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Opinión

Maicelito: Acabo de leer tu mensaje de las tres de la mañana de ayer: Solo te escribo porque estoy algo triste pero muy sereno porque hoy aprendí a levantarme y acepto mi derrota con mucha humildad. No estés triste, batería. ¿Triste porque te caíste? Tranquilo. No hay nada de qué avergonzarse cuando uno cae peleando.

NOTA ACLARATORIA: Esta columna de Beto Ortiz se publicó el 07 de abril de 2013. Entonces, Jonathan Maicelo cayó frente al ruso Rustam Nugaev en ‘The Chumash Casino Resort’ de Los Ángeles. Pero, el boxeador peruano nunca bajó las manos.

Maicelito:

Acabo de leer tu mensaje de las tres de la mañana de ayer: Solo te escribo porque estoy algo triste pero muy sereno porque hoy aprendí a levantarme y acepto mi derrota con mucha humildad. No estés triste, batería. ¿Triste porque te caíste? Tranquilo. No hay nada de qué avergonzarse cuando uno cae peleando. Total: hasta al más Rocky Balboa, tarde o temprano, le llega su Iván Drago. Alégrate, huevón. Estás vivo y te fue muchísimo mejor que al pobre mexicano que en paz descanse. Yo sé que esa abollada duele bien feo, pero el dolor pasa, la rabia se enfría y la hinchazón baja con hielo. Eso sí: nunca vuelvas a publicar fotos de tu cacharro chancado, por favor. Nadie podrá decirte que arrugaste, te batiste como un animal endemoniado hasta el final. Te noquearon pero es la primera vez, y lo primero que vas a aprender es que nada te hace más sabio que una caída aparatosa: morder el polvo de verdad te enseña más que cinco años de universidad, compadre, créeme, desplomarse delante de todos es la mejor lección del mundo. A cada persona de este planeta debería ocurrirle por lo menos una vez en su vida.

A veces, el box se parece peligrosamente a la vida. Cuando haces algo bien, nadie lo recuerda. Cuando haces algo mal, nadie lo olvida –nos enseñó Mohammed Alí, que no tenía ni una gota de esa famosa humildad que todos te exigen ahora. Yo te prefiero creyéndote más alto, más guapo y más colorado que ese tal Rustam que acomplejándote y meándote en los shorts como hacen tantos futbolistas que aflojan la huacha apenas tienen delante un europeo. Tú nunca te has sentido menos que nadie. Y ahora, menos. Nunca se me va a olvidar esta historia que George Foreman contaba: El día antes de pelear con Alí en Zaire, la gente me miraba con terror, decían: “¡Mierda, ese es el tipo que va a pelear con Alí”, pero no se atrevían ni a pedirme un autógrafo. Después de que perdí la pelea, venían y me ponían una mano sobre el hombro: “Lo hiciste bien, George, ya habrá otra oportunidad…”. Pasar de ser temido a ser compadecido, eso es una caída.

Has jurado revancha, mi querido Depredador de San Judas Tadeo. Has dicho que le vas a dar al Perú lo que se merece: que nos vas a dar nuestro merecido. El Perú se lo merece todo, por supuesto, pero –cuidado– no todos los peruanos se merecen que les dediques tanto sacrificio, sería bueno que lo tuvieras claro. Tú sabes qué salió mal y qué tendrás que mejorar para la próxima, y lo que no sabes se lo preguntas a tu entrenador pero, por favor, no escuches a absolutamente nadie que te venga con: Ay, sí, que peleaste con paquetes; ay, sí, que te volviste muy farandulero. Son cojudeces. Los peruanos nos creemos los grandes expertos en decirle al boxeador cómo boxear, al médico cómo operar y al caballo cómo cabalgar. No escuches a nadie, campeón. Cágate de risa de todos los babosos que no tienen nada mejor que hacer con su tiempo que inventar ‘memes’ con tu foto para celebrar que por fin hiciste lo mismo que ellos han hecho desde que nacieron: perder. Cágate de risa de todos los pobres diablos que salen a tirar serpentinas y pica-pica porque perdiste una pelea. Te han derrotado, sí, pues, caballero. Derrotado pero no destruido. Solo se cae el que está de pie. Esos que nunca se han caído es porque probablemente se han arrastrado, toda su vida, como lombrices por el suelo. Tú estás condenado a ser el más grande.

¿Sigues allí tumbado en la lona? Levántate, carajo. Para bombardearme de correos y romper las pelotas con tus clásicos Hazme el cherry de la mecha, causa, que nadie me para balón. Achórame con una entrevista elegante, causita… para eso sí eres paloma, ¿no? Ahora, te me levantas. Levántate, negro, porque tu viejita –que te hizo lo que eres limpiando jatos que no eran suyas– te está mirando en el LCD gigante que le compraste, en la sala de esa jato que tú le construiste con tus manos. Levántate porque la noche del viernes, cada vez que el narrador de ESPN te llamaba “El Inca”, se nos inflaba el pecho de emoción. Levántate porque hay miles de niños peruanos que, en los recreos, juegan a ser tú, porque prometiste a tus alumnos de Educación Física de Los Reyes Rojos que un día serías campeón del mundo. Levántate porque, para todos los chibolos de Los Barracones del Callao, tú que te fuiste a Nueva York eres la única prueba viviente de que hay una vida más allá de la humareda maldita que les ahoga la existencia. Levántate, Maicelito, porque cuando te subes a un ring, todos ellos se suben contigo. Levántate y haz lo que mejor sabes hacer: golpea, baila, resiste, gana. Ahora que los golpes duelen todavía, guarda este recorte y, cuando suceda, te acordarás de mí: el día que seas campeón mundial, todos los que ahora joden, todos los que nunca hicieron nada por el Perú, gritarán “ganamos”. Ganamos es mucha gente. Que no sean pendejos porque la gloria será íntegramente tuya.


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