23.JUL Domingo, 2017
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LA PORTADA DE HOY

"Creí en sus palabras"

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Opinión

La semana pasada, en un artículo titulado “Izquierda corrupta”, señalé que no existían dudas sobre cuál de los dos sistemas político-económicos que predominan aún (capitalismo y socialismo) brindó sustanciales mejoras en la calidad de vida de los seres humanos, “casi desde cualquier punto de vista”.

Es una reflexión provocadora para muchos, sin duda. En la mirada de algunos, el sistema capitalista ha brindado resultados mixtos en el pasado, pero es un riesgo para el futuro, un generador de inequidades económicas y sociales, así como un enemigo declarado del ecosistema.


Nuestra historia reciente, no obstante, no deja espacio a dudas: el espectacular desarrollo y la mejora sistemática en distintos aspectos de la vida cotidiana se deben a un modelo político-económico que podemos resumir en capitalista. Basta mirar la tendencia de los ingresos por persona a lo largo de los últimos dos mil años para tomar consciencia del impacto de dicho sistema (desde su propagación a comienzos del siglo XIX, poco después de iniciada la revolución industrial).

Los datos son del economista británico Angus Maddison, en su obra Contours of the World Economy, 1-2030, y están indexados en dólares internacionales de 1990. La tendencia del estado de las cosas hacia inicios de la era medieval era bastante desalentadora: desde el apogeo del imperio romano hasta entrado el siglo XVI, los ingresos globales por persona permanecieron casi similares.

Las cuentas de Maddison calculan los ingresos promedio en el año 1 d.C. en alrededor de $467, lo que significa cerca de $1.28 por persona al día, muy por debajo de lo que hoy consideramos la línea de extrema pobreza ($1.50 por día).

1,500 años después se mantienen casi similares, en $1.55 por persona al día. Para 1820, pasada la primera revolución industrial, los ingresos se encontraban en $667 por persona ($1.82 al día), pero para 1900 casi se duplicaron, pasando a los $1,262 por persona, y se casi duplicaron de nuevo para 1950 ($2,113 por persona) y casi se triplican en los siguientes cincuenta años ($6,055 por persona para el año 2000).

Esta gráfica, que en estricto se titula “Ingresos globales por persona, 1-2000”, bien podría llamarse “El gráfico más importante de nuestra historia”, aunque señale una verdad denostada (y hasta odiada) por muchos: el espectacular desarrollo a partir de la propagación de la actividad económica sobre la base del modelo capitalista, que no es otra cosa que el respeto de la propiedad privada, la libre empresa, la división del trabajo, el comercio y la destrucción creativa.

Hasta 1820, hace poco menos de 200 años (y luego de más de 50,000 años desde el comportamiento moderno), el 94% de la población mundial vivía bajo lo que hoy consideramos pobreza extrema; hoy, según datos recopilados por la organización Our World in Data, de la Universidad de Oxford, solo el 10% vive bajo dichos estándares.

En 1820 solo el 17% de la población recibía educación básica o superior; hoy, el 86% lo hace. La mortalidad infantil de niños menores de 5 años era 43% en 1820, hoy es tan solo 4%. La expectativa de vida al nacer, en 1820, era 29 años (35 años en Europa); hoy es 66 años (77 años en Europa).

Las mejoras en la calidad de vida no solo son visibles en ingresos, salud y educación, sino también en aspectos sociales y políticos. En 1820 tan solo 1 de cada 100 humanos vivía en democracias establecidas; hoy, 56 de cada 100. De igual manera, 38% vivía en 1820 en alguna colonia… hoy, a nivel global, las estadísticas hablan de 0%. Estas mejoras tienen nombre propio; son, en efecto, el producto del sistema de precios libres, aquel que identifica los mejores usos para los diferentes recursos naturales, intelectuales o producidos. Es el sistema de mercado el que, a través de la oferta y la demanda, promueve la búsqueda de la eficiencia en el uso de recursos. Eso y el respeto a la apropiación de los beneficios al llevar una idea al mercado son los que han permitido el desarrollo empresarial tan espectacular de los últimos 100 años.

La pendiente final de la curva, dicho sea de paso, pudo ser más increíble aun de no ser por la autoexclusión del sistema capitalista, por casi todo el siglo XX, de países como Rusia, China e India. En otras palabras, por el uso y promoción del otro sistema político-económico a disposición hasta entonces: el socialista (aquel que promueve al Estado como asignador de recursos sin un sistema de referencia).

La decisión de crecer o no crecer, para cualquier país en el mundo, nunca ha sido más simple. El absurdo debate sobre si debemos crecer para incluir o incluir para crecer es eso: absurdo. Sin crecimiento no hay inclusión… fin del debate. Lo que debemos debatir es cómo se distribuyen los ingresos, pero para eso, primero, hay que crecer.

Seguir discutiendo, a estas alturas, sobre qué camino seguir para crecer es, además de absurdo, inhumano. Quienes lo discuten centran sus ataques en dos observaciones: la primera, sobre las desigualdades, y la segunda, sobre los costos medioambientales. Lo que no parece importarles a estos críticos del sistema es que alrededor del mundo (y Perú no es la excepción) quedan aún millones de personas viviendo en condiciones de pobreza y pobreza extrema, sin acceso a vivienda, agua potable, luz, seguridad, educación o salud. ¿Qué se les dice a esos millones de ciudadanos globales? ¿Bajo qué excusa protegemos nuestra calidad de vida a costa de las potenciales mejoras en su calidad de vida? Por supuesto que ni el debate ni las soluciones son blanco o negro, absoluto capitalismo o absoluto socialismo; quienes esperen dichos enunciados no han entendido el complejo proceso de desarrollo de estos últimos 100 años.

Los países desarrollados están actuando contra el cambio climático, y el desarrollo de nuevas tecnologías hace que nuestro modelo de crecimiento global repose, cada vez más, en energías renovables. De igual manera, es claro que el sector privado es el motor primario en el desarrollo económico, pero el mismo juega bajo las reglas impuestas por los Estados. Es aquí donde se determina en qué futuro queremos vivir; me refiero al sistema de incentivos que los segundos crean para los primeros y los ciudadanos. Los retos son visibles, y las medidas a adoptar bastante claras. Es hora de actuar.


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