26.MAY Viernes, 2017
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"Lima se ha convertido en una tierra de nadie"

Hace 479 años, Francisco Pizarro fundó Lima. Su estilo primigenio fue hispano. Luego, siguió patrones estadounidenses hasta convertirse, en el siglo XX, en la ciudad mestiza que gozamos y padecemos. De ella hablamos con Jorge Ruiz de Somocurcio.

(César Fajardo)
(César Fajardo)

Jorge Ruiz de Somocurcio,Arquitecto
GONZALO PAJARES
gpajares@peru21.com

Lima está de fiesta, dicen, pero también llena de problemas. Con 479 años a cuestas, hoy vivimos un momento de quiebre: o planificamos su crecimiento o dejamos que su desorden nos devore. De esto y más conversamos con el arquitecto y urbanista Jorge Ruiz de Somocurcio.

Es de origen arequipeño, pero su pasión por Lima es notoria…
Ante Lima, uno no puede ser indiferente: yo tengo con ella una relación de amor-odio.

¿Lima era una ciudad bella durante la Colonia o hay mucho de mito?
Era una ciudad aristocrática, la más importante de América, pero sufrió un terremoto a inicios del siglo XVIII, y media ciudad se vino abajo y hubo que reconstruirla. Lima se expande y empieza a encontrarse con la modernidad.

Y de esta manera entra a la era republicana…
Así es. Y recibe el siglo XX muy bien resuelta, con patrones urbanísticos y arquitectónicos americanos bien organizados y cierta bonanza económica. Y justo después de la Segunda Guerra Mundial surgen dos corrientes: 1. La Neoindigenista, que postulaba que había que seguir el diseño de las huacas y los templos incaicos. 2. La Modernista, que señalaba que amparados en el modernismo, encontremos nuestra propia expresión, nuestra propia ‘espacialidad’. Aquí se inscribe el grupo Espacio, donde destacan Salazar Bondy, ‘Cartucho’ Miró Quesada, Santiago Agurto y Adolfo Córdoba. Ellos construyeron nuevos paradigmas para ver la ciudad y, repito, inspirados en nuestras raíces nativas pero preparándose para el futuro, para la globalización.

¿Qué vino después?
Una corriente funcionalista vinculada a la integración con las artes, con las ciencias sociales hasta llegar a la gran politización: movimientos guerrilleros y migraciones. Las migraciones rompen el sueño apacible de Lima. Hasta los años 40, tenía menos de un millón de habitantes y estaba urbanísticamente resuelta, pero empezó a asumir el pasivo de la crisis nacional, sobre todo la del mundo rural. Si Lima no hubiera existido, el proceso migratorio hubiera terminado haciendo estallar las ciudades del interior. Lima salva de la crisis al país, pues le ofrece a los miles de migrantes mejores condiciones de vida, de trabajo, de ingresos.

¿Lima se ‘afea’ por la migración provinciana?
Yo diría que cambia. La Lima aristocrática y opulenta se transforma y se convierte en el reflejo del país. Lima se desordena porque el ‘desborde popular’ resultaba incomprensible y sorprendente para los arquitectos, para los políticos y hasta para los urbanistas. Tan incomprensible que, al inicio, era considerado un problema policial: son invasores, son marginales… y se les dio a su lugar de asentamiento el nombre de ‘barriadas’, no barrios sino ‘barriadas’. En la época de Odría se produjo la primera gran invasión, la de Villa María del Triunfo, luego vino la de Comas, donde participó el mítico ‘Poncho Negro’, líder de muchas de las invasiones que se produjeron en Lima.

Entonces, lo que ha habido es una respuesta política y urbanística tardía al fenómeno de las migraciones…
Tardía y sin intención de comprender. Con la migración nace un nuevo grupo social y económico… que es el que termina construyendo la nueva Lima. En todo este tiempo, el único que entendió este fenómeno es Alfonso Barrantes, por entonces alcalde de Lima. Trabajamos juntos, y mi tesis de maestría, que mostraba cómo construir y pensar una ciudad de la mano de la gente, se convirtió en su plan de gobierno. Allí se imponen algunos conceptos como rehabilitación y recuperación urbana.

¿Por qué nos cuesta querer a Lima?
Mucho tienen que ver las autoridades: nos ha faltado una buena gestión municipal. Todo colectivo necesita un liderazgo, y los que Lima ha tenido después de Alfonso Barrantes, con la excepción de Andrade, han sido incapaces de reconducir la ciudad, no han sabido comprender su mecánica. Por eso, Lima se ha convertido en una tierra de nadie, donde todos hacen lo que les da la gana: del pobre al rico, del ambulante al empresario de saco y corbata.

¿Cómo está Lima hoy?
Lima crece a un promedio de 150 mil habitantes por año. Al día nacen 400 niños, es decir, cada vez somos más y nadie ha anticipado toda esta dinámica de crecimiento. Hoy crece ya no por la migración sino desde dentro. ¿Y qué hacemos frente a esto? Miramos el techo, y lo más probable es que esta gente invada, se junte con los traficantes de tierra. Por otro lado, necesitamos cambiar la arquitectura jurídica de Lima, no podemos seguir teniendo 42 caudillos, 42 alcaldes que hacen lo que les da la gana. Ellos no tienen visión total de ciudad, por eso, deben agruparse sí o sí y crear un nuevo tipo de gobierno. Santiago y Bogotá, por ejemplo, tienen un solo alcalde.

¿Qué hacer?
Debe haber una nueva y más fuerte autoridad, pensar en macro y crear programas especiales: Cinturón Ecológico, Costa Verde, Protección del Patrimonio, etc. Y en términos arquitectónicos, hay que salvar algunos “tejidos”: Centro Histórico, Barranco, Pueblo Libre, Magdalena, sus huacas, las lomas, los Pantanos de Villa, los malecones… Lima tiene unas posibilidades de desarrollo increíbles. No dejemos que nuestra ciudad haga metástasis. Debemos crear un plan a largo plazo, una hoja de ruta, que todo alcalde debe respetar. Lima necesita: 1. Ciudades satélites al norte y al sur (así se evitarán las invasiones). 2. Los gobiernos central y el municipal deben trabajar de la mano. 3. Convocar a la inversión privada. 4. Hacer intangibles los grandes recursos como el mar, las lomas, las huacas, lo que queda del valle. Así estaremos preparados para los Panamericanos, para el Bicentenario, para los 500 años de su fundación. Lima necesita, durante los próximos 10 años, 50 mil millones de dólares. Créeme, para lo que vale Lima ese monto es insignificante.

Paisajísticamente Lima es una ciudad bella…
Lo es: miremos el mar, lo que queda de su valles (ríe), de sus ríos. Y su cielo no es panza de burro, es plateado y es bellísimo, todo depende cómo uno la mire.

¿Y el tráfico?
No hay que inventar la pólvora, miremos ciudades exitosas como Santiago, Curitiva y Bogotá: lo que se debe instalar es un sistema de transporte rápido, ordenado y masivo; que sea intermodal, es decir, integrado.

Y Lima también tiene el problema del agua. Somos casi 10 millones de personas viviendo en un desierto…
Primero, hay que cuidarla, no hay que regar los jardines con agua potable sino con agua tratada. Segundo, hay que ‘tratar’ los desagües’ no hay que contaminar el mar, botar lo menos posible el agua y usar métodos de menor consumo. Y, obviamente, proteger las cuencas.

¿Ha hecho una buena gestión la señora Villarán?
Le faltó equipo, le faltó gente ejecutiva, y le costó aprender bien su tarea. Recuerdo que una de las frases de su campaña fue: “No a la inversión privada”. ¡Qué cosa más absurda!. Esa expresión mostraba su desconocimiento de la gestión municipal. Felizmente, al año se dio cuenta de que no podía pensar así, pues ‘privado’ es todo, empezando por los ciudadanos. Lima es producto del esfuerzo de sus ciudadanos. A Lima le falta autoridad, impera la ley de la selva.

AUTOFICHA

■ Nací en Lima, soy hijo de arequipeños. Estudié Arquitectura en la UNI. Mi posgrado lo hice en Holanda. En mi familia ha habido arquitectos, curas y militares. Crecí en Jesús María, Pueblo Libre y Magdalena.

■ Me hice urbanista para trabajar por aquel 90% de la ciudadanía que no podía pagar un arquitecto. Trabajé con Alfonso Barrantes y Alberto Andrade, de quien fui regidor.

■ Soy un arquitecto urbanista. He trabajado en El Agustino, Puente Piedra, Carabayllo, en la reconstrucción de Huaraz, en la recuperación de los barrios arqueológicos del Cusco. Con Lima tengo una relación amor-odio.


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