empuñaron una flauta dulce o un violoncello y protagonizaron un auténtico milagro. Un milagro de amor al que, escuetamente, llaman ‘El Sistema’. A Juan Diego Flórez le gusta citar siempre a José Antonio Abreu como inspiración, y esta mañana, mientras nos explica sus gigantescos planes, se le infla el pecho de emoción. Como prueba irrefutable de que la maravillosa fórmula funciona, nos propone a otro venezolano universal: el archicélebre Gustavo Dudamel, un ex alumno de los núcleos de Abreu quien hoy, a sus 32 años, es director de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, de la Sinfónica de Gotemburgo y de la Sinfónica Simón Bolívar, íntegramente formada por músicos de ‘El Sistema’, todo un prodigio que, valgan verdades, fue una de las máximas obsesiones de Hugo Chávez y arrancó lágrimas de emoción al mismísimo Plácido Domingo.

“Cuando estos chicos tocan por primera vez ante su familia, en ese instante mágico nace un nuevo ser humano”, continúa Juan Diego predicando, en fervoroso inglés, el Evangelio Abreu. “Ocurre una revelación y, también, una revolución. Sus vidas se transforman. En ese instante, ese niño comienza a ser alguien, a tener una nueva identidad y una nueva dignidad, a ser el orgullo de sus padres, de sus hermanos, de su barrio, de su comunidad. Deja de ser uno más del montón y se convierte en el músico, el importante, el artista”. Lo dicho: no hay peor miseria sobre la Tierra que la de no ser importante para nadie. Adentro, en el calor feroz de los salones parroquiales, la sección de cuerdas ensaya al lado de la de vientos generando un pandemónium majestuoso. Los pequeños concertistas de tuba, trombón, oboe y fagot lucen concentrados, circunspectos, impecables. “Mente limpia. Manos limpias. Instrumentos limpios” rezan los letreros en los ambientes que el curita cascarrabias les presta feliz para sus ensayos. Paciencia. Puntualidad. Dedicación. Tolerancia. Pasión. Constancia fueron algunas de las respuestas que me dieron los chicos cuando les pregunté qué les estaban enseñando además de la música. Lo que quizás no saben es que sus padres terminan aprendiendo también todas esas virtudes. Las imitan de ellos. Y los números demuestran que sus notas mejoran, su conducta mejora, su autoestima mejora, sus destrezas sociales mejoran, todo mejora, todo.

Los planes de Juan Diego y ‘Sinfonía para el Perú’ no conocen límites. Los núcleos se están extendiendo poco a poco, comenzaron por los barrios de Lima y Callao, pero ya se empiezan a formar también en muchas ciudades del interior. Ya existe incluso un sofisticado taller de luthiers (fabricantes de instrumentos musicales) en la Iglesia de Andahuaylillas, en el Cusco. Hay, en proyecto, un coro de sordomudos cuyas voces serán reemplazadas por sus manos, enguantadas de blanco, danzando sincronizadamente en el aire al ritmo de la –para nosotros imperceptible– vibración de la música. Y si Dios quiere, en los deprimentes, hórridos patios de los “centros de diagnóstico y readaptación social de menores infractores”, como Maranguita y demás depósitos humanos, algún día no muy lejano, los pandilleros, los faites precoces, las ‘Gringashas’ y los ‘Gringashos’, a los que todos –hasta el propio presidente– llamamos “miserables”, dejen de tajarse los brazos de tedio o a colgarse directamente de una viga de la pura desesperación. Ojalá los cuatro ministerios que podrían ponerse las pilas, y asumir como propia esta cruzada, descubrieran que, tan solo cambiando chairas por arcos de violín, y quetes por clarinetes, miles de jóvenes tristes podrían hallar por fin la alegría que les es tan esquiva, la que se oculta en el corazón fantástico de la música. La idea es tan simple como perfecta: La cultura para los pobres no puede ser una pobre cultura porque el hambre y la necesidad en el Perú son también –y sobre todo– espirituales. Ya estuvo bueno de limosnas y mendrugos disfrazados de Responsabilidad Social. Ejecutemos esta Sinfonía por el Perú. Todos. Por una vez en la vida, juntos. Y, por favor, no desafinemos. No dejemos pasar esta gloriosa oportunidad de servirle para algo a este país.

Si esto no es la verdadera inclusión social, díganme ustedes qué es.

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