22.ENE Domingo, 2017
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Opinión

En un momento de su especial para Netflix, El amor es de putos, el comediante mexicano Carlos Ballarta se burla de aquellas personas que, incapaces de entender o encajar una broma, se toman siempre los chistes de forma personal y se ofenden de manera exagerada ante la mención jocosa de algún rasgo identitario.

“Me lo imagino levantándose todo enojado ahí en el fondo y diciéndome: ‘¿Cómo te atreves a hacer chistes de mamíferos? ¿Sabes lo que hicieron los mamíferos? Los mamíferos se la rifaron en la prehistoria, pendejo. Los mamíferos evadieron dinosaurios, se escondieron en madrigueras, los mamíferos fueron los que sobrevivieron a un asteroide para que tú pudieras hoy en un escenario pararte a decir tus pendejadas. ¿Cómo te atreves?’”, dice Ballarta, con su estilo seco detrás de unas gruesas gafas de sol. El cómico, por supuesto, exagera; pero consigue captar con inteligencia la obsesión identitaria de nuestra época. Y el espíritu prohibicionista que se ha construido alrededor de esa obsesión.

Vivimos en una época en la que cierto tipo de progresistas, en su afán por reivindicar la diversidad –o la idea que ellos tienen de diversidad–, han conseguido convertir ciertos rasgos identitarios sobre los que los individuos tenemos poco o ningún control en corsés definitorios para muchas personas. Han convertido la pertenencia a determinado grupo –racial, religioso, nacional, de género– en un atributo de mayor valor que la experiencia individual y en el rasgo definitorio de nuestra identidad. En el mundo de celebración de la diversidad identitaria importa más si uno es negro, musulmán, palestino o bisexual, que la opinión, conocimientos o acciones que como individuo pueda poner sobre la mesa. Como resultado, muchas de las actitudes esgrimidas por los sacerdotes de la identidad han terminado por ser tan antiliberales como aquellas contra las que se rebelaron en algún momento y su idea de moral tan rígida –y absolutista– como la que desprecian.

Hay identidades buenas e identidades malas, o al menos peores –o menos valiosas– que otras. Hay maneras buenas y maneras malas de referirse a esas identidades. Y las que escapen a la convención adoptada han de ser censuradas.

La ironía, parecen no darse cuenta, es que esta idea pseudoprogresista de identidad es tan restrictiva y metafísica como la vieja idea de alma para los creyentes. Pero esa paradoja no es el mayor problema de la obsesión identitaria. No lo es tampoco que vayan a censurarnos los chistes de mamíferos, claro.

La principal falla radica en que esta idea de identidad asume que el compartir unos rasgos de origen, étnicos o culturales con otras personas hace equiparables nuestras experiencias de vida, convirtiéndonos así en representantes símbolo del grupo al que pertenecemos. Pero ocurre, disculpen la obviedad, que nadie pertenece a un solo grupo. Ni pertenece a los mismos grupos durante toda su vida, aunque mantenga el color de pelo, el género o la nacionalidad.

La identidad personal es, lejos de un ente inmóvil y eterno, una realidad siempre en construcción.


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